domingo 21 de junio de 2009

Historia de amor con final triste en 6 planos

Frigopoesía libre para Noelia.

Plano 1: Seducción




Plano 2: Vínculo




Plano 3: Pasión




Plano 4: Tedio




Plano 5: Confusión




Plano 6: Pérdida



Nota: Mis amigos me regalaron un libro, Todo sobre mi Gloria, donde cada uno de ellos escribió una historia para mí. Les prometí dedicarles un cuento a cada uno. Este es el primero de ellos. Para Noelia, porque ella entenderá lo de los imanes y sabrá perdonar estas fotos (o a lo mejor se anima ella a mejorarlas). Y por seguir apareciendo por sorpresa en mi bandeja de entrada y hacerme reír.

lunes 8 de junio de 2009

Al otro lado del canal de la Mona


Tenía los pies fríos y húmedos. Habían vivido la tarde como una enfermedad terminal, lenta y despiadada, en la que la esperanza de ver algún punto en el horizonte se había ido disipando a medida que el sol descendía y amenazaba con dejarlos desolados ante otra noche más, la número doce desde que salieran de La Romana.

Tres días atrás, Leonel había mirado sus pies descalzos, arrugados por la humedad y abrasados por el sol. Durante largo rato observó las uñas largas y reblandecidas. La del dedo medio todavía conservaba un resto de suciedad encallecida tocando la piel en la parte interna del centro de la uña. Se preguntó si encontraría en la yola algún objeto con que sacarse aquella mugre. Matías y Reynaldo yacían en silencio en proa, a menos de dos metros de él. Matías ocultaba los brazos dentro de la camiseta, las mangas cortas colgaban como pellejos secos del cuerpo apoyado en el borde del bote. Por debajo de la prenda le asomaba una mano con la que sujetaba en alto uno de los remos, procurándose una minúscula sombra para resguardar su cara cubierta de ampollas provocadas por el sol. Tenía las piernas estiradas una sobre la otra e iba alternando su posición a ratitos, protegiéndolas de la radiación solar bajo la línea de sombra que dibujaba el lateral de la pequeña embarcación de madera. Leonel revisó con cuidado el atuendo de Matías, en busca de alguna punta con la que pudiera sacar la roña de su dedo, que le oprimía ahora como un pequeño tumor en expansión. Llevaba puesta una camiseta y un pantalón corto sin botones ni cremalleras: no le servían. Reynaldo estaba tumbado boca abajo, con la cabeza ladeada y la cara oculta bajo la sombra que proyectaba el costado de Matías. Sus brazos descansaban a los lados de su cuerpo, sus manos en tensión estiraban los bordes de las mangas de su jersey para evitar ser tocadas por los rayos del sol. Leonel examinó el pantalón largo que cubría las piernas extendidas de Reynaldo hasta comprobar que también estaba desprovisto de remates con que limpiar su uña sucia.

Revisó sin éxito la yola en busca de esquinas, pinchos o puntas. Trató de recordar qué había pasado con el pequeño motor que ya no estaba en su lugar, quizás lo hubieran tirado cuando se volvió inservible, no se acordaba. Debió inspeccionar la ropa de Pedro y Nelson antes de arrojarlos por la borda, quizás ellos llevaran alguna medalla o cremallera. Pero en aquel momento no lo pensó. No pensó en nada. Simplemente empujó los cuerpos con todas sus fuerzas hasta que cayeron como plomo en medio del mar, mientras él se moría de fiebre y de sed, sin reparar en la mugre que, ahora estaba seguro, ya llevaba incrustada en su uña.

Tres días habían pasado desde que se descubrió esa suciedad y no había podido dejar de pensar en ella. A ratos se quedaba dormido sin fuerzas y, al despertar, volvía a sentirla apretada contra su uña blanda y ya no le era posible librarse del problema que lo torturaba. Cuando se quedaba traspuesto por el cansancio, el hambre y la sed, lo asaltaban pesadillas en las que la mugre se incrustaba en su piel y crecía hacia adentro, formando un cáncer que se le extendía por el dedo, cubriéndole el pie, avanzando por la pierna hasta llenar por completo su cuerpo de suciedad encallecida. Entonces despertaba sobresaltado, volvía a mirar la uña y, por un instante, descansaba al comprobar que la inmundicia seguía sin expandirse, justo donde se unía la piel con la uña.

La noche anterior, antes de volverse loco, había preguntado a Matías y Reynaldo cómo podía limpiarse la porquería del dedo. No vio cómo lo miraban, pero al cabo de unos segundos sin respuesta advirtió la compasión con que se atiende a los viejos o a los locos, cuando Reynaldo le susurró como si le hablara a un niño: “Meta el pie en el agua, viejo, y se deshará”. Leonel no insistió, pero esperó con rencor la respuesta de Matías, rumiando en silencio un desprecio creciente hacia sus compañeros, ignorantes de que la única posibilidad para salir de allí era sacar la maldita inmundicia de su uña. Una vez liberado de aquella tortura, podría dedicarse a pensar en la forma de sobrevivir. Matías nunca contestó.

Leonel seguía mirando sus pies, tres días después de descubrirse la suciedad en la uña, cuando el sol se ocultó tras unas nubes densas dibujadas en el horizonte, dando paso a la duodécima noche desde que vieran tierra por última vez. Notó cómo lo rendía el sueño mientras escuchaba delirar a Matías, que parecía haber dejado de luchar por mantenerse en equilibrio y se golpeaba la cabeza contra el borde de la barca al ritmo con el que las olas la agitaban. Empezó a sentir como si su cuerpo fuera perdiendo peso, haciéndose cada vez más liviano, a punto de echar a volar de un momento a otro como una cometa, bamboleado por el viento y sujeto únicamente por un lastre adherido al dedo central de su pie que lo mantenía aferrado al suelo.

Lo despertó el estruendo de una sirena. Lenonel no podía moverse ni abrir los párpados, como si estuvieran embadurnados de una cola viscosa a través de la cual se traslucía una luz insoportable que lo deslumbraba. Sintió unos brazos levantándolo por debajo de los suyos y el olor intenso a pescado y sudor añejos del cuerpo del que procedían. Otro par de brazos lo sujetó por los tobillos elevándolo con dificultad, tambaleándose por el vaivén de la frágil superficie de la yola. Leonel quería hablar pero no encontró la voz. Trataba de entender pero una bola de mugre en el dedo de su pie le impedía pensar con claridad.

- ¿Están muertos? – oyó que alguien preguntaba.

Pensó que quizás sí, que quizás había muerto y estaba padeciendo en el infierno una tortura que le oprimiría eternamente una uña de su pie. Una pesadilla infinita por haberse ido de Villa Riva sin despedirse de la vieja, después de haberle robado los ciento sesenta dólares que guardaba para la boda de Ilda, completando así los mil que le había cobrado el patrón por embarcarlo en la yola.

Puede que aquel fuese el sufrimiento continuo que se había ganado por quedarse inmóvil cuando el patrón se tiró al mar con el único chaleco salvavidas que llevaban en la embarcación, en una de las embestidas de las olas que avanzaron como tanques poco después de perder de vista la isla, cuando se desató la tormenta. El padecimiento perpetuo que merecía por agarrarse al borde de la balsa temblando de miedo mientras escuchaba a Nelson gritar “De aquí no salimos, viejo”. Por mirar con extrañeza el cuerpo sin vida de Pedro, con sus quince años y aquel extravagante pelo rubio con que salió teñido de su último bochinche, y después tirarlo al mar pensando que el chico ni siquiera había caído en la cuenta de que nunca contaría aquella aventura a sus amigos.

Sí, quizás estaba muerto y jamás se libraría del peso que aprisionaba el dedo de su pie, como jamás se salvaría del castigo por haber querido ser más de lo que era en un paraíso donde soñaba con hacerse rico al otro lado del canal de la Mona.

Antes de perder el conocimiento oyó la voz de ultratumba de Reynaldo, que en un esfuerzo sobrehumano susurró: “Se murió Matías, viejo, se murió Matías”.

sábado 6 de junio de 2009

Cortometraje en 6 palabras


Su primer amor fue una profesora de Literatura. Platónico, claro: A sus trece años sólo había conocido el sexo a través del cine. Y en aquel viaje de fin de estudios, cuando la vio salir de su habitación abrazada al de Física, sufrió por primera vez en su vida el desaliento.

Nota: Este microrrelato responde al reto que me lanzó Chus en su blog. Gracias, Chus, por el impulso.

domingo 1 de febrero de 2009

Galbón


El autobús arrancó y expulsó una humareda negra de petróleo puro que se quedó flotando en el aire como un globo fláccido de helio debilitado después de una noche de fiesta. La nube negra se retorcía sobre sí misma y avanzaba con lentitud impulsada por la lánguida fuerza de la inercia que ejercía sobre ella el movimiento parsimonioso del vehículo, que empezó a desplazarse haciendo crujir sus ruedas agrietadas como de corcho reseco. Hipnotizada por su lenta rotación, fui engullida por la galaxia de hollín y CO2 y allí, envuelta en aquel aura contaminada, lejos todavía de sentir tu ausencia asfixiante, te dije adiós, ignorante de todo lo que de mí se iba contigo en aquel autobús.

Llegamos a Las Jaras avisados de que era el lugar más inerte de la Tierra. Nos lo advirtió Rafael Lepanto en aquella farmacia apolillada de Contradios, donde malvivía después de que el pueblo se hubiera quedado vacío, rodeado de cajas de medicamentos que olían a orín y a humedad y acumulaban tanto polvo como años. A la vuelta de Contradios, recuerdo que comentamos el sinsentido con el que Lepanto abría y cerraba la farmacia a la hora en punto cada día. Hacía años que nadie entraba en el establecimiento. Pero era imposible que entonces entendiéramos que esa era la forma que tenía el profesor de seguir huyendo.

- El Galbón no es más que una enfermedad, métanselo en la cabeza, olvídenlo ahora que pueden.

Pero ya no podíamos. El Galbón nos llenó de convicción y de fuerza para defender nuestro proyecto ante el tribunal que nos concedió una beca de tres años y, después, para convencer al doctor Segovia de que nuestro tema de investigación era tan válido como cualquiera de los que en el Departamento de Química Inorgánica nos pudieran proponer. Recuerdo ahora aquellos días, desde que encontraste los documentos que Lepanto había enviado hacía años a la Universidad y a los que nadie había dado credibilidad y te plantaste en mi mesa con esos ojos que ponías cuando tenías una idea loca, esa mirada que siempre me arrastraba hacia el punto en el que tú estabas, que siempre conseguía de mí lo que tú querías, como cuando me dijiste en el bar de la Facultad que, aunque no me lo creyera, yo terminaría saliendo contigo.

No, no me lo creí, pero al cabo de unos meses ya estábamos viviendo juntos y, poco después, estaba más convencida que tú de que seríamos capaces de clasificar el Galbón. Recuerdo ahora aquellos días y te maldigo por haberme contagiado esa fiebre y haberme dejado, dos años después, mirando cómo abandonabas nuestro sueño y huías de Las Jaras subido en un autobús inmundo.

Al cabo de tres meses de la visita a Lepanto nos fuimos a Las Jaras espoleados por aquel entusiasmo inútil de niños en busca del tesoro, sin querernos creer que no era más que un síntoma de que estábamos contagiados, como los toxicómanos, en sus primeros escarceos con la droga, jamás piensan que acabarán con la dentadura ennegrecida y pinchándose en un vertedero.

Las Jaras no nos resultó tan deprimente al principio. Sus pocas calles desiertas de casas encaladas nos parecieron pintorescas y el horizonte llano, desértico, infinito, como debieron de pensarse en la Edad Media que sería el fin del mundo, nos daba la sensación de estar en un lugar inexplorado lleno de magia, donde soñábamos que nos estaba esperando el éxito enterrado en sus tierras estériles.

No es que Las Jaras estuviera deshabitado, había gente, aunque era difícil de ver, porque vivían atrincherados en sus casas como si se tratara de refugios nucleares para guarecerse de los tres enemigos del pueblo: la luz, el calor y la calma.

En Las Jaras se vive el amanecer como si fuera el principio de una enfermedad grave, con una mezcla de rechazo, resignación y terror que te atenaza dejándote sin fuerzas para afrontar el día. Un rumor de persianas que se cierran recorre las calles como un lamento resentido y los temerarios a los que la mañana ha pillado fuera de sus casas corren a ponerse a salvo del fulgor criminal que campa por el pueblo a sus anchas, sin obstáculo alguno, como un hacendado cruel se pasea orgulloso por entre las casuchas donde malviven los jornaleros de su propiedad, haciéndose ver y oír, demostrando quién es el que manda. Todos los días se libra una batalla en Las Jaras contra la luz, una lucha inútil en la que uno se sabe perdedor desde el principio, de la que sólo espera salir lo menos malogrado posible. La mayor parte del día es una claridad sin contrastes, que tiñe la llanura de una incandescencia tan densa como la oscuridad total, ausente de matices y de formas, que obliga tragarse su propia sombra a los pocos elementos que sobresalen del plano de la llanura.

Nosotros combatíamos esa luz igual que el resto de la gente del pueblo, pero traíamos el ánimo lleno de colores y nos parecía verlos relucir acompañándonos en nuestra búsqueda, con el documento de Lepanto sirviéndonos de escudo y de biblia, la guía que nos descubrió el Galbón, el elemento químico que el profesor creía haber encontrado en la planicie, pero que nunca llegó a aislar ni a clasificar, del que sólo había anticipado su número atómico: 121. Sí, al principio incluso celebrábamos una luz tan pura, sin darnos cuenta de que, al amanecer, cerrábamos las persianas tan horrorizados como los otros.

Si la luz determinaba la vida en Las Jaras, el calor la exterminaba. Porque, al contrario que la luz, que por la noche nos brindaba un descanso, el calor no daba tregua a los cuerpos resecos ni ofrecía esperanza alguna de poder combatirlo. Era un calor perenne que parecía proceder de dentro de uno. La única forma de no sentir que las manos estaban calientes era pensar en lo calientes que estaban los pies o cualquier otra parte del cuerpo. Respirábamos ese fuego abrasador día y noche, estaba en las paredes de las casas, en los sacos de legumbres almacenados en las despensas, en los chorreones de grasa de los embutidos colgados en las ardientes cámaras de las casas.

En Las Jaras teníamos agua corriente traida hacía años de más allá de Contradios. A base de duchas tratábamos de defendernos del ambiente abrasador, pero uno se secaba casi de forma instantánea al cerrar el grifo e iba notando cómo se encogía la piel, como si las células se abrazaran sobre sí mismas para protegerse del calor, formando pequeñas escamas desecadas que resistían a las cremas y aceites con los que tratábamos de atajar la sequía que azotaba nuestro cuerpo.

Entender cómo había llegado a Las Jaras potencia suficiente de electricidad como para alimentar el rudimentario aparato de aire acondicionado instalado en nuestro improvisado laboratorio, era un misterio para nosotros que, por otro lado, tampoco tratamos de desentrañar. Al principio no nos pareció un privilegio, sino una herramienta esencial para llevar a cabo nuestras investigaciones, por lo que nos pareció natural que el aparato fuera subvencionado como parte de la aportación que recibíamos de nuestra beca. Al cabo de los días nos dimos cuenta de que éramos poseedores de un bien insólito en el lugar. Nadie más en Las Jaras tenía aire acondicionado. Quizás por eso, la gente nos miraba como si fuéramos seres de otro planeta, o esa era nuestra sensación, por lo que nunca conseguimos relacionarnos con ellos más allá de lo necesario. Ahora puedo decir que ese diabólico aparato fue el catalizador perfecto para desencadenar el avance de nuestra locura. Gracias a él no nos derrumbamos a los pocos días de nuestra llegada, lo que hizo que, al poco tiempo, ya estuviéramos tan afectados por la fiebre del Galbón que era imposible una deserción pacífica.

Después de los primeros días, nos dimos cuenta de que era una insensatez pasarnos la mañana recogiendo muestras de materiales en las zonas donde el documento de Lepanto situaba el Galbón. Por eso, empezamos a levantarnos de noche para estar de vuelta antes del amanecer con las mochilas cargadas de minerales, líquenes y polvo de rocas. Entonces nos encerrábamos en el laboratorio durante todo el día, preparando reacciones y tomando notas de unos resultados tan estériles como la tierra donde habíamos ido a parar. Sin embargo, aunque el estado de nuestra investigación nos deprimiese, después de cada frustración, de cada espectro inútil en el que sólo aparecían los elementos de siempre o, quizás, alguno raro pero conocido por cualquier químico del mundo, enseguida surgía la euforia. “Seguro que mañana lo encontramos”, o, como decía Edison cuando su experimento fallaba, “ya hemos aprendido dónde o cómo no se encuentra el Galbón y eso nos acerca más a él”. Así, día tras día, seguíamos inmersos en aquel sueño, encerrados en el laboratorio donde nos resguardábamos del calor y de la luz de Las Jaras, mientras pasaban los días, las semanas, los meses abrasadores, en los que, poco a poco, empezamos a trasladar casi toda nuestra vida entre aquellas cuatro paredes que contaban con el privilegio del aire acondicionado, hasta terminar instalando dos catres donde, ahora no recuerdo cuánto tiempo después, empezamos también a dormir.

Ni todos los fracasos a los que nos llevó la búsqueda del Galbón, ni la luz perturbadora de Las Jaras ni el calor omnipresente, provocaron una sola de las palabras de angustia que nos convirtieron en seres lúgubres y resentidos. De lo que tú te quejabas, lo que nos aplastaba y deformaba nuestras personalidades, era la calma, ese abandono en el que Las Jaras estaba inmerso, en el que la única expectación era poder ver pasar una bandada de pájaros o si habría llegado alguna carta de la Universidad. Nunca llegó ninguna.

Lo que en un principio confundimos con tranquilidad, al cabo de los días se convirtió en un instrumento de tortura, que nos dejó sin conversaciones, sin ánimo, presas del aburrimiento y la dejadez, obligados a repetir cada día las mismas palabras, las mismas acciones, comer la misma comida, ver al mismo vecino a las ocho de la mañana que volvía de quién sabe dónde y se encerraba en su casa, decir “buenos días, ¿qué tal?” cuando íbamos a la tienda a comprar algo de comer, y escuchar “como siempre” por respuesta día tras día, dejando claro que ahí se había acabado la conversación.

No era solo que en Las Jaras no hubiera nada que hacer, es que literalmente no se movía una mosca. Jamás corría el aire, la quietud era aterradora, nunca vimos agitarse una cortina por la brisa. Cuando se formaba una nube en el horizonte, se quedaba allí durante días con la misma forma hasta difuminarse con tanta lentitud que el cambio era inapreciable. Si preguntábamos a la tendera de dónde venían los alimentos, tardaba mil años en respondernos siempre lo mismo: “los trae el camión”. Pero nunca vimos al camión. Incluso el autobús que venía vacío cada miércoles y se quedaba parado durante quince minutos en la plaza, se volvía a ir sin nadie por la única carretera desolada que llevaba a Contradios, siempre con el mismo conductor cetrino que aprovechaba ese rato para fumar un cigarro, cuyo humo subía en línea recta hacia el cielo, perdiéndose como si se hubiera abierto un agujero invisible en la atmósfera justo en el lugar por donde se colaba para desaparecer.

Fue la sucesión de minutos idénticos lo que pudo contigo, después de plantarles batalla a base de intentar cambiar la rutina, intentando sin éxito sacar conversación a los habitantes de Las Jaras, levantarnos a otra hora, ir a ver al autobús, fingir que éramos desconocidos que acabábamos de encontrarnos, inventar recetas nuevas con los pocos productos que podíamos comprar, escribir o leer. Al final, incluso los libros nos parecían idénticos y sólo conseguían recordarnos lo carentes de acontecimientos que estábamos. Sólo mantenía nuestra esperanza la posibilidad de encontrar el Galbón y esa circunstancia confirió al elemento un poder absoluto sobre nosotros.

Aquel martes, cuando volví al laboratorio con la compra de cada día, te encontré sentado en tu catre, como si hubieras estado esperando mi llegada para decirme:

- Se me ha roto un matraz y me he cortado.

Me acerqué a ver la herida y traté de quitarle importancia. Era un pequeño corte en el dedo índice sin ninguna gravedad.

- Me ha salido sangre -dijiste, mirándome con un sucedáneo de aquella mirada que yo había olvidado, la que conseguía todo lo que se proponía, mucho más melancólica y desvalida que cuando te conocí.

Te dije que no te preocuparas, que no era nada.

- Me ha salido sangre y he recordado que estoy vivo- insististe.

Te entendí, pero no quería entenderte. Al día siguiente cogiste el autobús.

Continué en Las Jaras durante unos meses más. Ya no quedaba rastro de nosotros, así que no traté de mantener el contacto contigo. Repetí con exactitud las mismas acciones que cuando tú estabas. Antes del amanecer me iba a recoger materiales, después me pasaba el día en el laboratorio poniendo reacciones y observando los resultados. Ya no trataba de hablar con la tendera, ni me planteaba si irme a dormir a casa o no. No sé por qué seguí allí, quizás porque el Galbón era todo lo que me quedaba de nosotros y de nuestro sueño; en realidad era todo lo que quedaba de mí además de tu ausencia, que yo sentía como la máquina que mantiene con vida a una persona en estado vegetativo.

Varias semanas antes de que terminara el plazo de nuestra beca, conseguí aislar un material que nunca antes había observado en el espectroscopio, aparentemente su número atómico era 121. Como si hubiera presenciado la exhumación de los restos de un familiar perdido hacía años, lloré toda la emoción contenida sin preocuparme de si el elemento era estable o, por el contrario, podría evaporarse dejándome con las manos vacías y sin pruebas de lo que acababa de observar. Lloré al darme cuenta de que el único acontecimiento que valía la pena recordar de aquellos años era tu huida en el autobús de los miércoles. No traté de repetir el experimento.

Todavía tuve que esperar dos días para irme de Las Jaras. En ese tiempo, puse en orden los documentos donde reflejábamos todos los progresos que habíamos hecho en nuestra investigación, hasta llegar al espectro del elemento, y los metí en varias cajas que fueron mi único equipaje el día que me fui de aquel lugar.

Hace dos años que trabajo en el equipo del doctor Segovia. Cuando volví, le pregunté si volvió a verte. Sólo sabía de ti que renunciaste a tu beca y nunca más apareciste por el Departamento. En este tiempo, hemos conseguido aislar el elemento dos veces, pero ambas se ha volatilizado, aunque hemos publicado varios artículos sobre el tema y varias Universidades del mundo están colaborando con nosotros en la búsqueda del Galbón, que resulta que ahora se llama Undictronio (por lo visto Galbón es otra sustancia). A pesar de que retomé la actividad, sigo padeciendo la calma que arruinó nuestras vidas. Incluso hay días en que me descubro huyendo del sol de la mañana y del calor inexistente. Y cuando me preguntan “¿qué tal?” yo sólo puedo responder “como siempre”, envuelta todavía en la nube negra y estática de petróleo puro desde la que te dije adiós. Todavía no he tenido la suerte de cortarme con el cristal de un matraz.

miércoles 10 de diciembre de 2008

Así de sencillo


Ya no te quiero. Lo he sabido hoy. Estaba comprando flores en el kiosco de Marcial. He dudado unos diez minutos, mientras él preparaba un ramo para una chica, entre los tulipanes naranjas o los liliums blancos. Ha sido uno de esos momentos en los que el tiempo pasa y me pongo nerviosa, porque sé que pronto tendré que tomar una decisión: tulipanes o liliums. Marcial me hubiera ayudado a elegir. Siempre lo hace. Pero no quería entretenerlo, había cola. Y durante ese tiempo me he mantenido inquieta por mi indecisión. ¿Tulipanes o liliums? Los tulipanes son más baratos y más alegres. Los liliums más caros pero también más elegantes. Marcial estaba acabando el ramo para la chica. Me ha mirado y he dicho: “Unos tulipanes”. En ese mismo momento he tenido como una revelación, una especie de evidencia que ha venido, no sé de dónde, y se ha instalado en algún sitio, quizás en mi corazón, aunque sea cursi decir algo así. Pero ha llegado y se ha quedado conmigo. No ha sido ninguna falsa alarma. Ni como cuando me repetía a mí misma, tratando de convencerme: “No puedo quererlo, tengo que olvidarlo después de todo lo que ha pasado”. Ha sido un sentimiento independiente del rencor, de la angustia o de la desazón con los que he vivido estos dos últimos años. Estaba ahí, claro como el día soleado de otoño que hacía hoy, sin explicación y sin dudas, así de sencillo. Eso es lo que hay: ya no te quiero.


Marcial me ha preguntado si me preparaba las flores, porque ya sabes que casi siempre prefiero hacerlo yo. No me gustan los ramos preparados, son como de cartón piedra, como esos peinados llenos de laca, recién salidos de la peluquería. Prefiero llevarme las flores y ponerlas yo a mi aire en un florero. Dirás que menuda tontería, que al final es lo mismo que si lo hubiera hecho el floristero, que al fin y al cabo es un profesional. Pero no es lo mismo. Nunca has entendido este tipo de cosas. Hay un abismo entre un ramo preparado y poner tú mismo las flores en un jarrón. La diferencia es tan grande como la que hay entre un sábado por la mañana, en el que sabes que toca hacer el amor, y un miércoles por la tarde, en el que te sorprende un beso apasionado fuera de horario. Pero tú no lo entenderías.


- Sí – le he dicho a Marcial -. Prepáramelo, por favor.

Y se lo he dicho sólo porque necesitaba esos minutos para comprobar que la evidencia seguía ahí. Te he recordado sentado en el sillón verde, leyendo el periódico mientras yo terminaba de vestir a Dani y arreglarme para ir a comer a la playa. Uno de esos fines de semana que tú odiabas (pero esto lo supe luego) y que a mí me encantaban porque habíamos hecho un plan para estar juntos los cuatro. Tú y yo con Dani y Mar. Yo sabía que te daba un poco de pereza, pero siempre había pensado que después agradecías haber estado un rato con tus hijos. Y, fíjate qué tontería, me sentía responsable de hacer que encontraras esos huecos para pasar tiempo con ellos.


Marcial estaba montando el ramo. Por un momento he pensado que estaba inquieto él también. No es común que le deje prepararme unas flores. Me conoce. Por eso, me iba preguntando si le ponía unas ramas de gipsophilia o lo adornaba con unos helechos. Mientras tanto, yo examinaba esa sensación, ese vacío que acababa de experimentar, recordándote sentado en el sillón verde, mientras leías el periódico. Mirándote en la distancia como si te hubieras convertido en otra persona, alguien muy lejano que me traía imágenes en blanco y negro, de otro mundo, de otra vida.


He llegado a casa, he tirado las gipsophilia y los helechos y he puesto los tulipanes en ese jarrón de cristal verde que nos regaló tu hermana y que te dejaste en casa cuando viniste a recoger tus cosas, dos meses después de que me dijeras tú a mí: “ya no te quiero”. Me he sentado en el sillón verde y me he puesto a llorar. Ni siquiera estaba triste. Pero no siempre hay que estar triste para llorar. Creo que ha sido por ese vacío repentino. ¿Qué voy a hacer ahora que no te quiero? Entonces ha sonado el teléfono.


- Hola, Clara, soy Pedro –he dicho con voz temblorosa. Estaba nervioso.

- Hola –has respondido tranquila.

- He pensado en ir a recoger a los niños para llevarlos al cine hoy, si no tenéis pensado hacer otra cosa -. No sé cómo me ha salido la voz, quizás porque esa ha sido la única frase que me he preparado antes de llamar. Me he preguntado si habría sonado como un autómata.

- Ah, sí, me parece bien. Creo que se pondrán contentos.


He tenido miedo al oirte. Estabas tan tranquila, como si hablaras con un hermano. He pensado mil formas de alargar la conversación mientras llamabas a Dani para que se pusiera al teléfono. Yo sólo quería hablar contigo.


- Hola, papá.

- Dani, hijo, ¿quieres que vayamos al cine juntos hoy?

- ¡Sí! Vamos a ver Madagascar, ¿vale? –la voz de nuestro hijo casi me hace llorar. Esa alegría ajena a todo lo que estaba pasando.

- Bueno, a ver si a Mar le parece bien esa película...

- Jo, seguro que no –ha contestado Dani–. ¡Mar! –ha gritado a continuación-, que dice papá que si vamos al cine a ver Madagascar.

Me ha hecho sonreir. Es listo nuestro hijo. He quedado con ellos para recogerlos a la una, comer en el Burguer King e ir al cine. Después de hablar con Mar le he pedido que te pasara el teléfono.

- Dime.

- Nada, que iré a recogerlos a la una, si te parece bien.

- Sí, vale.

- ¿No habrías pensado hacer algo con ellos?

- No, tranquilo, estarán contentos de pasar el día contigo.

- Si quieres puedes venir con nosotros –te he soltado de sopetón, casi sin darme tiempo a mí mismo para pensar lo que decía.

- No, tengo cosas que hacer, gracias –has respondido serena, sin dudar, sin enfadarte, sin decirme que mantuviera las distancias. Y de pronto me ha entrado un frío atroz, como si me hubiera despertado solo esperando encontrarte al otro lado de la cama.

- Bueno, pues estaré allí a la una.


Lo primero que he pensado cuando has colgado el teléfono es que por suerte he podido secarme las lágrimas antes de que vinieran los niños. Creo que no se han dado cuenta de que he llorado. Después, he examinado esa sensación de lejanía mientras hablaba contigo. No, ya no eres el hombre al que quise. El que me llamaba desde la Facultad al Estudio para decirme que me escapara una hora porque no podía estar ni un minuto más sin verme. Ni el que apareció por sorpresa en casa de mis tíos en la sierra aquella Semana Santa, ni el que se levantaba de madrugada a preparar el biberón de Mar, mientras yo dormía, y después dormía cuando me levantaba yo a preparárselo a Dani. No eras el que cambiaba de canal y respondía “ya veremos” cuando yo proponía hacer algo el fin de semana, como queriendo aplazar esa decisión, lo que, aprendí después, significaba “no me apetece”.


Te rogué que me quisieras. “Quiéreme, quiéreme”, te decía. Y tú me respondías: “Pero si ya te quiero”. Y yo lo que quería decirte es que no soportaba verte todo el día enfadada, nerviosa, gritando a los niños que por qué no habían hecho los deberes o por qué se habían dejado en el colegio el libro de Matemáticas. Yo pensaba que, si me querías, si nos querías, se acabaría el malestar, te vería sonriente por la mañana, como los años que pasamos antes de que naciera Mar, en los que preparábamos el desayuno entre besos y llegábamos tarde los dos al trabajo. Y las pocas veces en que hablamos de cómo habíamos cambiado te llenabas de razones irrebatibles: que teníamos que educar a nuestros hijos, que su futuro era nuestra responsabilidad, que debíamos estar con ellos porque, si no lo hacíamos, nos arrepentiríamos. Llevabas razón. Pero con esa razón en la mano estabas en la otra punta del mundo, lejos de mí. Por eso no entendí tu sorpresa cuando te dije que ya no te quería, porque estaba seguro de que tú sentías lo mismo desde hacía mil años.


Me acuerdo muy bien de aquel momento. Tú estabas abriendo una botella de vino. Nunca bebías, pero aquella noche te dio por abrir una. Estabas desenroscando el tapón del sacacorchos y yo oí mis palabras como si estuviera en una catedral, resonando en toda la casa: “ya no te quiero”. El corcho cayó a tus pies y vi cómo rodaba por el suelo de la cocina hasta desaparecer debajo del fregadero, mientras me preguntaba qué más podía decir. Dejaste el vino sobre la encimera, despacio, apoyándote en él como si estuvieras colgando de un precipicio y no tuvieras otro lugar donde agarrarte. Vi cómo salías en silencio de la cocina, con aquel albornoz blanco que te encantaba, no sé si lo seguirás teniendo. Y yo me quedé allí, pelando patatas, como si no hubiera pasado nada, pensando qué debía hacer a continuación.


- ¿Desde cuándo? –te pregunto, mientras recuerdo aquel día en que me hiciste esa misma pregunta, cuando después de poner las patatas a cocer fui al dormitorio y te encontré sentada sobre la cama, con el albornoz blanco y la cara entre las manos.

- No sé, Pedro, supongo que ha sido poco a poco – respondes mirándome a los ojos.


He traído a los niños del cine y te he encontrado sentada en el sillón verde, leyendo. Mar y Dani han ido a ponerse el pijama. Me he sentado en el sofá y te he dicho que te hemos echado de menos. Me has mirado y has disparado: “Ya no te quiero”. Y por la forma de decirlo, por esa tranquilidad y ese abismo instalado entre nosotros, sé que es verdad. Ya no me quieres. Estás a millones de kilómetros de mí. Yo sólo quería abrazarte. Nada más, sólo quería abrazarte y rogarte que me quisieras, que por favor volvieras a quererme; pero te he hecho esa estúpida pregunta. ¿Qué más da desde cuándo?


- Yo siempre te querré –te digo. Y me siento estúpido. Por dios, ¿dónde está ahora todo ese discurso que traía preparado para explicarte que eres lo que más me importa del mundo?, ¿cómo se me ocurre resumirlo con esa odiosa frase, “yo siempre te querré”, manoseada hasta el infinito? Yo sólo quiero abrazarte.

- No pensaba decírtelo, pero creo que así estaremos más tranquilos y podremos tener una relación civilizada –contestas, como si no hubieras oído lo que te digo. Quizás no lo hayas escuchado, quizás yo no lo haya pronunciado. Dios, es como si me hablaras desde Nueva Zelanda vestida de aborígen. Ya no eres la misma.


Ya no soy la misma. Lo he visto al instante. Mi vida ha cambiado esta mañana en el kiosco de flores, mientras elegía entre tulipanes o liliums. Y lo he comprobado cuando he podido mirarte a los ojos mientras te decía que ya no te quería, quizás para confirmármelo a mí misma. Me ha extrañado tu serenidad, afirmando que siempre me querrías como si le estuvieras hablando a un cliente desde detrás de la mesa de tu despacho. Quédese tranquilo, déjelo en mis manos. Así es como me ha sonado. Por primera vez le he hablado al hombre al que ya no quiero, a ese que no puedo explicarme de dónde salió, ni cuando; pero que ahí estaba, incómodo por la situación, intentando mantener el tipo mientras oía mis últimas palabras de amor, buscando la frase adecuada para hacer que la conversación suene civilizada y despojada de pasiones. Al fin ha sucedido, ya no hay rencor, ni culpa ni desazón. Ya no hay nada. Sólo vacío.


“¿Qué voy a hacer yo ahora con este vacío?”, he pensado mientras nos despedíamos civilizadamente en la puerta, sin rastro de emoción. He visto a los niños al fondo del pasillo, peleándose por usar el ordenador, y he sentido unas ganas tremendas de abrazarte por última vez.

domingo 30 de noviembre de 2008

2008, yes we can

© Gloria

Este 2008 recorrí los cinco continentes en una sola tarde. Estaban todos en un barrio de Badalona. Uno de esos en los que la abstención es superior a la media, en los que la mayoría de los vecinos no piensan quién les gobierna, sino quién puede echarlos del trabajo o del país. Un barrio que ha crecido a ritmo de asentamiento, como ese pueblo malagueño llamado Almargen por el que pasábamos cuando íbamos a Ronda para ver a mi abuela y que mi madre siempre decía que se llamaba así porque se había formado “al margen de la ley”. Todavía no sé si era una broma o lo decía de verdad.

El caso es que, en mi viaje, conocí a tres niñas cuya edad no superaba los seis años, cada una de un continente. Todas se pusieron mis gafas, miraron mi cámara de fotos y, durante la merienda, contaron hasta veinte en inglés, saltándose el once y el dieciséis.

También conocí a un voluntario maestro jubilado, cuya mayor aspiración era enseñar a leer a sus niños en las clases de refuerzo, porque en el cole ya los daban por perdidos. Y a cinco educadoras, que se dejan la piel en esa coeducación de la que se habla desde los micrófonos de los mítines, pero a la que tan poco caso hacen en los despachos desde donde se tienen que asignar las subvenciones.

Y a una directora, que sonreía mirando al infinito mientras yo le aconsejaba que fueran a las instituciones públicas a pedir espacios para que los niños del barrio puedan jugar.

En ese viaje, gracias a esa directora, al maestro jubilado y, sobre todo, gracias a la niña que se llamaba a sí misma María Antonieta mientras el resto de niños la acusaban de embustera, me dí cuenta de que existen lugares en los que la ilusión y la esperanza de un futuro mejor valen más que el petróleo, que si hubiera una bolsa en la que cotizaran estos valores, la crisis sería literatura de ficción y que, a pesar de todo, compartir con ellos mi viaje, me hace comprobar la fuerza de la expresión de moda del año: yes, we can.

Nota: Este post está escrito para el concurso de 1 año en 1 post de Atrápalo. Aunque no puedo participar, me gustaría que lo votaras si te gusta. Gracias.




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lunes 24 de noviembre de 2008

La comunicación


Pensé que estaba soñando cuando oí hablar a mi gata: “Hace un calor de mil demonios”, dijo mirándome como si le hubiera intentado timar en la compra y estuviera a punto de pedirme el libro de reclamaciones.


Sentí decepción y miedo a la vez, no sabría decir en qué proporción cada uno. ¿Era esa forma de recibirme después de todo el día en la oficina? Me preguntaba qué le habría hecho yo a Mildred para que ella se dirigiera a mí en ese tono. Siempre la había tratado bien, jamás la dejaba sola más de dos días seguidos, tenía los mejores canguros de gatos de toda la ciudad y, si ellos no estaban disponibles, mi madre, amante de los animales, la cuidaba con mucho gusto. Que conste que no me gusta molestar a mi madre. Ni a ella ni a nadie, esa es la verdad. Siempre que le pido un favor, la pobre señora se desvive por ayudarme; pero me da apuro que modifique sus planes por mí o que dedique su tiempo a algo que no le apetezca hacer. No quiero ser una carga para ella. Por eso, cuando la llamo o voy a visitarla jamás le digo que necesito ayuda. Prefiero que sea ella quién me pregunte si me hace falta algo. Y nunca accedo a la primera cuando se ofrece para hacerme un favor, así le doy tiempo para pensárselo, que después no dude de haber sido ella la que se ofreció. No me gusta ponerla en un compromiso, aunque sea mi madre. Una vez estuvo casi media hora insistiéndome para quedarse con Mildred. Y yo venga a decirle que no hacía falta, ya con los billetes de avión a Santander comprados y sin canguro para el animal. Al final accedí casi con disgusto a que se quedara con ella, cuando me suplicó: “Pura, hija, soy tu madre. Déjame a la gata, que estoy encantada de tener compañía... y vamos a dejar ya este tira y afloja, que me vas a volver loca”. Hay que tener cuidado en esos momentos de que la otra persona no llegue al límite y se rinda. Si sobrepasas ese punto, el otro pensará que es cierto que no lo necesitas, o que no quieres más pastel aunque te estés muriendo por otro pedazo o que puedes seguir esperando un rato más en la puerta de un lavabo público, cuando en realidad estás a punto de hacértelo encima. Hay que saber en qué momento aceptar. Es como si estuvieras comprando alfombras en Estambul, llega un punto en que el vendedor para de insistir y, si eso ocurre, ya no hay nada que hacer.


El caso es que allí estaba yo, acababa de oír a mi gata hablar y, aparte de estar muy disgustada por su comportamiento, estaba asustada. Puede que resulte raro que alguien sienta miedo de su propia mascota; pero era la primera vez que me hablaba y, la verdad, no fue una sorpresa agradable. Me sentía decepcionada. Yo prefería a Mildred cuando era silenciosa, como todas las gatas. Me preocupaba que, de pronto, se hubiera vuelto parlanchina.


Pero aún así, no quise incomodarla. Por eso me mostré lo más tranquila que pude, como si lo que acabara de suceder fuera lo más natural del mundo. Lo último que deseaba era que se sintiera un bicho raro, aunque lo fuera; pero tampoco quería mostrarme indiferente. No sabía muy bien a qué atenerme, la verdad. En mi descargo diré que hice un esfuerzo sobrehumano para no herirla.

- Llevas razón – le dije. Es verdad que hoy es un día muy caluroso. Quizás en un par de horas tenga que poner el aire acondicionado – añadí, condescendiente, tratando de centrar la atención en su problema, en vez de transmitirle mi preocupación y disgusto por el hecho de que ella se hubiera decidido a hablarme como lo había hecho.


Cuál fue mi sorpresa cuando la vi subir de un salto a mi sofá, donde se tumbó indolente, y, poniendo su cara sobre las patas delanteras y entrecerrando los ojos a lo Bette Davis en Eva al desnudo, me soltó:


- Por el amor de dios, hace horas que debía estar funcionando ese maldito cacharro. Vamos a morir abrasadas.


Si quiso herirme, lo consiguió. Me dejó sin habla, durante unos segundos me quedé paralizada observando su gesto de desprecio, como si hubiera perdido todo el interés por mí y quisiera estar en cualquier lugar que no fuera mi salón. Pensé que no sería capaz de pronunciar palabra en toda mi vida, pero lejos de hacérselo notar, intenté calmar mi respiración agitada, contar hasta diez y pasar por alto su menosprecio.


Quizás tuviera problemas que yo desconocía, aunque por otro lado, ¿cómo los iba a conocer? Por muy pendiente de ella que hubiera podido estar, nunca imaginé que pudiéramos tener una conversación. Mildred debería de haber entendido que yo no estaba preparada, era la primera vez que me hablaba. Es verdad que también se trataba de una situación nueva para ella; pero después de todo no había sido yo quién había destapado la caja de los truenos. A pesar de estos pensamientos que me pasaban por la cabeza a gran velocidad, pude mantener cierta serenidad y darme cuenta de que era yo la responsable de ella, y no al contrario, por lo que tendría que ser yo quien resolviera el conflicto. Tenía que ganar tiempo para pensar qué hacer, así que decidí responderle:


- Mildred, estás nerviosa y cansada. Relájate y verás como se te pasa un poco el calor. Si dentro de un rato sigues igual, pondré el aire acondicionado. Mientras tanto, voy a cambiarme y después podremos hablar tranquilamente.


Antes de poder dar un paso hacia la habitación, me replicó entre dientes con aquella voz grave a la que todavía no me había acostumbrado:


- Eso, tú vete como siempre pensando que puedes resolverlo todo a tu manera. Pura, la autosuficiente.

- ¿Qué quieres decir? – pregunté sin poder evitar teñir mis palabras de cierto resentimiento.

- ¿Qué sabrás tú de cómo me siento? Sólo tengo calor. Soy una gata, por el amor de dios.

Ahí ya no pude callarme ni serenarme, perdí los nervios. Quizás ese fue mi error; pero aquello era demasiado para mí. Soy humana, tengo sentimientos.

- ¿Quieres que ponga el aire acondicionado? ¿Es ese tu problema? Pues lo pongo, Mildred, lo pongo. Pero no había necesidad de hablarme de ese modo. Ya sé que eres una gata. ¿Y qué? ¿Eso te da derecho a tratarme como si fuera basura?

- Estás paranoica, Pura. Te has montado la película tú solita, yo sólo he dicho que tenía calor.

- Ah, sí, en un tono de lo más dulce. Da gusto llegar a casa y que tu propia gata te suelte una grosería tras otra. Y eso, claro, después de todo el día trabajando, mientras ella ha estado tranquilamente paseando por la casa.

- ¿Y qué quieres que haga? ¿Que mire las ofertas de trabajo mientras tú no estás?

- Por dios, Mildred, no pongas en mi boca palabras que yo no he dicho. No sé si te das cuenta de que es la primera vez que me dices que tienes calor. De hecho, es la primera vez que me hablas.

- Joder, si no te hablo me derrito. Y ni con esas.

- ¿No podemos tener una conversación tranquila después de haberme cambiado? ¿Tiene que ser de esta manera, deprisa y corriendo?

- ¿Pero qué coño tenemos que hablar? Yo sólo tengo calor – gritó, poniéndose en pie sobre el sofá.

- No me hables en ese tono, te lo advierto.

- Bueno, ya veo que no llegamos a ninguna parte tú y yo. Moriré de calor antes de que comprendas lo que te estoy diciendo – dijo, caminando hacia la cocina, de espaldas a mí.

- Lo entiendo perfectamente. Estás de mal humor y la pagas conmigo.

- ¿Sabes qué? – giró la cabeza y me miró desde la encimera -. Me voy de esta casa –amenazó.

- ¿Y dónde vas a ir, Mildred, al tejado de la vecina?

- ¡Pues sí! Es mucho más fresquito que este jodido apartamento.


Y dicho esto, antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba pasando, la vi saltar hacia el marco de la ventana, desde donde se volvió para mirarme orgullosa con esos ojos verde claros, casi amarillos y, tras girar sobre sus patas, de un brinco desaparecer de mi vida.


Por supuesto en aquel momento pensé que en un rato volvería por donde se había ido. ¿Qué iba a hacer Mildred sin mí? Era incapaz de cuidarse por sí misma. Todavía recuerdo el enfado que cogió aquella vez que la dejé sola un fin de semana entero en casa. Estuvo una semana ignorándome. Y eso que le dejé comida y agua suficiente como para pasar un mes sola. Desde entonces, no me he atrevido nunca a irme sin dejarla con un canguro o con mi madre.


Pero Mildred no volvió. Todavía no ha vuelto, y de eso hace ya tres meses. Lo peor de todo es que ni siquiera puedo explicárselo a nadie. ¿Quién me iba a entender? Incluso mi madre me miró como si me viera por primera vez cuando le dije que la gata me había abandonado. “Se habrá perdido, mujer, Pura, no seas dramática”. Desde entonces no ha parado de insistirme para que me compre otra. Que me ve muy sola, me dice. No comprende que Mildred es insustituible. Hasta me hubiera acostumbrado a esa voz grave que tenía. Si no le hubiera podido la impaciencia, habríamos podido hablar y arreglar nuestras diferencias. Pero, claro, ¿qué sabrá ella sobre la comunicación? Si era la primera vez que hablaba.

viernes 14 de noviembre de 2008

Entrar en razón

Por favor, Dios mío, haz que me telefonee ahora. Oh, Dios, que me llame. No pediré nada más, te lo prometo. Me parece que no es pedir demasiado. Te costaría tan poco, Dios mío, concédeme esa pequeñez... Que me telefonee ahora mismo, nada más. Por favor, Dios mío, por favor, te lo ruego.

¿Cómo iba a saber yo que se iba a poner así? Sólo por insinuarle que merece un trabajo mejor. Cómo se ha puesto. Que nunca llegará a ser lo que espero de él, eso me ha dicho. Después de tanto sacrificio, Señor, después de treintaiun años dedicada sólo a él, desde que murió Antonio, que lo tengas en tu Gloria, él se contenta con ese trabajillo de comercial en una empresa de pacotilla. No se da cuenta de que él vale para mucho más, que tiene que apuntar alto y no conformarse con ser uno más del montón. Para eso me he dejado yo la vida trabajando en el hospital, porque, si no fuera por él, anda que no me hubiera quedado yo en mi casa con mi pensión. Pero no, yo quería que se educara en los mejores colegios y que sus amigos no fueran chusma, sino gente de bien, a ver si algo se le pegaba. Pero claro, él se juntaba con lo peorcito del barrio. Y así ha salido.

Pero no me lo tengas en cuenta, Señor, esto que digo es porque estoy enfadada. Yo sé que él es un chico bueno y comprensivo y sé que si Tú me haces esa gracia, si Tú haces que me llame ahora mismo, me darás la sabiduría para hacerle recapacitar. Es la primera vez que se va así, dejándome con la palabra en la boca. Dios mío, haz que me llame, yo sabré cómo hacer que cambie de opinión.

Ya lo hice cuando, con diez años, venía con aquel niño, ¿cómo se llamaba el infeliz? Gerardo. El hijo del cosario, ni más ni menos. Tenía una cara de desdichado, delgadito, callado, muy poca cosa. Se ponían a jugar los dos en la sala y ni se les oía. El niño aquel estaba esperando nada más a que le diera la merienda, a saber qué le daban en su casa, porque cuando veía el jamón serrano dejaba los juguetes a un lado y se lanzaba a comerse el bocadillo como un desgraciado, con esas uñas negras que ganas me daban de restregarle las manos con el cepillo. No me gustaba nada que viniera a casa con él.

Pero entonces fue fácil. Alberto lo pasó mal el día de su cumpleaños cuando vio que su amigo Gerardo no vino a la fiesta, pero se le pasó enseguida. Los niños son así. Preguntó por él un par de veces y luego con los regalos, la tarta y todo lo demás se olvidó. Yo sólo quería que mi Alberto se relacionara con lo mejorcito del pueblo, para que desde pequeño supiera desenvolverse en ese mundo al que estaba destinado. Allí estaban los niños que le convenían, como Ricardito, el hijo de Don Ricardo, el dueño de Las Tablas, la finca más importante del pueblo. Nada menos que un reloj le trajo de regalo. Qué iba a saber yo de lo que pasaría después. Los llamé yo misma uno por uno, le dije a Alberto que esa era la forma elegante de invitarlos, no a gritos en el recreo del colegio. Puse la casa como un palacio, llena de globos y de guirnaldas. Y mi niño vestido con su rebeca azul hecha a mano que me costó un ojo de la cara, su camisita y sus bermudas corinto. Estaba precioso.

No estarás castigándome por aquella mentira piadosa, ¿no, Dios mío? Ay, Señor, perdona que te hable así, no sé ni lo que me digo, es que estoy destrozada, el niño se ha ido y el teléfono sigue sin sonar. Es verdad, al día siguiente del cumpleaños, cuando Alberto me acusó de no haber invitado a Gerardo, le dije que aquel pobre niño no habría querido venir porque seguramente sus padres no tendrían dinero para comprar un regalo y que lo perdonara por haber mentido porque a los pobres no hay que tenerles en cuenta esas cosas. Dios mío, tú sabes que no estoy orgullosa de la forma en que lo hice, pero en aquel momento Alberto estaba embelesado con el niño mugriento ese, parecía que no hubiera otro en el mundo, y no se me ocurrió otra manera de apartarlo de ese peligro. Porque era un peligro. A saber dónde habrá acabado. Que no le deseo ningún mal, Señor; pero mi niño no era de esa clase y sólo le habría traido disgustos. Yo ya me confesé de ese pecadillo con Don Antonio. Dios mío, Tú sabes que todo lo que he hecho en esta vida ha sido por mi Alberto. Y míralo ahora, mira cómo me paga todos los sacrificios. Ni imaginarse puede todo lo que he tenido que luchar por él. Por favor, te ruego que lo hagas recapacitar y que me llame, que suene el teléfono ahora mismo.

Perdóname Dios mío por esta rabia que tengo, pero entiéndeme, yo soy su madre. ¿Tú crees que tiene que pagarme con esta moneda después de todo lo que he hecho por él? El mejor colegio del pueblo, cumpleaños por todo lo alto, los meses en Inglaterra para que aprendiera inglés con el dichoso Ricardito, la profesora particular para que lo ayudara con las Matemáticas, porque todo lo demás ya me lo estudiaba yo con él hasta la hora que fuera. Todo sacado de mi trabajo y la pensión de Antonio, ahorrando peseta a peseta, privándome de vestidos o caprichos, que ni uno me he dado para que a él no le faltara de nada y pudiera estar al nivel de sus amigos, haciendo horas extra en el hospital, para poder irnos de vacaciones a la costa y que alternara con su pandilla. Allí donde iba estaba yo como una sombra, discreta pero atenta a todo lo que le ocurriera.

Que hasta los padres de sus amigos me lo reconocen. Me los encuentro por la calle y me dicen: “Hay que ver, Angustias, lo que tú has hecho por tu hijo”. “Nada que no corresponda a una madre”, contesto yo con modestia, porque no quiero echarme ni una flor, que todas se las lleve el niño, ese que se ha ido dando un portazo.

Esto que te pido no es nada para ti, Dios mío, y yo sé que Tú lo puedes todo, porque me lo has demostrado más de una vez. Como cuando el verano antes de empezar a estudiar Empresariales en la ciudad me dijo que no quería irse a la costa porque prefería pasar las vacaciones en el pueblo con María. Me acuerdo y se me ponen los pelos de punta. Aquella lo que quería era enredar a mi Alberto, no hizo más que llamarlo durante todo el curso. Yo le preguntaba sin darle importancia si le gustaba, para poner freno a aquello en cuanto pudiera. Y él que no, que sólo eran amigos. Fue la única vez que me despisté, porque ella estaba en la pandilla, iban todos juntos, y yo pensaba que él había madurado y era consciente de que aquella niña no le convenía.

Me lo soltó de sopetón, con esa cara de inocente que casi me hace llorar. Porque lo vi, estaba dominado por la muchacha aquella, la hija del profesor de Ciencias, que era una espabilada. En cuanto llegó al pueblo hacía dos años me di cuenta de cómo se las gastaba la niña. No tenía vergüenza. Un domingo me los encontré por la calle, estaban con otros amigos, y cuando le recordé a Alberto que teníamos que ir a misa de siete, va la fresca y me suelta: “Angustias, que Alberto ya es mayorcito”. Le sonreí y, con toda la educación y tranquilidad posible, le dije: “Por eso, como ya es mayorcito puede llevar a su madre a misa y darle un capricho una vez a la semana, ¿verdad, cariño?” Alberto asintió y María se puso roja. Mejor una vez colorada que cien amarillas. Pero ni así se dió cuenta mi hijo de cómo era la desvergonzada y allí estaba diciéndome con toda su inocencia que prefería no ir a la playa. Y no fuimos, Señor, ya sabes todo lo que sufrí con aquello, que hasta te hice la promesa de salir en procesión el Jueves Santo si lo hacías entrar en razón. Un año estuvo estudiando en la ciudad y viniendo cada fin de semana a verla a ella. Y yo tragando como podía, porque ya él me había dejado claro que estaba enamorado y que yo no sabía cómo era María. Claro que lo sabía, mejor que él. Pero también sabía cómo son esas cosas y que aquella vez no sería tan fácil como con Gerardo. Así que durante aquel año tragué quina y tenía a María hasta en la sopa. Intentaba hacerle ver a Alberto cómo era ella, pero sin que se volviera en mi contra, con discrección. “María, hija, qué falda más bonita llevas; pero ¿no te queda un poco corta?” Y Alberto, aunque no lo dijera, pensaba lo mismo que yo, porque en el fondo él sabía distinguir la elegancia de la chabacanería. O les comentaba: “Me encontré a Laura, la hermana de Ricardito, que el año que viene empieza Derecho. Mira que es lista esa niña. Y educada. Cuando me ve me echa unos piropos... Y siempre me pregunta por ti, Alberto.” Los domingos, cuando lo acompañaba a la estación para que cogiera el tren de vuelta a la ciudad, le repetía que era el momento de centrarse en sus estudios y de conocer a gente, que las relaciones que hiciera entonces le iban a servir toda la vida y que ya no quedaban en el pueblo más que los viejos como yo y los jóvenes que no aspiraban a nada en la vida.

Dios mío, y así día tras día, semana tras semana, esperando hasta que llegó el momento en que Tú quisiste hacerme ese favor. El verano siguiente, en cuanto Alberto me dijo que se había enfadado con María, le tuve que decir que esa niña no era para él, que si no se daba cuenta de cómo me trataba, con esa distancia y ese descaro, ni una sola vez había venido a verme mientras él estaba estudiando. Él se merecía una chica como Laura, educada y cariñosa. Alberto me miró con esos ojos de cordero degollado, llenos de lágrimas. “No llores por ella, por Dios, hijo, ¿no ves que es una lagarta”. Y aún así él todavía me pidió que no dijera esas cosas de María, hasta que exploté y la que empezó a llorar fui yo, diciéndole: “¿No ves que no valora el sacrificio que haces por ella viniéndote todos los fines de semana? Con todo lo que podrías estar disfrutando en la ciudad y las chicas a la que podrías conocer” Mi hijo me abrazó, Dios mío, lo llené de besos, Tú te acordarás. Y ahí acabó todo el tema de María, toda mi preocupación.

Ay, Señor, pero así estamos otra vez. Cuánto sufrimiento para lo poco que te pido. Yo creía que me habías premiado mi sacrificio haciendo que Alberto y Laura se enamoraran. Y te lo agradezco, Dios mío, mil veces al día desde entonces, porque todo vino rodado y para mí era la recompensa a mis noches en vela, rezando para que todo le fuera bien al niño.

Sé que has hecho mucho por nosotros, desde que se casaron y Alberto empezó a trabajar con Don Ricardo en Las Tablas, llevándole la finca. Nunca me había sentido tan orgullosa de él, olvidé que esta vida es un valle de lágrimas. Ay, Señor, cuando entré en San Bartolomé del brazo de mi hijo, me parecía ir flotando de satisfacción. En ese momento no me dolían las manos de poner inyecciones, ni la espalda de asistir a las parturientas. Me sentía como una reina, del brazo de Alberto, vestido con su chaqué nuevo y yo con mi mantilla de Chantilly.

Mira que les he insistido para que tuvieran hijos, pero Tú no has querido dárselos. Yo te lo respeto, Señor, Tú sabes los planes que tienes para ellos. Pero no me dirás que eso no influyó para que, cuando murió Don Ricardo, que en tu Gloria lo tengas, el sinvergüenza de Ricardito le dijera a mi Alberto que tenía otros planes para Las Tablas y que se fuera buscando otro trabajo. Todo porque Don Ricardo, que era tan buena persona como infeliz, dejó en el testamento Las Tablas para su hijo y la casa palacio para Laura. ¿Me quieres decir qué hacemos nosotros con ese caserón si Alberto no tiene trabajo con el que mantenerlo?

Desde entonces, Dios mío, y de eso hace ya dos meses, te estoy pidiendo que el niño se decida a vender la casa palacio y comprar unas buenas tierras. Tú sabes que aquí si no tienes tierra no eres nadie. Y además, después de lo que ha pasado, tendría que montar su propia finca e ir con la cabeza bien alta por el pueblo, que nadie diga que Ricardito lo ha achantado.

Pues nada, ahora me viene con la sorpresa, otra vez con esa mirada inocente lleno de entusiasmo, a decirme que por fin ha encontrado un buen trabajo. ¿Buen trabajo? ¿Qué necesidad tiene de ponerse de comercial en una empresa que nadie conoce y trasladarse a vivir a la ciudad? Con lo bien que estaríamos aquí los tres.

Y todo esto, Señor, Tú lo has visto, se lo he explicado tranquila, sin alterarme. Que la casa no es de él, sino de Laura, me dice. ¿Y no es eso lo mismo? ¿No es ella su mujer? Y que siempre había querido trabajar en una empresa. Yo también he querido toda mi vida estar tranquila en mi casa sin trabajar; pero esa es la diferencia: mirar por los demás o mirar sólo por uno. Y este, Dios mío, sólo mira por él, ya ves cómo me agradece tanto sacrificio.

Pero no queda ahí la cosa, me trago mis palabras y le digo: “Hijo mío, si quieres trabajar en una empresa, tú sabrás por qué, que yo no lo entiendo; pero, si quieres, espérate a que te contraten de directivo en alguna importante. ¿Te vas a rebajar yendo de puerta en puerta de comercial? Alberto, tú no estás hecho para eso”.

¿Es para tanto? ¿Acaso lo he insultado, Dios mío, para que se pusiera así? Te lo ruego, te lo pido de rodillas, Señor, haz que me llame. Sólo que me llame, Dios mío, que suene ahora mismo el teléfono, que yo sabré cómo hacerlo entrar en razón.

Nota: Ejercicio del curso de Relato Avanzado del Curso de Escritura. La propuesta consistía en construir un relato a partir del primer párrafo.

martes 16 de septiembre de 2008

Tout s'arrangera



Sábado, 21 de febrero de 1981

Hemos llegado a Bayeux a las 10 de la mañana. Más de un día después de salir de Osuna en el autobús. El viaje ha estado bien, hemos venido charlando. Rafa dice que se ha apuntado al intercambio para ligarse a una francesa. Rosario se metía con él, diciéndole que con lo bruto que es, las francesas saldrán huyendo, con lo finas que son. “En Francia son mucho más liberales”, ha dicho Luis. “Sí, claro, por eso van a estar esperando que lleguéis con los brazos abiertos, ¿no?”, ha contestado Marta, y he pensado que lleva razón; pero no lo he dicho. Al revés, he intentado apoyar a Rafa y a Luis y he gritado: “Todavía no nos hemos ligado a ninguna y ya estáis celosas”. Los chicos han aplaudido y las chicas me han llamado creído y salido. Y eso que no creo que me ligue a ninguna francesa. Llevo tres meses intentándolo con Sonia y todavía no me he atrevido a decírselo.

En el instituto nos estaba esperando Marie, la profesora de Español de los franceses. Nos ha hecho entrar en una clase para explicarnos todo lo que haremos durante la semana de intercambio. Después nos ha presentado a los alumnos que nos habían correspondido. A mí me ha tocado Pierre. Es moreno, alto y fuerte. Tiene dieciséis años, es uno de los mayores, ha repetido dos veces. Lo primero que me ha preguntado es si jugaba al fútbol. No lo he entendido hasta la tercera vez. Le he contestado que no y ya no ha vuelto a hablarme hasta por la tarde, para decirme que había venido su padre a recogernos. El padre se llama Antoine, me cae bien. Habla mucho. Aunque no lo entiendo, parece simpático. Pierre ha ido todo el viaje en silencio, escuchando música por los auriculares.

La casa está en medio del campo. Es muy grande, de piedra, con ventanas de madera. Jaqueline, la madre de Pierre, ha salido a recibirnos. Llevaba un delantal encima del chaquetón. Después he conseguido entender que se había estropeado la calefacción, por eso estaba cocinando con el abrigo puesto. Entonces me ha presentado a la hija, Sabine, que lleva los ojos tan pintados que parece que lleve un antifaz. Tiene el pelo negro con algunos mechones de rojo chillón. Y dos pendientes en cada oreja. Si la viera mi madre se llevaría un susto de muerte. También tienen un hermano pequeño, André. Se ha cambiado de habitación para que yo duerma en su cama, al lado de la de Pierre. Las paredes del dormitorio están llenas de pósters de futbolistas y cantantes sujetos con chinchetas.

Mientras ponía mi ropa en el armario ha venido la madre para darme una toalla y me ha dicho que cenaremos en un rato (¡son las seis y media!). Pierre se ha ido fuera a hacer footing. Yo le he dicho que estaba cansado y me he quedado solo en el cuarto. Como no sabía qué hacer me he puesto a escribir un diario.

Se me ha olvidado contar que esta mañana hemos visitado el instituto. Está muy bien. He visto que los franceses se pasan el día dándose besos. Cuatro cada vez que se ven. Creo que me llaman para cenar. Pepé, Pepé, con acento en la segunda e.

Domingo, 22 de febrero de 1981

Hoy hemos ido a Creully, que es en realidad el pueblo al que pertenece la familia de Pierre. Me han dicho que íbamos al mercado y que podía comprar regalos para mis padres. Los domingos ponen allí unas tiendas ambulantes, donde venden comida y licores. No tenía pensado comprarles nada, pero Jaqueline insistía tanto diciéndome que los quesos eran muy buenos que me he llevado dos.

Hemos ido Pierre, André y yo con los padres. André no paraba de dar saltos en el coche. Jaqueline le ha regañado para que se estuviera quieto, pero él ni caso. Me ha pisado varias veces. No le he dicho nada porque no quería parecer un chivato, así que he puesto los pies lo más lejos posible de él. Pierre estaba enfadado y ha ido todo el camino mirando por la ventanilla. En el desayuno ha discutido con Antoine. He entendido que Pierre quería que nos llevaran a casa de un tal Frederic (no sé si se escribe así), en Bayeux; pero el padre no ha querido. Entonces Pierre me ha preguntado “Qu'est-ce que tu préfères?” y yo he dicho “Je ne sais pas” y él me ha mirado con cara de fastidio. Luego he pensado que tendría que haberle dicho que prefería ir a Bayeux, pero en ese momento no he caído. Podría haberme avisado antes.

Sabine ha venido a desayunar con los pelos tiesos y los ojos con toda la pintura corrida. Parecía la niña del exorcista. No sé si la de la película, que no la he visto, pero sí la del Castillo del Terror que vino la última vez a la Feria. Ella se ha quedado en la casa porque mañana tiene un examen.

Creully es enano, pero hay un castillo muy guay, como de película. Lo hemos visto por fuera y luego nos hemos ido al mercadillo donde he comprado los quesos con la ayuda de Jaqueline. Ha empezado a llover y Antoine ha comprado cinco paquetitos que caben en un bolsillo y en realidad son bolsas con forma de chubasquero. Es una buena idea. Todos se han reido cuando he dicho que nunca los había visto antes. Nos los hemos puesto y hemos seguido paseando como si nada, aunque yo estaba chorreando de rodillas para abajo.

Antes de comer he llamado a mi casa desde una cabina. Mi madre me dijo ayer que la llamara para explicarle si estaba bien en la casa que me había tocado. Le he dado el número de teléfono de Pierre y me ha dicho que, a partir de ahora, ella me llamará a la hora de cenar, un día sí y otro no.

Hemos comido una cosa que se llama Raclette. Se pone queso en una minisartén, la minisartén se mete en un aparato que sirve para calentar el queso. Mientras se calienta, te pones en el plato patatas y embutidos y luego echas el queso derretido encima. Está bueno. André ponía la boca abierta en el borde del plato y empujaba la comida hacia adentro con el tenedor. Si lo viera mi madre se pondría histérica y se daría cuenta de que poner los codos en la mesa mientras como no es para tanto.

Por la tarde me he aburrido un poco. Pierre ha hecho un intento de hablar conmigo, me ha puesto música francesa y me ha preguntado si me gustaba. Le he dicho que sí por no molestarlo, pero en realidad no me gustaba. Le he preguntado si conocía alguna música española y me ha dicho Julio Iglesias. A Los Secretos no los conocía; pero sí a Dire Straits, aunque Pierre cree que son aburridos y prefiere a unos que se llaman The Police. Ha puesto una canción de ellos y está bien. Ya no hemos hablado más, se ha ido a ver la tele y yo me he quedado aquí escribiendo. ¡Son las 4 y ya es de noche! Menos mal que mañana hay instituto y veré a mis amigos allí.

Lunes, 23 de febrero de 1981

Son las 9 de la noche. Pierre está tumbado en la cama leyendo una revista y escuchando música. Yo estoy nervioso sin saber qué hacer, así que me he puesto a escribir. Hoy hemos visitado El tapiz de Bayeux, que es un tapiz de más de 60 metros de largo del siglo XI que cuenta la historia de una guerra entre Francia e Inglaterra. Es lo más famoso que tiene Bayeux, aparte de Anne Marie, la francesa que le ha tocado a Luis y está buenísima, a quien todos se quieren ligar. Yo ni lo intento, tendré suerte si me dirige la palabra en todo el intercambio. En todas partes hay carteles, postales y regalos con el tapiz de Bayeux. Tampoco es para tanto, cuando vayan los franceses a Osuna y vean los cuadros de Rivera de La Colegiata se darán cuenta de que los dibujos del tapiz no tienen comparación. Hemos estado por lo menos una hora viendo el tapiz, aunque los españoles mirábamos todo el rato a Anne Marie; las españolas a Bruno, el francés de Rafa, un tío con tupé que las iba sobando a todas; los franceses, que no son tontos, miraban a Carmen y, cómo no, las francesas a Quico, como hacen de costumbre las españolas cuando no hay francesas. Después hemos ido a dar una vuelta por el pueblo. Bueno, es casi una ciudad, porque es bastante grande. Los franceses han vuelto al Lycée porque tenían clases. Yo me he ido con Luis, Antonio, Rosario y Marta a tomar un café a un bar. Hemos pedido un café au lait y nos han puesto un tazón de medio litro con leche y dos gotas de café. Le hemos preguntado a un camarero si no había cafés más pequeños y nos ha hecho una clase tipo Barrio Sésamo, sacando tazas de detrás de la barra a la vez que decía “grand” o “petit”. Hemos vuelto al Lycée, teníamos que estar allí a la 1 para comer y después nos hemos ido a ver la catedral. Ha sido divertido explicarnos lo que habíamos hecho el domingo. A Antonio lo llevaron a cazar topos. Le ha tocado una francesa muy pava que se pasa el día estudiando, aunque para el caso Pierre es igual, aunque en vez de estudiar escuche música. Pero por lo menos a mí me llevaron al mercadillo de quesos. Que para qué habré dicho nada, porque Rosario ha empezado a decir que ya se notaba el tufillo y tonterías así. Han estado toda la tarde dando por saco con el tema. Pero, la verdad, ahora que estoy aquí escribiendo en el cuarto, me parece que huelo a queso... Hablando de olores, Rafa cuando llegó a su casa no encontraba el WC por ningún sitio, porque aquí la bañera y el WC están en cuartos separados, así que al final se lo hizo dentro de la bañera, pero por el lado por donde no estaba el grifo. Y como no había ducha, tuvo que poner el tapón y llenar un poco la bañera para que se fuera la meada. Entre unas cosas y otras estuvo un buen rato allí dentro y después Bruno le preguntó que qué hacía y se tuvo que inventar que había tenido que lavarse los piés. Entonces fue cuando el francés lo llevó al WC para explicarle que la próxima vez se los lavara en el bidé, que está en el mismo cuarto.

Después de la catedral hemos vuelto al Lycée y cada uno a su casa. Luis y Marta tienen suerte, porque su casa está en el pueblo y pueden quedar; pero yo estoy en medio del campo y no hay nada que hacer. Cuando hemos llegado a la casa, Sabine me ha enseñado a jugar al solitario. Aunque sigue con las mismas pintas, ahora ya me parece más simpática, por lo menos me habla, no como Pierre. No he jugado mucho, porque ha venido André y ha empezado a preguntarme cosas, como si me gustaba más el fútbol o el baloncesto o si sabía jugar a nosequé. Hemos cenado oeufs en cocote, que son una especie de huevos al plato, ensalada y embutidos. Estaba recogiendo los platos con Pierre y Sabine, cuando ha sonado el teléfono. Jaqueline ha venido y me ha dicho que era mi madre. Me ha parecido raro, porque quedamos en que hablaríamos mañana. Me ha dicho que ha habido un golpe de estado en Madrid esta tarde. Yo la verdad es que no sabía muy bien lo que era un golpe de estado, me sonaba algo grave, cosas de guerra o algo así; pero ella me ha explicado más o menos que los políticos están en Las Cortes y los militares los han secuestrado. Entonces se ha puesto a llorar porque mi hermano Manolo está en la mili en Sevilla, y dice que en Valencia los que están en la mili han salido con tanques a la calle y que a ver si va a haber una guerra y no voy a poder volver. Mi padre le ha quitado el teléfono y me ha dicho que no me preocupe, que ellos están bien y que no pasará nada. Yo oía a mi madre por detrás decir en voz baja: ”¿Cómo puedes decir que no pasará nada?” y echarse a llorar. Mi padre me ha preguntado qué habíamos hecho y le he contestado que habíamos visto el tapiz y la catedral y él me ha dicho que qué bien y que si estoy aprendiendo francés, pero en realidad lo que quería era aparentar que no estaba preocupado, que es lo que hace cuando lo está y la cosa es grave. Al final se ha puesto mi madre más tranquila y me ha dicho que había hablado con Manolo y que, de momento, estaba en el cuartel y estaba bien. Me llamará mañana otra vez. He colgado y cuando he ido a la sala Jaqueline y Antoine ya sabían lo que pasaba en España, porque estaban viendo la tele. Jaqueline me ha preguntado cómo está mi familia. No le he explicado lo de Manolo, porque tampoco sé cómo explicárselo en francés, así que le he dicho que bien y ella me ha abrazado. Me ha dado un poco de corte y no sabía dónde poner las manos. Después he jugado un rato con Sabine al solitario y me he venido al cuarto. Me han entrado ganas de llamar a Sonia, que no ha venido porque ella es de inglés, y seguro que cuando volvamos a Osuna ya estará saliendo con alguno; pero aquí ¿desde dónde voy a llamar? También me he acordado de Manolo. Espero que no tenga que salir con los tanques ni nada de eso. Está de administrativo, así que no creo. Es un cachondo y parece muy valiente, pero en el fondo es un cagao, sólo se fue a la mili porque no sabía qué estudiar y decía que así se la quitaba de encima. ¡Qué mala suerte, joder! Me he puesto nervioso pensando en eso y he decidido escribir, porque tampoco sabía muy bien qué hacer.

Martes 24 de febrero de 1981

Hoy nos han reunido a todos los españoles en el Salón de Actos del Lycée. Nuestros profesores de francés, Rafael y Lourdes, nos han explicado lo que está pasando en España. Estaban muy serios y con cara de no haber dormido mucho. Enseguida me he dado cuenta de que Luis y Marta se daban la mano. Después se han soltado, pero cuando Rafael ha dicho que ayer por la noche el Rey salió por la tele y dijo que él no estaba de acuerdo con los militares ni con el golpe de estado, Marta ha soltado “¡Bien!” y le ha vuelto a dar la mano a Luis. Me he preguntado qué habría pasado con estos dos y la verdad es que estaba más pendiente de ellos de lo que decían los profesores. Lo del Rey parece que es muy bueno, porque como es el jefe de las Fuerzas Armadas, los militares tienen que hacerle caso y dejar libres a los políticos. El peor es Tejero, porque no ha obedecido al Rey y sigue encerrado en Las Cortes sin dejar salir a nadie. Rafael y Lourdes nos han dicho que vamos a esperar a ver qué pasa y que de momento cancelábamos la visita al Cementerio Americano, a donde teníamos que ir hoy. En vez de eso, nos han dicho que acompañemos a los franceses a las clases. No me ha dado tiempo de hablar con Luis ni con Marta, porque después de la reunión han venido los profesores franceses, que también tenían cara de no haber dormido, y nos han dicho a qué aula teníamos que ir cada uno. Yo he sido de los primeros en salir y con toda la bulla no he podido preguntarle a Luis. Ahora estoy en 1ºE, sentado al fondo de la clase de Pierre. Están dando Física y no hay ningún otro español aquí. Como me aburría, me he puesto a escribir.

Miércoles 25 de febrero de 1981

Tengo un montón de cosas que escribir y no sé si me dará tiempo, porque dentro de un rato Antoine nos llevará a Pierre y a mí a Bayeux a cenar a casa de Silvie junto con otros españoles y franceses del intercambio. Silvie es la fracesa a la que me he ligado. Yo todavía no me lo creo, aunque es verdad. Es delgada, un poco más baja que yo y pelirroja. Lo que menos me gusta es que lleva unas gafas rojas redondas y parece una azafata del Un, dos, tres, pero no está tan buena, claro. Lo que más me gusta son sus besos, tiene los labios suaves y esponjosos y no puedo parar de besarla. Ella tampoco puede parar. Por eso casi no he hablado con ella, aparte de todo lo que le conté del Golpe de Estado justo antes de enrollarnos ayer por la tarde. Ella también me decía Pepé, con acento en la segunda e; pero cuando empecé a decirle Sílvi, con acento en la primera i, aprendió a pronunciar mi nombre como es.

Ayer, después de la clase de Física, antes de que llegara el profesor de Ciencias, Silvie vino a preguntarme qué era lo que escribía. Ella está en la clase de Pierre y no se ha apuntado al intercambio. Le expliqué que escribía cosas del intercambio y que como estábamos en un Golpe de Estado a lo mejor servía por si había una guerra y no podíamos volver a España en mucho tiempo y después yo tenía que encontrar a mi familia. No sé de dónde me saqué eso, nadie nos había dicho que podría pasar algo así. A lo mejor fue porque el verano pasado leí Por quién doblan las campanas, en el que Jordan, el protagonista, se liga a María en medio de la guerra. Me dí cuenta de que Silvie se emocionaba y empezamos a hablar del golpe de estado. Yo no sabía muy bien qué explicarle, porque por la mañana no había prestado atención a los profesores, estaba distraido viendo cómo Luis y Marta se daban la mano. Exageré un poco la situación, porque veía que ella intentaba consolarme y eso me gustaba. También le expliqué que mi hermano estaba haciendo la mili y que seguramente le habrían obligado a salir con los tanques por Sevilla. Ella puso los ojos como platos, me cogió la mano y la apretó durante unos segundos. Bueno, todo esto se lo expliqué como pude, porque en francés es un poco difícil de decirlo. Supongo que ella me entendía más o menos. Después llegó el de Ciencias y tuve que volver a sentarme al fondo de la clase. Durante toda la hora Silvie estuvo enviándome papelitos que decían cosas como “Ne t'inquìète pas, tout s'arrangera” o “Je resterai toujours ton amie”. Yo le contestaba con otros papelitos que decían “Je l'espère” o “Merçi, moi aussi je serai toujours là pour toi”. Casi al final de la clase, vino una de las secretarias del Lycée a decirle una cosa al profesor. Entonces él me señaló y me dijo que tenía que ir al Salón de Actos a reunirme con el resto de profesores y alumnos españoles. De pronto, Silvie se levantó y preguntó si podía acompañarme; pero él no la dejó venir conmigo. Cuando llegué al Salón de Actos la mayoría de mis compañeros estaban allí, incluidos Luis y Marta sentados juntos en la última fila y cogidos de la mano. Me senté al lado de Luis y le pregunté en voz baja: “Tío, ¿te has enrollado con Marta?” Él sonrió y, antes de que pudiera responder, Marta se giró hacia mí y dijo: “Estamos saliendo desde ayer”. Y le dio un beso a Luis. Entonces llegaron los profes, Rafael y Lourdes. Enseguida me dí cuenta de que tenían buenas noticias, porque estaban sonrientes, no como por la mañana. Nos explicaron que el golpe de estado se había acabado, que los militares golpistas se habían rendido y habían dejado salir a los políticos. Todos nosotros empezamos a aplaudir y a pegar saltos. “Esta tarde iremos al Cementerio Americano”, dijo Rafael. Y nosotros seguimos gritando de alegría. En aquel momento pensé que en realidad ninguno de nosotros había entendido muy bien lo que estaba pasando, aunque todos habíamos tenido miedo de que algo horrible pudiera ocurrir, sin saber exactamente qué podría ser. Salimos del Salón de Actos y Luis aprovechó un momento para explicarme cómo se había ligado a Marta, mientras ella iba al cuarto de baño. Ya decía yo que tenían suerte viviendo los dos en Bayeux. Salieron con sus franceses por la noche y se habían enrollado. Luis me lo estaba contando, cuando vi a Silvie, buscándome. Nada más verme me preguntó qué había pasado. Le respondí que se había acabado el golpe de estado y ella me echó los brazos al cuello y me abrazó fuerte. Yo estaba como mareado y en un segundo pensé: “Ahora o nunca”. Le dí un beso en la boca, allí en medio del pasillo. Ella se despegó un poco, tuve miedo de que no le hubiera sentado bien lo del beso; estaba esperando a que me diera un empujón o algo así. Pero no, se acercó y me dio otro beso, más largo que el de antes. Desde entonces no hemos parado de enrollarnos. Luis se quedó de piedra, porque lo vió todo. Lo que no sabía es que la noticia era tan nueva para mí como para él.

Bueno, lo escribo rápido porque en un rato me voy, el caso es que comí con Silvie en el comedor y ella me presentó a tres amigas. Una de ellas era Béatrice, la francesa que le ha tocado a Carmen. Yo ya la conocía del día del tapiz. Entre todas decidieron que hoy iríamos juntos a cenar. Silvie pudo apuntarse a la excursión al Cementerio Americano, a la que fuimos todos, franceses y españoles. Es un campo enorme lleno de cesped y de cruces blancas. Los muertos judíos no tienen cruz, sino una estrella de David. Y está justo en la playa donde se produjo el desembarco de Normandía. Silvie y yo fuimos todo el rato de la mano. De vez en cuando, nos quedábamos atrás y aprovechábamos para besarnos. En el autobús de vuelta, Pierre me dijo que convencería a su padre para que hoy nos llevara a Bayeux a cenar a casa de Silvie. Y me guiñó un ojo. Creo que desde ese momento empecé a caerle mejor y él también a mí.

Esta mañana hemos ido a Caen, que es una ciudad grande cerca de Bayeux. Hemos estado viendo el Ayuntamiento, que en realidad se llama Abbaye aux Hommes, la abadía de los hombres. Y después, sobre todo las chicas, han estado comprando regalos y postales. Los chicos se dedicaban a mangar cosas en las tiendas. Es increible lo fácil que es, nadie vigila nada. Yo he estado explicando a Luis lo de Silvie y no he robado nada porque me pongo nervioso y se me nota, aunque sí he distraído varias veces al dependiente para que Rafa pudiera llevarse algo. Lo he hecho porque el tío es un pesado y no paraba de insistir. Luis tampoco tenía mucho interés por mangar nada, pero sí por saber cómo había empezado a salir con Silvie y por explicarme cómo se había enrollado con Marta.

Hemos llegado al Lycée después de comer. Silvie me ha dicho que me ha echado mucho de menos, pero enseguida ha llegado Antoine a recogernos a Pierre y a mí para ir a casa y dentro de un rato nos vuelve a llevar a Bayeux. Pierre ha convencido a su padre para que nos deje quedarnos a dormir en Bayeux, en casa de Frédéric, que es el francés de Quico. Mañana hacemos una excursión al Mont Saint-Michel. He hablado con mi madre y me ha dicho que Manolo está muy bien y que le dan permiso el fin de semana para ir a Osuna. Estaba contentísima.

Jueves, 26 de febrero de 1981

Frédéric vive en una casa grande con una casita pequeña en el jardín, que es en realidad su habitación y cuarto de estudio. Como es independiente de la casa de sus padres, puede hacer lo que le dé la gana allí. Fuimos a la cena nueve personas. Los franceses: Pierre, Frédéric, Béatrice, Silvie y dos amigas suyas que no se han apuntado al intercambio. Los españoles: Carmen, Quico y yo. La madre de Silvie es muy simpática y muy joven. Yo estaba muy cortado, porque Silvie ya le había explicado que salimos juntos. Es increible, la madre estaba tan contenta y no paraba de preguntarme cosas. Y Silvie no se cortaba dándome la mano y cosas así. Aquí los franceses son muy liberales. Después de la cena, más o menos a las diez de la noche, Pierre le dijo a la madre de Silvie que si podíamos ir a casa de Frédéric a escuchar música. Al principio no quería dejarla salir, porque era muy tarde y al día siguiente había que ir a clase; pero al final entre todos la convencimos. En el cuarto de estudio de Frédéric estuvimos escuchando música. Entonces me dí cuenta de que no era el único que había ligado. Quico estaba con Béatrice, enseguida se fueron a la habitación. Y Frédéric estuvo intentando enrollarse con Carmen, diciéndole que podrían intercambiarse las casas cuando a ellos les tocara ir a Osuna: Béatrice en la de Quico y él en la de Carmen. Ahora sé que consiguió ligársela, pero la verdad es que yo no los vi, porque a las doce Silvie dijo que tenía que irse, que era demasiado tarde, y la acompañé a su casa. Antes de entrar, nos enrollamos junto a una tapia que hay delante de su jardín y esa ha sido la mejor vez porque estábamos solos y la acaricié por todo el cuerpo. No quería que se fuera, pero ella decía que su madre le regañaría por llegar tan tarde. Me prometió que intentaría venir hoy al Mont Saint-Michel y entró en su casa.

Al final Silvie no ha podido venir a la excursión. Como no está apuntada al intercambio, no la han dejado. Estaba casi llorando cuando me lo ha dicho. Al principio, en el autobús, yo estaba serio, no me apetecía nada pasar todo el día por ahí, estaba cabreado porque Silvie se había quedado en Bayeux. Rosario se ha sentado a mi lado y ha empezado a canturrear: “Pepe se ha enamorado, Pepe se ha enamorado”. Yo hacía como que no la oía, pero le hubiera tapado la boca con mucho gusto. Rafa, que es un bruto pero es buena gente, ha gritado: “Pepe es el más listo de este autobús, coño”. Nos hemos reído y se me ha pasado el cabreo. Además, luego se han empezado a meter con Quico, Carmen, Béatrice y Frédéric. “Esto no es un intercambio, ¡es un doble intercambio!”, gritaba Rafa. Carmen se ponía roja como un tomate y no dejaba a Frédéric ni darle la mano.

El Mont Saint-Michel es un monte en medio de una playa gigantesca. Cuando sube la marea se convierte en isla. La marea sube a la velocidad de unos caballos galopando. Eso no lo hemos visto. Por lo menos no me he dado cuenta. Encima del monte hay un monasterio como de película y todo el pueblo está lleno de museos, de iglesias, murallas, restaurantes y tiendas. Le he comprado a Silvie una colonia. Rosario me ha ayudado a elegirla. A Luis y Marta casi no los he visto. Se han pasado el día dándose besos por las esquinas. Casi todo el rato he estado con Pierre, Antonio, Rosario, Rafa y sus franceses. Rafa no paraba de robar cosas a escondidas de los franceses, a quienes les molesta que vayamos mangando por las tiendas. Rafa dice que lo que se lleva ya se lo cobran por otro lado. Puede que lleve razón, porque nos hemos comido un bocadillo en un bar que nos ha costado un ojo de la cara. Aquí en Francia todo es mucho más caro que en España, pero en el Moint Saint-Michel mucho más. Mientras comíamos, Antonio ha estado hablando de la que podría haberse armado con el golpe de estado. Decía que ahora podíamos estar en guerra y que gracias al Rey todo se había solucionado. Antonio piensa que la culpa de todo la tienen los franquistas, que no se han acostumbrado a que en España ahora hay una democracia. “Si viviera Franco, anda que íbamos a estar nosotros de intercambio en Francia”, ha dicho. “Pues mi padre dice que con Franco vivíamos mucho mejor, sin tantas huelgas ni terrorismo ni nada”, ha soltado Rosario. “Ni libertad”, ha añadido Antonio.

Después hemos cogido el autobús de vuelta y Antoine nos esperaba en el Lycée. No he podido ver a Silvie. Hace un rato que hemos cenado. Sabine no está, creo que se ha ido a estudiar a casa de una amiga.

Viernes, 27 de febrero de 1981

Esta mañana he vuelto a ver a Silvie. Le he dado la colonia. Le ha encantado. Nos hemos visto en todos los descansos entre clase y clase. Ella está triste porque mañana nos vamos, pero yo le digo que no lo piense. Ahora estamos en el Salón de Actos, vamos a ver una película del desembarco de Normandía. A las doce hay un partido de fútbol entre españoles y franceses. Yo no juego, no me gusta el fútbol, pero iré con Silvie a animar. Esta noche hay una fiesta de despedida en el Lycée. Rafa dice que es su última oportunidad. Yo tengo ganas de ir, pero por otro lado me da pena que se acabe la semana de intercambio. No sé cuándo volveré a ver a Silvie.

Sábado, 28 de febrero de 1981

Estoy en el autobús. He dormido un rato, pero me ha despertado Rafa, dándose cabezazos contra mi hombro. Vamos todos en silencio porque estamos muertos entre la fiesta de ayer y el viaje de hoy, la mayoría va durmiendo.

Ayer fuimos al partido. Ganamos los españoles. Silvie me dijo que intentaría apuntarse al intercambio para venir a Osuna con el resto de franceses. Me hizo prometerle que le escribiría todos los días. La fiesta estuvo muy bien. Fue en el gimnasio del Lycée. Ponían una canción francesa y una española. A Silvie le gustaron Los Secretos. Bailamos un montón de lentos. Me daba un poco de corte enrollarme con ella delante de todo el mundo, así que salíamos de vez en cuando al patio para estar solos, aunque siempre había parejas fuera, pero eso ya no me importaba. Rafa al final se ligó a la francesa pava de Antonio. Nos hemos estado riendo de él un buen rato por eso. A él le da igual, también se reía. A la una vino Antoine a recogernos a Pierre y a mí para llevarnos a su casa. Más o menos todo el mundo se fue a esa hora, porque se acababa la fiesta en el Lycée. Bueno, menos los que viven en Bayeux, que estuvieron por lo menos hasta las tres en casa de Frédéric y Quico. Esta mañana hemos salido a las nueve. Me he tenido que levantar muy temprano, porque ni siquiera había hecho la maleta. Los quesos huelen un montón, seguro que apestan toda mi ropa. Silvie ha venido a despedirse. Lloraba todo el rato. Yo intentaba consolarla y le decía que nos veríamos cuando viniera a Osuna, aunque no es seguro que pueda venir. Ojalá la dejen. Me ha regalado un cassette de música francesa, la mayoría de canciones que pusieron en la fiesta. No es que me guste mucho, pero es un detalle. “Je t’aime” ponía en la carátula. Me lo ha dicho varias veces antes de que subiéramos al autobús. Yo también se lo he dicho a ella, claro. Por supuesto no he llorado, pero tenía un nudo en la garganta. Pierre me ha dado la mano al despedirse.

Todavía nos queda mucho viaje, aunque tengo ganas de llegar. Sobre todo para ver a Manolo y explicarle que al final he ligado. Él siempre se mete conmigo por eso. También quiero que me cuente si tuvo que salir con los tanques a la calle durante el golpe de estado. Menos mal que al final se arregló todo. Si no, cualquiera sabe qué hubiera pasado, igual hubiéramos tenido que volvernos y los franceses no podrían venir a Osuna en mayo, durante la feria. Me alegra saber que cuando lleguemos a España todo estará igual que antes. Acabo de encontrarme en el bolsillo del pantalón la notita que Silvie me envió: “Ne t'inquìète pas, tout s'arrangera”

jueves 7 de agosto de 2008

La estantería


- Como sigas apretando así vas a terminar pasando de rosca el tornillo y luego será imposible sacarlo.
- ¡Ah! ¿Y cómo se supone que tengo que hacerlo, le pido por favor que se enrosque hasta el final?
- Oye, no me contestes así, te lo he dicho de buena manera. Haz lo que quieras.
- Haz lo que quieras... No es hacer lo que yo quiera, sino hacer lo que hay que hacer. Como tú no me informas, y se supone que eres el experto, pues no sé hacerlo. Lo hago lo mejor que puedo, pero claro, el señorito sólo se digna dirigirme la palabra cuando ve que hago algo mal.
- Te he informado de que si seguías apretando se pasaría de rosca. Pero tú te cabreas con cada cosa que te digo porque piensas que sabes hacerlo y te molesta que te diga cómo se hace. ¡Ah! Ahora te vas, ¿eh? Pues nada, que te vaya bien.
- Te estoy escuchando.
- Te has puesto el abrigo, eso quiere decir que te vas, ¿o es que tienes frío?
- Me he puesto el abrigo porque está claro que no tengo nada que hacer aquí contigo. Me voy a la calle y cuando vuelva sabré perfectamente hacer mi trabajo: recoger todo lo que hayas dejado por el suelo.
- Sí, será mejor que te vayas.
- Eso es: ``vete, vete´´. ¡Hablar contigo es imposible!. Pues ahora no me voy, esta es mi casa. No soy yo la que tiene que irse.
- El que tiene que irse soy yo, ¿no? Pues nada, cargo otra vez todas las herramientas y me voy. Para qué habré tenido que venir a ayudarte a montar esto...
- ¿Qué haces?
- Estoy recogiendo. Me voy.
- No te he dicho que te vayas. Sólo quiero que hablemos de lo que ha pasado.
- ¿Qué ha pasado? Te he dicho que ibas a pasar de rosca un tornillo y me has echado de tu casa.
- No. Lo que pasa es que tú no hablas, tú vas haciendo y piensas que has dicho las cosas y en realidad no las has dicho. Y luego quieres que todo se haga como tú has pensado que se hiciera, pero sin que lo hayas comentado. Y me vas a volver loca.
- Joder, no llores. No entiendo qué te pasa... estábamos tan a gusto montándote la estantería y es que todavía no sé lo que ha pasado
- Ante cualquier discusión tú sales corriendo, así cómo quieres que te conozca, así cómo quieres que no me enfade y que sepa lo que quieres. ¿Cómo quieres que sepa si de verdad quieres que vaya a vivir contigo?
- Te he pedido que te vinieras a vivir conmigo... Si te lo he pedido es porque quiero, si no, no te lo hubiera dicho. Pero tú me has dicho que no estabas segura, pues yo lo respeto. Y, por favor, deja de llorar. Toma, un pañuelo.
- Pero es que no estoy segura porque no sé si tú quieres de verdad o te vas a cansar de mí a la media hora de estar juntos.
- No me voy a cansar. Pero si nos cansamos, pues qué le vamos a hacer. No hacer las cosas por miedo a que se estropeen... No llores, ¿cómo me voy a cansar? Si estoy loco por ti... Ven, dame un abrazo.
- ¿De verdad, de verdad que quieres que viva contigo?
- De verdad.
- ¿Y qué hago ahora con la estantería?
- ¡Qué tonta eres! Ven aquí...

domingo 27 de julio de 2008

El sueño del gato


Estaba a punto de meterme en la ducha cuando sonó el interfono. Fui a ver quién era. Una voz desconocida preguntó por mí. Era el cartero, me traía un paquete. No sabía que los carteros trabajaban los sábados por la mañana. Mientras el hombre subía a casa en el ascensor y me ponía un vestido de verano, me he preguntado qué era lo que vendría a entregarme. De pronto me he acordado. El sueño del gato. El libro que ha editado la Escuela de Escritores con cuentos de los alumnos. En ese libro hay un cuento mío, La huida. Lo pedí hace unos días y lo había olvidado.

He sonreído al cartero que me ha hecho firmar un resguardo y, en cuanto se ha ido, he abierto el paquete con cuidado para no estropear el libro. Calculo que debe haber unos trescientos cuentos en él. He tenido la sensación de abrir una caja llena de cartas escritas por algún desconocido con la emoción de poder leerlas. Entonces he empezado a buscar entre los autores a mis compañeros de la Escuela. He encontrado cuentos de Emilia, Begoña, Javier... Aquí sigo desde entonces, leyendo historias diferentes con una cosa en común: la ilusión de formar parte de un libro hecho de sueños, un libro que lleva en su título esa declaración de intenciones.

Esta fiesta tiene hoy otro motivo para brindar, que el gato no deje de soñar nunca.

viernes 20 de junio de 2008

Dúplex de blogs


Hay gente con la que te cruzas y que te hubiera gustado conocer mejor. Me ha pasado eso con Marta. Hemos compartido oficina durante varios años, hasta que un día ella se planteó dejar el trabajo para poder estudiar y dedicarse a lo que más le gusta: hacer fotos.

Parece sencillo apostar por lo que más feliz te hace pero, en cambio, tenemos tanto miedo a lo desconocido que a veces hacemos imposibles los cambios, aunque sean para mejor. Por eso, admiro a Marta.

Un par de días antes de irse, me envió una invitación para ir a una exposición de fotografías suyas. Y entonces fue cuando se nos ocurrió hacer un dúplex de blogs. Ya que están tan de moda las comunidades, nosotras empezamos hoy con esta primera piedra de nuestro dúplex. Yo me inspiraré en sus fotos para escribir mis cuentos y ella se inspirará en mis cuentos para hacer sus fotos.

Hoy estamos más de fiesta porque he colgado su primera foto en mi cuento anterior. Un reloj que no marca las horas. No me digáis que no es bonita. Gracias, Marta, y suerte en tus exámenes.

martes 3 de junio de 2008

Reloj, no marques las horas

Cuando mi hermano Hugo fue de campamento la primera vez yo tenía seis años y los sábados por la mañana papá y mamá hablaban bajito en la cama y a veces decían: “Ay, madre, ay, madre”.

Yo no sabía qué les pasaba aunque pensaba que debía ser algo divertido porque mamá se levantaba contenta y preparaba pan frito para desayunar, y a mí me encantaban los sábados que desayunábamos pan frito todos juntos.

Aquel día nos levantamos muy temprano para llevar a Hugo al campamento. Papá le había comprado una mochila enorme con diez bolsillos por lo menos y mi hermano estaba deseando llevarla a la espalda porque mamá le decía que era como la de un explorador.

Paramos en todas las fuentes de la carretera, mamá nos hizo fotos en cada una y Hugo usaba el cacillo de lata del campamento para beber. Después, teníamos que parar porque nos hacíamos pis y papá apuraba hasta el último momento. Mamá se ponía nerviosa y decía: “aquí mismo, para aquí”, mientras nosotros gritábamos: “para ya, papá, que me lo hago”.

Antes de llegar al campamento tuvimos que pasar por un camino de tierra. Mamá llevaba un mapa que le habían dado a Hugo los boyscouts; pero creo que no estaba muy bien dibujado porque mamá dijo: “nos hemos perdido, hay que preguntar”.

Papá estaba enfadado porque no le gustaba perderse y menos que mamá le dijera cada dos por tres: “pregunta, Antonio, hay que preguntar”.

Llevábamos ya un buen rato perdidos en medio del campo y mamá venga a decirle a papá que preguntase, hasta que él bajó la ventanilla y dijo: “eh, amigo, ¿por dónde se va al campamento de los boyscouts?”. Mamá, Hugo y yo nos asomamos por la ventanilla; pero no vimos a nadie. Yo pensé que debía de haber algún hombre escondido detrás de un árbol o algo así, hasta que mamá dijo: “¿a quién preguntas?” Y papá respondió: “a nadie, pero ya he preguntado, ¿no?”. Entonces, mamá y Hugo empezaron a reírse, y yo me reí también, aunque no sabía muy bien por qué; pero a papá no le hizo ninguna gracia.

Por fin llegamos al campamento, nos despedimos de Hugo y nos quedamos mirándolo cuando se cargó la mochila y caminaba hacia su tienda. Sólo se le veían las piernas blancas y escuchimizadas por debajo. Parecía una mochila con patas.

A la vuelta, le pregunté a mamá cuándo me tocaba a mí ir de campamento y ella me respondió: “cuando tengas diez años”.

Después, papá puso la cinta de Antonio Machín, que era la que más nos gustaba, y todos cantamos Reloj, no marques las horas. A mamá le encantaba esa canción, decía que era romántica; pero a mí me ponía un poco triste, como cuando los domingos volvíamos de comer en casa de los abuelos y yo todavía tenía que hacer divisiones antes de cenar.

Hugo volvió al cabo de una semana lleno de picaduras de mosquito, y aunque contaba que la comida era asquerosa y que no paraban de andar y correr y trabajar todo el día, a mí no se me quitaron las ganas de tener diez años e ir de campamento con una mochila llena de bolsillos.

Hoy mamá ha puesto el despertador a las ocho de la mañana. Papá vendrá a recogerme. Ya se ha puesto bueno y no está tan triste como cuando dejó de trabajar porque tenía la enfermedad de la depresión y, como ya puede conducir, me llevará al campamento. Hugo vendrá con nosotros, aunque le fastidia y está enfadado. Dice que prefiere quedarse para jugar al fútbol con sus amigos y ya quiere saber si volverán antes de las ocho, porque ha quedado con su amiga Clara (en realidad es su novia, pero a él le da rabia que la llamemos así) para ir al parque. Seguro que se pasa todo el viaje con los cascos puestos, escuchando música y sin hablar. Mamá dice que es porque está en la edad del pavo; pero él dice que nadie lo entiende. Y la verdad es que yo no lo entiendo, siempre está peleándose con mamá porque nunca le hace caso a la primera. Entonces, mamá se enfada y dice: “se acabó la tele”. Así que al final me quedo sin tele sin haber hecho nada malo.

Mamá no vendrá con nosotros al campamento, porque como ahora están separados ya no vamos juntos a ningún sitio. Pero ayer me prometió que haría pan frito para desayunar, aunque a mí me ha dado un poco de pena recordar los sábados por la mañana en los que hablaban bajito en la cama y decían: “ay, madre; ay, madre”, que ahora ya sé que es hacer el amor, porque ya tengo diez años.

(*) Tengo que poner título a este cuento y tengo dos opciones: "Una mochila con diez bolsillos" o "Reloj, no marques las horas". Como no me decido, te pido ayuda: ¿Qué título te gusta más? Escribe tu respuesta en los comentarios. ¡Gracias!

ACTUALIZACIÓN 18/06: Título fijado definitivamente como "Reloj, no marques las horas" gracias a la aportación de los usuarios y a la de mi amiga Marta Pueyo, que me ha regalado una foto preciosa para ilustrar este post.

sábado 19 de abril de 2008

Rosas contra el olvido

El próximo miércoles se celebra una de las fiestas que más me gustan de Barcelona: el día de Sant Jordi. Los enamorados se regalan libros y rosas. Según la tradición, ella compra un libro para él, y él una rosa para ella. Por fortuna, la mayoría hemos adaptado un poco la tradición a estos tiempos y regalamos rosa y libro, independientemente del sexo.

Las calles de Barcelona se llenan de tenderetes y de gente que pasea cargada de libros y de rosas. Es una fiesta en la que todos participan, un día en el que merece la pena salir a darse una vuelta y disfrutar del ambiente. Me encanta la combinación de libros, rosas y amor.

Supe el otro día de una iniciativa, Rosas contra el olvido, que invita a la gente a regalar rosas a personas mayores que sufren las consecuencias de la soledad y la vejez. El objetivo, llegar a las 1001 rosas. No son muchas, ¿los ayudamos?

Cumpleaños desapercibido

El lunes pasado esta fiesta cumplió un año. Me he dado cuenta hace unos minutos. He estado tan liada que olvidé descorchar una botella y brindar con vosotros, los que pasáis por aquí y los que dáis vida a este baile, lanzándoos a la pista con las primeras notas de cualquier canción.

Gracias, gracias, gracias mil por no dejar de sorprenderme, por hacer que ese adjetivo que titula este blog siga teniendo sentido, por manteneros atentos a pesar de los cambios de ritmo. Estoy aprendiendo, gracias por la paciencia.

Es un placer veros por aquí. Coged una copa y brindad conmigo.