lunes, 15 de octubre de 2007

No he dejado de pensar en ti

Empecé a escuchar tu programa para combatir el insomnio después de que Ana me dejara. Yo nunca había tenido afición por la radio, incluso recuerdo haber discutido con mi hermano, cuando todavía compartíamos habitación, porque a él le gustaba un programa deportivo nocturno y yo me concentraba en el murmullo de sus auriculares y no podía dormir.

La primera vez que te oí fue justo después de escuchar la declaración de un chico. Explicó que tenía que ir a la cárcel después de años de haber superado su adicción a la heroína. Había rehecho su vida y cuando todo le empezaba a ir bien lo reclamaban para cumplir su condena. Tu papel debía ser neutral, no te correspondía valorar lo que la gente contaba a través de tu programa, pero por el tono de tu voz era muy fácil deducir lo que pensabas sobre los temas que surgían cada noche. En aquella ocasión te conmoviste por el dramatismo con que el muchacho había expuesto su problema. Tu voz lanzó un reclamo emocionado a las personas de la audiencia que pudieran darle algún consejo legal al chico o que hubieran estado en una situación parecida, para que llamaran y le enviaran alguna palabra de consuelo. Estuve a punto de cambiar de emisora en ese momento, confieso que me decepcionó, me pareció deprimente ese formato que se aprovechaba de las debilidades de las personas enfermas de soledad, una especie de corral de vecinas radiofónico donde cuestionar la vida de esa gente indefensa. Pero justo entonces empezó a sonar Don´t Fall Apart on Me Tonight de Bob Dylan. Te imaginé seleccionando esa canción, entre miles de discos, para obsequiar al muchacho con unos minutos de compañía y esa imagen tuya me hizo seguir atento al programa.

A partir de ese día fui fiel a la cita cada noche. Me enseñaste a ser compasivo con las personas enfermas que explicaban sus dolencias hasta el último detalle. Tú los atendías con una paciencia infinita transmitiéndoles tu confianza en que esa noche, o quizás la siguiente, alguien expondría motivos para tener esperanza. Te acompañé mientras consolabas a cientos de mujeres maltratadas, comprobé cómo tu voz las abrazaba hasta hacerlas sentir menos solas. Estuve contigo el día que sutilmente reprochaste a un oyente su declarada homofobia. Aplaudí divertido la elección del declarado himno gay No more Tears (enough is enough) interpretado por Barbra Streisand y Donna Summer, mientras esperábamos alborozados las llamadas de censura a los comentarios que acabábamos de escuchar.

Cada vez me acordaba menos de Ana, tú la reemplazaste con tu voz sugerente y tu carácter optimista. Al principio no necesité nada más, pero después empecé a buscar información sobre ti en revistas y foros de Internet. Descubrí que estabas decidida a mantener tu anonimato. Tenías un alias en la radio, pero ni rastro de tu verdadero nombre, ni una foto tuya publicada. Respondías sin tapujos a las preguntas que te hacían en las entrevistas, por eso supe que tenías una familia numerosa a la que amabas, que tus amigos solían regalarte libros porque conocían tu amor por la Literatura, que habías combatido varios fracasos amorosos a base de películas antiguas y gin tonics compartidos con amigos y que en aquel momento no tenías pareja. Pero el misterio que mantenías sobre tu apariencia y tu identidad alimentaba mi fantasía. Me hice una imagen de cómo eras y podía verte en todas aquellas situaciones, con tu cuerpo menudo y proporcionado, tu ropa alegre, el pelo recogido en un moño desenfadado a la altura de una nuca delicada, las manos moviéndose con desenvoltura al ritmo de tus palabras, los ojos grandes y vivos, la boca pequeña, la nariz comedida, los pechos pequeños y redondos, el culo vivaracho.

Una noche en el programa se debatía si un oyente debía perdonar o no a su pareja por haberle sido infiel a través de Internet. Justo después de escuchar Nothing else matters, entró en antena un chico. Noté enseguida que lo conocías, te dirigiste a él con la confianza con que se le habla a un amigo. Él opinó que el oyente debía olvidar el asunto y continuar con su relación. Tú le preguntaste si él lo haría. Él respondió “sabes que sí” y eso fue suficiente para que yo sintiera unos celos endemoniados. Me reproché haberme enamorado de una persona a la que no conocía, de quién en realidad no sabía nada, a la que nunca había visto. Me había dejado engañar por una voz que simulaba ser mi compañera, pero que en realidad era interesada y sólo me necesitaba, como a otras tantas miles, para mantener la audiencia que le daba de comer. Estaba tan enfadado que ni siquiera advertí que el programa acababa y no fue hasta oír la melodía final cuando me di cuenta de que te había ignorado y no había escuchado tus palabras de despedida. Entonces empecé a llorar. Las lágrimas, como el primer cigarrillo que uno se fuma en una recaída tras haber dejado el tabaco, hicieron que, al mismo tiempo, me serenase y me sintiera culpable por dudar de tu lealtad. Fue entonces cuando decidí que las cosas iban a cambiar. Iría a buscarte, te declararía mi amor y prometería no volver a dudar de ti.

Al día siguiente era viernes. Salí de la oficina temprano y me dirigí a la emisora donde sabía que trabajabas. Esperé un rato en la puerta, confiado en identificarte cuando entraras en algún momento de la tarde. Después pensé que quizás ya estabas dentro y decidí preguntar al recepcionista. Atravesé la puerta justo detrás de dos mujeres. Tuve tiempo de fijarme en ellas. Una era alta, rubia y curvilínea, con aspecto de estrella de cine, una de esas que no se pueden dejar de mirar cuando pasan junto a ti. Su minifalda dejaba apreciar unas piernas impecables, seguramente propietarias de una agenda también perfecta llena de teléfonos de hombres triunfadores y atractivos. El aspecto de la otra mujer era opuesto por completo al de la modelo. Le sobraban unos quince kilos, todos ellos necesitados de un poco de ejercicio. Llevaba el pelo desordenado recogido en una coleta desvaída que caía sobre un jersey demasiado ancho y anodino. Ellas se dirigieron hacia el ascensor, que estaba justo enfrente del mostrador de la recepción. Esperé unos segundos a que el recepcionista me atendiera. Oí el timbre que precedía la apertura de las puertas del ascensor y justo en el momento en que el conserje me miró, escuché tu voz con toda claridad. “Al fin viernes, este fin de semana pienso dormir por lo menos diez horas seguidas”, dijiste. Una frase insignificante que podía haber pronunciado cualquiera. Me giré hipnotizado para mirarte; pero las puertas ya se habían cerrado. En décimas de segundo, mientras mi corazón latía trastornado, me planteé las posibilidades que teníamos juntos tú y yo, tanto si eras la mujer seductora de la minifalda como si la voz que oí pertenecía a la chica deslucida de la coleta. Me sentí incómodo ante cualquiera de las dos opciones. No podía sentirme atraído por alguien de aspecto abandonado, por fascinante que fuese su voz. Y la idea de declararme a una mujer espectacular con una agenda repleta de hombres interesantes me resultó ridícula.

Salí aturdido del edificio sin responder a la pregunta del conserje, me dirigí a la boca de metro y justo antes de bajar las escaleras, llamé a Ana. “No he dejado de pensar en ti en todo este tiempo”, le dije.

domingo, 7 de octubre de 2007

Seca



Hasta para titular este post me siento hoy seca. Esta noche no he dormido bien, demasiadas ideas en mi cabeza batallaban para protagonizar mi próximo cuento. Al final me he levantado y me he sentado delante del ordenador. Aquí sigo, desesperada. Todas las ideas salieron volando por la ventana y me han dejado sola ante la página en blanco.

He releído escritos antiguos, he buscado una imagen inspiradora, he revisado los momentos más importantes y los más ordinarios de mi vida. Nada de eso me ha servido. He recurrido a Internet, a menudo fuente de soluciones. Confieso avergonzada que he escrito en Google “técnicas de desbloqueo”. He utilizado una lista de palabras sugerentes, he jugado con ellas. Los dedos se quedaban atascados entre las teclas del ordenador. He probado a usar una metáfora; pero me ha parecido tan inútil como hacer un gazpacho con sandía. En un momento dado, he abandonado el reto de enfrentarme a la propuesta de la semana del curso de Escuela de Escritores y he bajado el listón hasta “escribir lo que salga sin pensar”. No salía nada. He llorado un rato preguntándome para qué tanto esfuerzo. A media tarde me he tumbado en la cama y he puesto en práctica una técnica de relajación que aprendí hace tiempo a ver si me tranquilizaba. He vuelto al ataque al cabo de un rato; pero ni el precioso atardecer ha logrado hacerme reaccionar. Incluso he escuchado ya no sé cuántas veces Parachutes de Coldplay.

Después de todo esto he mirado el correo por si tenía algún mensaje nuevo y he descubierto un par de avisos de comentarios en mi blog que no había contestado. Vergonzoso. Para dos lectores que tengo y los trato de esta manera. Menuda fiesta sorpresa. He respondido a chusdb que hoy especialmente agradecía sus comentarios y he entrado en el blog del Vendedor, compra venta de nubes, en busca de consuelo e inspiración. Me ha recibido una nube que no merecía. He llorado con su post de África. Me ha emocionado tanto que he intentado dejarle un comentario y, lo que me faltaba, no se ha encontrado la página, no tengo conexión, Internet ha caído. Queda pendiente, Vendedor, está visto que hoy los dioses se han aliado para que no escriba nada, pero te doy más de mil gracias por esa nube que pienso pagarte con un ancla rota, que es como hoy me siento yo. A ver si, por lo menos, consigo resolver el problema de la conexión, aunque eso sí que no está en mis manos.

sábado, 6 de octubre de 2007

La huida

© emlyn

Es curioso cómo a veces, en el peor de los momentos de la vida, se piensan cosas triviales.
Salimos del cortijo hacia las doce del mediodía. Pedro había ensillado a un burro para que yo no tuviera que hacer el camino andando con el niño en brazos, aunque, si todo iba bien, estaríamos en el pueblo en una hora. Pero no era un día cualquiera, no de los que se espera que una hora transcurra como cualquier otra.
Sólo unos minutos después de que José Macía aporreara la puerta de nuestra casa, gritando que los nacionales estaban en el Alamillo y que los republicanos los estaban esperando donde Fermín, nos encontrábamos en el sendero de Cerro Blanco con una única aspiración: sobrevivir. No estábamos solos en el camino. Otras personas se iban incorporando desde las veredas del monte, aparecían entre las encinas, cargados con las pocas pertenencias que habían podido coger en el último momento. Nos dejábamos tanto atrás y, a la vez, era tan insignificante comparado con la suerte de tener aquel camino por delante, que quizás por esa mezcla incoherente de pensamientos ninguno de nosotros era capaz de pronunciar palabra.
A la altura del arroyo, empezamos a oir los primeros tiroteos. No quise girarme a comprobar si la contienda había llegado ya a nuestra casa como nos temíamos, abracé a mi niño como si así pudiera evitar que el ruido lo despertara, me sujeté a la montura y busqué con la mirada a Pedro, que me observó un instante desde abajo y tampoco volvió la vista atrás. Nadie corrió, aunque todos apretamos el paso. Una mujer abandonó una valija debajo de un árbol para poder dar la mano a uno de sus hijos más pequeños y tiró de él con premura mientras el niño se echaba a llorar en silencio.
Poco después de cruzar el arroyo, nos paró un muchacho que venía corriendo en sentido contrario, cargado con un fusil. Era el hijo de Paredes el del molino, a quién tantas veces habíamos vendido parte de nuestra cosecha.
- Por Dios, Don Pedro, póngase esto, que lo van a confundir con un nacional en el control de Cerro Blanco – dijo en voz baja y casi sin aliento, mientras le entregaba un trapo rojo.
- Gracias, Juanito, te lo agradezco – respondió Pedro, metiéndose el pañuelo en el bolsillo de la solapa.
El chico se alejó en dirección al cortijo y Pedro tiró del burro para acelerar el paso. Me pregunté qué ocurriría si alguien en Cerro Blanco nos confundía con nacionales y qué forma tendrían de distinguir a unos de otros. Instintivamente cogí la medalla de la Virgen del Carmen que llevaba colgada del cuello y me puse a rezar, cuando caí en la cuenta de que sería mejor ocultarla debajo de la ropa. Apreté al niño contra mí y vi que no estaba dormido, tenía los ojos muy abiertos y me miraba. Lo besé y entonces empezó a llorar.
El tiroteo se intensificó, se oían gritos de hombres a lo lejos y, de pronto, un estruendo parecido al de un muro al caer, hizo que Pedro se abrazara a nosotros y que la gente del camino se tirase al suelo. Me bajé del burro porque tenía la sensación de que así iríamos más rápido. El niño no paraba de llorar y yo le tapaba la boquita con la mano para que no se le oyera, como si tuviera miedo de que su llanto pudiera delatarnos.
Por la última curva antes de llegar a Cerro Blanco vimos aparecer a un camión que corría en nuestra dirección a toda velocidad, haciendo sonar la bocina. La gente se salía del camino para darle paso. Nos echamos a un lado, pero el vehículo se detuvo. Salieron dos guardias civiles y apuntaron a Pedro con sus escopetas. Él miró el pañuelo rojo que llevaba en la solapa, pero antes de poder quitárselo, aquellos hombres ya lo habían encañonado. Pedro levantó los brazos y yo me arrodillé en el suelo, con el niño, que seguía llorando, apretado contra mi pecho. Cerré los ojos.
- Tú, ¿dónde vas? – preguntó uno de los hombres.
- Yo... no soy rojo – oí que decía mi marido. - ¡Me he puesto esto para que no me mataran! – gritó –. Voy con mi mujer y mi hijo al pueblo – añadió después, en voz más baja.
- ¿Quieres a España, gallina? – preguntó el otro hombre.
- Sí, sí... – respondió Pedro con un hilo de voz.
- Entonces quítate esa mierda, si no quieres que te matemos nosotros, que Cerro Blanco ya ha sido liberado por el ejército nacional.
Oí más tiroteos a lo lejos y al camión arrancar y alejarse. Entonces abrí los ojos y vi a Pedro caer de rodillas al suelo, en medio del camino, tapándose la cara con las manos, agitado por un llanto hondo y callado. Lo abracé durante unos segundos. Nos levantamos en silencio, algunas personas nos miraban, y continuamos recorriendo horrorizados lo poco que quedaba para llegar al pueblo, sin tratar de comprender cómo se habían desarrollado los acontecimientos.
Había transcurrido poco más de una hora desde que dejamos nuestra casa, pero nuestra vida ya era otra y sabíamos que nunca volvería a ser como antes. Fue en aquel instante, al atravesar el zaguán de casa de mis suegros, en uno de los peores momentos de nuestra vida, cuando me sobrevino aquel pensamiento trivial y absurdo. Me miré las viejas alpargatas que utilizaba a diario en mi casa y entonces deseé haberme puesto los zapatos que reservaba para las visitas de los domingos.

martes, 25 de septiembre de 2007

Mucho más increíble que cualquier telenovela


De todas las historias rocambolescas o secretos familiares que alguna vez haya podido escuchar a lo largo de mi vida, sin duda el que más ha despertado mi interés y ha desatado mi deseo de escribirlo, ha sido el de las abuelas de una amiga de mi juventud, Lola P.

Llevábamos diez largos minutos estudiando juntas en la biblioteca de la Facultad de Ciencias Políticas, que era la que, según nuestra estadística de bolsillo, acumulaba más chicos guapos por metro cuadrado, cuando Lola me propuso ir al bar a tomar un café. Vi reflejada en su rostro la urgencia propia de quién necesita desahogarse y accedí a su petición intentando controlar mi curiosidad al menos hasta llegar a la cafetería.

- ¿Qué pasa? - pregunté nada más sentarnos en la mesa, con los oídos preparados para la confesión.

- Una de mis abuelas es la madrastra de mi otra abuela - espetó ella, olvidando pronunciar la introducción que sin duda merecía tal confidencia.

Se quedó callada durante unos segundos en los que mis neuronas echaron chispas tratando de entender el árbol genealógico de mi amiga. Ahora sé que fui implacable con ella, quizás en ese momento mi amiga requería un poco de comprensión, pero aquello era lo único que yo no podía ofrecerle, debido a mi imperiosa necesidad de conocer todos los detalles de la historia, por lo que no tuve el menor reparo al decirle: “Coño, Lola, somos amigas, tendrías que habérmelo contado antes”.

A partir de ese momento, Lola se decidió a revelarme el jeroglífico de su familia y, haciendo alarde de sus dotes previsoras, me instó a sacar papel y bolígrafo para ir elaborando un esquema de lo que se disponía a contarme, algo que sin duda recomiendo a todo lector accidental de estas líneas que escribo para la revista local de San Basilio de Palenque.

La abuela materna de Lola, a la que llamaremos Abuela M, con sólo dieciocho años se casó con un sombrío pastor, dueño de un rebaño de cabras envidia de la comunidad, con el que engendró una hija, la madre de Lola, quién a lo largo de todo este relato citaremos como Madre para salvaguardar su verdadero nombre. Abuela M llevaba dos días pensando que no era feliz en su matrimonio, cuando, una noche, escuchó de boca de su marido pronunciar el nombre de su cabra más preciada en el lecho conyugal. Eso fue la gota que colmó el vaso y al amanecer, después de ver partir al pastor camino de tierras de barbecho, Abuela M salió huyendo de aquel lugar con Madre en brazos y un fajo de billetes oculto en el dobladillo de la combinación. La mujer, después de atravesar a pie una cadena montañosa, consiguió llegar a la ciudad al cabo de varios días y se instaló en una pensión de mala muerte.

En este punto se detenía la linealidad del relato, porque lo siguiente que recordaba haber escuchado Lola era que Abuela M, al poco tiempo, se convirtió en la amante de un rico terrateniente de la capital, a quien llamaremos Quid, veinticinco años mayor que ella. Gracias a ese afortunado acontecimiento, Madre y Abuela M vivieron como dos reinas en un coqueto pisito que Quid les puso y que visitaba con frecuencia cargado de regalos y golosinas.

Quid estaba casado con la señora Dolores, quién hacía honor a su nombre padeciendo una enfermedad que la obligaba a estar en la cama día y noche, rodeada de enfermeras que le administraban la suficiente morfina como para que la mujer pasara la mayor parte del tiempo inconsciente. Tenían una hija un poco mayor que Abuela M, casada desde hacía unos años con un oficial del ejército.

A riesgo de revelar el final de la historia y reventar la tensión dramática del relato, he de bautizar a la hija de Quid y la señora Dolores como Abuela P, si queremos seguir la nomenclatura adecuada para resolver el entuerto.

El caso es que Abuela P y el oficial del ejército tenían un hijo de corta edad, sólo un poco mayor que Madre, al que no me queda más remedio que llamar Padre.

Todo lector, por aplicado que sea, llegado a este punto de la narración, encontrará que quizás sus neuronas estén faltas de Red Bull por trabajar a velocidad superior a la normal. En este trance, existe una alta probabilidad de que el lector culpe a la inocente escritora de no saber expresar con claridad el argumento que tiene en la cabeza; pero he de advertir de la alta dificultad de explicar esta historia sin faltar a la verdad. Dicho esto, vuelvo a recomendar, como bien hizo conmigo mi amiga Lola, la utilización de lápiz y papel a aquellos que necesiten de un esquema aclaratorio.

Estábamos en que Padre era hijo de Abuela P, hija de Quid. Por otro lado, Quid tenía una amante, Abuela M, madre de Madre. Bien, pues unos cuantos años después, durante los cuales Abuela P, como es lógico, odió a muerte a Abuela M, dado que era la concubina oficial de su padre, la señora Dolores murió tras una larga agonía. Este hecho, llevó a Quid y Abuela M a legalizar su situación con boda de por medio, a pesar de la resistencia de la hija de Quid, quién recordemos que se trata de Abuela P.

(Tiempo para hacer un esquema y volver a leer el párrafo anterior)

Así fue como Abuela M se convirtió en madrastra de Abuela P. Pero toda esta historia no tendría ningún sentido ni interés si, al cabo de unos años de rencillas familiares, a los buenos de Padre y Madre no se les hubiera ocurrido enamorarse.

Para aquellos que se estén preguntando si aquella no se trataba de una historia incestuosa, debo aclarar que, aunque Padre y Madre se conocían y odiaban desde su infancia, nunca convivieron ni estaban unidos por lazo de sangre alguno, y sólo el puro azar que suele aplicarse de forma indiscriminada en cualquier telenovela, fue el que llevó a Padre y Madre a desearse de forma inmediata el día en que, años después, coincidieron en una fiesta de un conocido común. Ambos, al más puro estilo romeoyjulietesco, antepusieron su amor a la guerra familiar que los separaba, se casaron y, al poco tiempo, trajeron al mundo a Lola, mi pobre amiga, quién a estas alturas del relato, sollozaba frente a un carajillo de Bayley´s bien cargado, sentada en la cafetería de la Facultad donde me confesó toda la historia.

Pecaría de falsa modestia si digo que en aquel momento no me di cuenta del filón argumental de este enredo, pero por respeto a mi desconsolada amiga, quién acababa de enterarse del secreto familiar, no fue hasta días después cuando le propuse escribir un guión con el objetivo de forrarnos vendiéndoselo a la productora de telenovelas que más dinero nos ofreciese.

Ni que decir tiene que no lo conseguimos -si no, iba a estar yo aquí trabajando como articulista de la revista local de San Basilio de Palenque-. El guión existe, aderezado por miles de personajes de ficción añadidos a la historia para alargar la trama lo más posible, pero toda las productoras a las que se lo ofrecimos, resolvieron rechazarlo al cabo de unos días argumentando que aquello era “mucho más increíble que cualquier telenovela”.

El lector se estará preguntando por qué, después de tanto tiempo, me decido a contarlo en esta revistilla local. La respuesta es simple: no creo que nadie se tome la molestia de leerlo. Y, mucho menos, de plagiarlo.

sábado, 15 de septiembre de 2007

La decisión


Si se entretuvieran en hacer una de esas pomposas encuestas, jamás saldría mi nombre en ellas. Ningún periódico del mundo amanecería con el titular “El principal enemigo del hombre es el tiempo”. Sin embargo, todos reniegan de mí. Desde que nacen empiezan a aborrecerme y el odio va creciendo a medida que transcurro. Corre por sus venas el miedo a verme pasar y me combaten a base de desprecio.


Antes de empezar a hablar los niños ya me han perdido el respeto. Se calzan los zapatos de sus padres y simulan que he pasado. Después, juegan a ser mayores rodeados de artilugios en miniatura que los convierten en caricaturas de adultos, cuya única función es hacerles pensar que pueden valerse sin mí, demostrarles que pueden ignorarme.


Cuando ya tienen capacidad de razonar se lamentan de la velocidad con la que avanzo. Demasiado rápido si están subidos en las atracciones de feria o si se encuentran en una fiesta de cumpleaños. Con exasperante lentitud cuando van de viaje o esperan la noche de Reyes. Pero no se dan cuenta de que todo está en su mente, de que ya han sido programados para condenarme. Y someten a sus críticas la duración de cada uno de los minutos que les regalo, a pesar de que todos tienen exactamente sesenta segundos.


Los jóvenes anhelan verme correr para disponer de mí a su antojo. Cuando me tienen me convierten en rutina. Si me perciben se aburren. Ignorándome, disfrutan. Les enferma mi presencia a pesar de que afirmen que lo curo todo.


El odio que me profesan se transforma en espanto el día que descubren una arruga en la cara de un amigo. La examinan como si estuvieran frente a un espejo y se preguntan si el otro está observando el mismo pliegue en sus rostros. Y desde ese momento su vida se convierte en una guerra contra mí. Una batalla absurda que no comprendo, porque la realidad es transparente: me necesitan para existir. Si yo no estuviera no tendrían nada. Lo digo sin prepotencia, es una verdad que todos conocen pero contra la que todos luchan.


Sin embargo, nadie respondería “el tiempo” si le preguntaran cuál es su principal enemigo. Así son de hipócritas. Porque en el fondo todos saben que soy lo más importante que tienen, aunque me tengan declarada la guerra.


Lo he pensado mucho y al fin he tomado una decisión. Me voy, desaparezco, me rindo. Esta será mi última noche. No sé si les dejo con la eternidad o con el apocalipsis. En cualquier caso, me intriga saber qué harán sin mí a partir de ahora.

Vuelvo

Estoy de vuelta. Abandoné este blog porque se acabó el curso de escritura. Decidí tomarme unos días de vacaciones. Me prometí a mi misma escribir mucho durante este verano. No me lo prometí una vez, sino muchas. Cada día, varias veces cada día. Y cada vez me lo creí. O fingí creérmelo. La inquietud me insistía. Me empujaba a sentarme frente al ordenador mientras veía un programa absurdo en la tele comiéndome un bocadillo. O cuando estaba tumbada en la playa frente al mar. Me decía: “después, cuando llegues a casa, al atardecer, será un momento bonito para escribir esa historia que tienes en la cabeza”. Y así un día tras otro, todos los atardeceres desde julio.

Ahora empiezo otro curso y me prometo no volver a abandonar este blog.

Esta es la primera sorpresa que me ha regalado el reencuentro con la escritura: el blog de Belén, compañera de curso, Miércoles18. Gracias, Belén, por inspirarme este post.