miércoles 29 de julio de 2009

Infierno blanqueado


Para Eva, por esos infiernos que hemos compartido y aplacado a base de terapias de grupo. Igual después de este cuento necesitamos una las dos.

Julia se desabrochó el cinturón de seguridad justo cuando llegamos al parking y la puerta empezaba a abrirse. Fue uno de esos instantes en los que no sólo te fijas en ese detalle, sino que te sorprendes a ti mismo cayendo en la cuenta de que lo estás observando de forma especial, como si no fueras a olvidarlo nunca. Quizás porque ella nunca lo hacía hasta que el coche estaba aparcado en la plaza, retrasando por unos segundos su salida del vehículo, de forma que yo a menudo tenía que esperar fuera a que ella cerrara la puerta antes de pulsar el cierre centralizado. Era una de esas pequeñas incomodidades de la vida en común que se te pasa por la cabeza cada vez que ocurre, pero que nunca verbalizas, por lo insignificante.

Observé, por tanto, cómo ella recogía indiferente el cinturón antes de entrar al parking, algo que nunca hacía. O quizás debería decir algo que nunca la vi hacer, con la sorpresa que conlleva descubrir pequeños gestos insólitos en el comportamiento de la persona con la que convives. De pronto te parece que hay algo que no conoces de ella y que, por tanto, puede haber muchas más cosas que te son ajenas, una reflexión que, en ocasiones, yo dilataba durante mucho más tiempo del razonable, cuando, por ejemplo, me sorprendía en un restaurante pidiendo carne en vez de pescado o me hablaba de alguna compañera de colegio de quién yo no había oído hablar nunca.

No fue así aquel día. En el momento en que me sorprendí mirando cómo se desabrochaba el cinturón recordé que ella me había dicho que la cena no le había sentado bien y pensé que la cinta la habría estado oprimiendo todo el camino, la media hora que tardamos en volver a casa.

- ¿Estás bien? –me había preguntado Julia al subirnos al coche, refiriéndose a si me encontraba en condiciones de conducir.
- Estoy perfecto.
- Si quieres puedo conducir yo, no he bebido nada – se ofreció ella.
- No hace falta, estoy bien.
- De acuerdo –respondió ella, sacando el móvil del bolso para ver si tenía alguna llamada.

Alguien le habría enviado un sms, vi cómo contestaba. No le pregunté quién era. Supuse que si me interesaba por el tema, ella me explicaría alguna historia del trabajo o de una amiga y yo no tenía ganas de entablar conversación.

Fuimos en silencio todo el camino y recuerdo que a la altura de La Atalaya me sentí un poco obligado a hacer algún comentario. No fue así exactamente. Lo que ocurrió en realidad es que sentí que el silencio como una pequeña amenaza. Julia no quería ir a la cena con mis compañeros de trabajo. “Me aburro, no sé de qué habláis y ellas se pasan la noche hablando de sus hijos”, me había dicho. Ellas eran las mujeres de Juan y Eugenio, mis amigos, y al coincidir con frecuencia en la salida del colegio había hecho que entablaran amistad. Julia se sentía, por tanto, ajena al grupo. Yo le insistí para que viniera: “Lo pasaremos bien, el sitio te gustará”.

Durante la cena estuvo encantadora, participó en la conversación, comentó con ellas las gracias de sus sobrinos e incluso aconsejó a Juan, quién había tenido un problema con un cliente. Incluso pensé que se lo estaba pasando bien; pero después, al despedirnos, me dijo que tenía ganas de volver a casa. No me extrañó, no era la primera vez que se comportaba como si estuviera disfrutando del momento y me comentaba después, a solas, que se había aburrido o que hacía rato que tenía ganas de irse. Yo, en cambio, no sé disimular que algo me interesa cuando no es así; pero esa era una de esas cosas que yo conocía bien de ella, aunque en más de una ocasión habíamos discutido porque Julia consideraba que yo tendría que ser más suspicaz y darme cuenta de cómo se sentía ella, o al menos consultarle antes de alargar la velada suponiendo que estaba tan a gusto como yo. La última vez el enfado nos había durado varios días, hasta que llegamos a un acuerdo: yo no insistiría en quedarnos si ella decía que quería marcharse.

Justo después de los postres ella dijo que estaba cansada; pero después continuó hablando con las chicas, así que yo accedí a tomarme el chupito que nos ofreció el camarero y la cena se alargó un rato más. Por eso, el silencio de vuelta a casa me pareció una amenaza, como si en cualquier momento ella fuera a recriminarme no haber respetado nuestro acuerdo . Así que me sentí un poco en deuda con ella y, aunque no me apetecía hablar, cuando ya estábamos llegando le pregunté qué le había parecido el restaurante.

- Está bien, pero algo me ha sentado mal -respondió Julia con tranquilidad, confirmándome que no había disfrutado de la cena y también que no tenía intención de discutir conmigo.

Me quedé tranquilo y seguí conduciendo en silencio.

Cuando la puerta del parking terminó de abrirse, el cinturón de Julia ya estaba completamente recogido. Desde fuera no se ve el espacio interior, sino un túnel bifurcado. Por el camino de la izquierda se accede al segundo piso, el de la derecha va a parar al primero, donde tenemos nuestra plaza. Pisé el acelerador y el coche avanzó con lentitud. Julia empezó a bostezar justo cuando oí el estruendo.

Me pregunto cómo no escuché nada antes de ese momento. Los coches habían recorrido unos cien metros a toda velocidad antes de encontrarse con nosotros. En cambio, no oímos nada hasta tenerlos encima, justo cuando Julia había empezado a bostezar.
Dos pares de luces se abalanzaron sobre nuestro coche, uno por cada entrada al túnel. Yo pensé: “mierda, estoy cansado, quiero llegar a casa”. ¿Cuánto tiempo tuve para pensar aquello? ¿Cuánto dura el inicio de un bostezo? En ese tiempo indefinido se puede concebir un hijo, se puede apagar la respiración de un viejo, alguien puede contagiarse de Malaria, una chispa puede prender fuego a una cortina. Se puede dejar un bostezo a la mitad y no volver a despertar en tres meses y cuatro días.

Pero yo no pensé nada de todo eso. Sólo me imaginé, en ese insignificante espacio de tiempo, bajando del coche, gritándole a los chavales que aprovechaban las altas horas de la noche para hacer carreras en el parking a ver quién salía antes por el túnel de entrada, sacar los papeles del seguro y estarme un buen rato cabreado con ellos, antes de llegar a casa y, encima, llevarme la bronca de Julia por no haberle hecho caso y volver a una hora más decente. Eso fue lo que pensé en ese maldito instante.

No se me ocurrió pensar, en cambio, que Julia acababa de desabrocharse el cinturón y que se estamparía contra el cristal. No pensé que el malnacido que venía por la izquierda, al ver que mi coche se deslizaba fuera de control hacia la derecha, daría marcha atrás y cogería impulso para intentar colarse por el hueco que quedaba entre éste y la pared de la izquierda, con tan mal cálculo que volvería a chocar contra la parte lateral del Ford Fiesta de Julia que yo conducía, empotrándolo contra la pared de la derecha. Por supuesto que no pensé que el cuello de Julia se quebraría como lo hizo cuando nos sorprendió el segundo impacto en pleno recorrido de inercia del primero.

Pensé en el papeleo y en la venganza: a esos gamberros se les iba a caer el pelo. No se me ocurrió que aquel instante se convertiría en más de tres meses de dolor, de papeleos, idas y venidas al juzgado, explicar cientos de veces lo que pasó, asegurar que yo no estaba bebido, recordar cada momento, cada palabra no dicha, revisar el sms que Julia respondió un rato antes, “No hace falta, está todo preparado, pero gracias” al mensaje que le había llegado antes, “¿Quieres que te ayude con lo del cumple de C.?”. Ha sido su último gesto insólito, siempre me había dicho que odiaba las fiestas sorpresas.

Ni por asomo en aquel momento me acordaba de que, al cabo de tres semanas, sería mi cumpleaños. Y por supuesto no pasaron por mi mente los abogados, médicos, denuncias, las visitas de la madre de Julia, de mis amigos, de las mujeres de mis amigos, “pensar que estuvimos con vosotros sólo un rato antes y lo encantadora que estuvo Julia”, sentencias de coma, de parálisis total, de incertidumbre indefinida.
Que Dios me perdone si no pensé en todo eso. Yo sólo quería llegar a casa, darle las gracias a Julia por haberme acompañado y dormir abrazado a ella sintiendo su respiración.

Por eso salí como un poseso del coche, ningún perito se explica cómo logré abrir la puerta, y grité a los chavales, ilesos pero asustados, qué coño estaban haciendo, sin pararme a mirar a mi derecha ni ver la cabeza de Julia ensangrentada y desplomada sobre su pecho.

En todo este tiempo en el hospital me he mantenido sereno. He atendido a los médicos, enfermeras, familiares, he estado cada noche que me han dejado junto a Julia, “por supuesto que me quedo, no es necesario que duermas aquí, Marisa, vete a casa a descansar” le he dicho a mi suegra un número incontable de veces, no he llorado, he estado en mi sitio porque es lo que sé hacer. Yo no sé desmoronarme y preguntar por qué yo, por qué a mí, por qué a Julia. Ni sé arrodillarme frente al médico y rogarle que por Dios la salve, que no sabría vivir sin ella, como he visto a hacer, sobrecogido, a algún vecino de pasillo.

No he esperado el milagro. Tampoco la muerte. He hecho lo que sé hacer: quedarme horas contemplando las paredes blancas de este hospital, mirar las luces blancas, las puertas blancas, las sábanas blancas, la piel blanca de Julia, asimilando que este infierno blanqueado es el que me ha tocado vivir a mí, como a otros les toca la miseria o la guerra o la tortura.

Ahora vivo aquí, esto es lo que he ganado. Quizás de forma inconsciente, sin valorar lo que tenía, sin darle importancia al hecho de tener una mujer a la que no le gusta ir a cenar con mis colegas de trabajo, porque sus mujeres hablan toda la noche de los niños, quizás ella quería tener hijos, y nosotros somos incapaces de integrarla en la conversación o hablar de otra cosa que no sea trabajo. Sin saber que en un instante puedes verte condenado al infierno.

No, nadie me ha oído quejarme por eso, ni gritar qué habré hecho yo. Mi abogado no ha escuchado de mi boca palabras de venganza hacia los inconscientes que jugaban a hacer carreras en el parking, podría haber sido yo con su edad. Mis padres no me han visto desesperado ni Julia me ha oído, si es que puede oír, decirle que cuando salga de esta todo va a ir bien y que estaré a su lado.

No es necesario, ya estoy a su lado, es donde vivo toda la eternidad que dura este infierno, sin esperar más de lo que tengo, ni desear algo que podría no llegar.

A Julia le explico lo que vivo cada día, como hacía antes de que ella se desabrochara el cinturón de seguridad y yo me descubría observando ese detalle: que me he aprendido los horarios de los médicos y enfermeras, que despierto a la hora en que el fisioterapeuta viene a moverla para que su cuerpo no se llague, que mis comidas coinciden con el cambio de turno de celadores, que hago mis necesidades justo después de la llamada de mi madre, que a la hora en que viene la limpiadora hablo con mi jefe, quién insiste en que me vendría bien ir a trabajar, pero que no me preocupe, que no hay prisa, que sólo lo dice por mí porque piensa que podría despejarme.

Mi corazón late al ritmo con que gotea el suero que alimenta a Julia. Esta es mi vida. La que gané en un instante como otros se ganan vivir sin piernas por haber pisado una mina. Es lo que me ha tocado, lo asumo, no me verán llorar por eso.

Pero que nadie me pida, nunca más, que renuncie a esta vida. Que nadie vuelva a venir a decirme, vestido con una bata blanca, que no hay nada que hacer y que otras personas podrían vivir con los órganos de Julia. Que nadie se atreva a entrar en mi vida, en mi sereno infierno blanqueado, y decirme que tengo la oportunidad de romper esta eternidad y, en un acto de supuesta generosidad, hacerlo de forma que todo esto haya merecido la pena.

Nadie me oirá quejarme por esta vida, es la que me tocó en el instante en que se inicia un bostezo, estoy conforme, que no vengan suplicándome compasión.

Nota: Pedí a mis amigos dos palabras, un sustantivo y un adjetivo. Para cada uno escribiría un cuento con su sustantivo y el adjetivo de la persona de la lista inmediatamente anterior. Eva me dió "infierno" y le tocó "blanqueado" de Pablo. Este es el cuento que ha salido, otras veces saldrán más alegres.

domingo 21 de junio de 2009

Historia de amor con final triste en 6 planos

Frigopoesía libre para Noelia.

Plano 1: Seducción




Plano 2: Vínculo




Plano 3: Pasión




Plano 4: Tedio




Plano 5: Confusión




Plano 6: Pérdida



Nota: Mis amigos me regalaron un libro, Todo sobre mi Gloria, donde cada uno de ellos escribió una historia para mí. Les prometí dedicarles un cuento a cada uno. Este es el primero de ellos. Para Noelia, porque ella entenderá lo de los imanes y sabrá perdonar estas fotos (o a lo mejor se anima ella a mejorarlas). Y por seguir apareciendo por sorpresa en mi bandeja de entrada y hacerme reír.

lunes 8 de junio de 2009

Al otro lado del canal de la Mona


Tenía los pies fríos y húmedos. Habían vivido la tarde como una enfermedad terminal, lenta y despiadada, en la que la esperanza de ver algún punto en el horizonte se había ido disipando a medida que el sol descendía y amenazaba con dejarlos desolados ante otra noche más, la número doce desde que salieran de La Romana.

Tres días atrás, Leonel había mirado sus pies descalzos, arrugados por la humedad y abrasados por el sol. Durante largo rato observó las uñas largas y reblandecidas. La del dedo medio todavía conservaba un resto de suciedad encallecida tocando la piel en la parte interna del centro de la uña. Se preguntó si encontraría en la yola algún objeto con que sacarse aquella mugre. Matías y Reynaldo yacían en silencio en proa, a menos de dos metros de él. Matías ocultaba los brazos dentro de la camiseta, las mangas cortas colgaban como pellejos secos del cuerpo apoyado en el borde del bote. Por debajo de la prenda le asomaba una mano con la que sujetaba en alto uno de los remos, procurándose una minúscula sombra para resguardar su cara cubierta de ampollas provocadas por el sol. Tenía las piernas estiradas una sobre la otra e iba alternando su posición a ratitos, protegiéndolas de la radiación solar bajo la línea de sombra que dibujaba el lateral de la pequeña embarcación de madera. Leonel revisó con cuidado el atuendo de Matías, en busca de alguna punta con la que pudiera sacar la roña de su dedo, que le oprimía ahora como un pequeño tumor en expansión. Llevaba puesta una camiseta y un pantalón corto sin botones ni cremalleras: no le servían. Reynaldo estaba tumbado boca abajo, con la cabeza ladeada y la cara oculta bajo la sombra que proyectaba el costado de Matías. Sus brazos descansaban a los lados de su cuerpo, sus manos en tensión estiraban los bordes de las mangas de su jersey para evitar ser tocadas por los rayos del sol. Leonel examinó el pantalón largo que cubría las piernas extendidas de Reynaldo hasta comprobar que también estaba desprovisto de remates con que limpiar su uña sucia.

Revisó sin éxito la yola en busca de esquinas, pinchos o puntas. Trató de recordar qué había pasado con el pequeño motor que ya no estaba en su lugar, quizás lo hubieran tirado cuando se volvió inservible, no se acordaba. Debió inspeccionar la ropa de Pedro y Nelson antes de arrojarlos por la borda, quizás ellos llevaran alguna medalla o cremallera. Pero en aquel momento no lo pensó. No pensó en nada. Simplemente empujó los cuerpos con todas sus fuerzas hasta que cayeron como plomo en medio del mar, mientras él se moría de fiebre y de sed, sin reparar en la mugre que, ahora estaba seguro, ya llevaba incrustada en su uña.

Tres días habían pasado desde que se descubrió esa suciedad y no había podido dejar de pensar en ella. A ratos se quedaba dormido sin fuerzas y, al despertar, volvía a sentirla apretada contra su uña blanda y ya no le era posible librarse del problema que lo torturaba. Cuando se quedaba traspuesto por el cansancio, el hambre y la sed, lo asaltaban pesadillas en las que la mugre se incrustaba en su piel y crecía hacia adentro, formando un cáncer que se le extendía por el dedo, cubriéndole el pie, avanzando por la pierna hasta llenar por completo su cuerpo de suciedad encallecida. Entonces despertaba sobresaltado, volvía a mirar la uña y, por un instante, descansaba al comprobar que la inmundicia seguía sin expandirse, justo donde se unía la piel con la uña.

La noche anterior, antes de volverse loco, había preguntado a Matías y Reynaldo cómo podía limpiarse la porquería del dedo. No vio cómo lo miraban, pero al cabo de unos segundos sin respuesta advirtió la compasión con que se atiende a los viejos o a los locos, cuando Reynaldo le susurró como si le hablara a un niño: “Meta el pie en el agua, viejo, y se deshará”. Leonel no insistió, pero esperó con rencor la respuesta de Matías, rumiando en silencio un desprecio creciente hacia sus compañeros, ignorantes de que la única posibilidad para salir de allí era sacar la maldita inmundicia de su uña. Una vez liberado de aquella tortura, podría dedicarse a pensar en la forma de sobrevivir. Matías nunca contestó.

Leonel seguía mirando sus pies, tres días después de descubrirse la suciedad en la uña, cuando el sol se ocultó tras unas nubes densas dibujadas en el horizonte, dando paso a la duodécima noche desde que vieran tierra por última vez. Notó cómo lo rendía el sueño mientras escuchaba delirar a Matías, que parecía haber dejado de luchar por mantenerse en equilibrio y se golpeaba la cabeza contra el borde de la barca al ritmo con el que las olas la agitaban. Empezó a sentir como si su cuerpo fuera perdiendo peso, haciéndose cada vez más liviano, a punto de echar a volar de un momento a otro como una cometa, bamboleado por el viento y sujeto únicamente por un lastre adherido al dedo central de su pie que lo mantenía aferrado al suelo.

Lo despertó el estruendo de una sirena. Lenonel no podía moverse ni abrir los párpados, como si estuvieran embadurnados de una cola viscosa a través de la cual se traslucía una luz insoportable que lo deslumbraba. Sintió unos brazos levantándolo por debajo de los suyos y el olor intenso a pescado y sudor añejos del cuerpo del que procedían. Otro par de brazos lo sujetó por los tobillos elevándolo con dificultad, tambaleándose por el vaivén de la frágil superficie de la yola. Leonel quería hablar pero no encontró la voz. Trataba de entender pero una bola de mugre en el dedo de su pie le impedía pensar con claridad.

- ¿Están muertos? – oyó que alguien preguntaba.

Pensó que quizás sí, que quizás había muerto y estaba padeciendo en el infierno una tortura que le oprimiría eternamente una uña de su pie. Una pesadilla infinita por haberse ido de Villa Riva sin despedirse de la vieja, después de haberle robado los ciento sesenta dólares que guardaba para la boda de Ilda, completando así los mil que le había cobrado el patrón por embarcarlo en la yola.

Puede que aquel fuese el sufrimiento continuo que se había ganado por quedarse inmóvil cuando el patrón se tiró al mar con el único chaleco salvavidas que llevaban en la embarcación, en una de las embestidas de las olas que avanzaron como tanques poco después de perder de vista la isla, cuando se desató la tormenta. El padecimiento perpetuo que merecía por agarrarse al borde de la balsa temblando de miedo mientras escuchaba a Nelson gritar “De aquí no salimos, viejo”. Por mirar con extrañeza el cuerpo sin vida de Pedro, con sus quince años y aquel extravagante pelo rubio con que salió teñido de su último bochinche, y después tirarlo al mar pensando que el chico ni siquiera había caído en la cuenta de que nunca contaría aquella aventura a sus amigos.

Sí, quizás estaba muerto y jamás se libraría del peso que aprisionaba el dedo de su pie, como jamás se salvaría del castigo por haber querido ser más de lo que era en un paraíso donde soñaba con hacerse rico al otro lado del canal de la Mona.

Antes de perder el conocimiento oyó la voz de ultratumba de Reynaldo, que en un esfuerzo sobrehumano susurró: “Se murió Matías, viejo, se murió Matías”.

sábado 6 de junio de 2009

Cortometraje en 6 palabras


Su primer amor fue una profesora de Literatura. Platónico, claro: A sus trece años sólo había conocido el sexo a través del cine. Y en aquel viaje de fin de estudios, cuando la vio salir de su habitación abrazada al de Física, sufrió por primera vez en su vida el desaliento.

Nota: Este microrrelato responde al reto que me lanzó Chus en su blog. Gracias, Chus, por el impulso.

domingo 1 de febrero de 2009

Galbón


El autobús arrancó y expulsó una humareda negra de petróleo puro que se quedó flotando en el aire como un globo fláccido de helio debilitado después de una noche de fiesta. La nube negra se retorcía sobre sí misma y avanzaba con lentitud impulsada por la lánguida fuerza de la inercia que ejercía sobre ella el movimiento parsimonioso del vehículo, que empezó a desplazarse haciendo crujir sus ruedas agrietadas como de corcho reseco. Hipnotizada por su lenta rotación, fui engullida por la galaxia de hollín y CO2 y allí, envuelta en aquel aura contaminada, lejos todavía de sentir tu ausencia asfixiante, te dije adiós, ignorante de todo lo que de mí se iba contigo en aquel autobús.

Llegamos a Las Jaras avisados de que era el lugar más inerte de la Tierra. Nos lo advirtió Rafael Lepanto en aquella farmacia apolillada de Contradios, donde malvivía después de que el pueblo se hubiera quedado vacío, rodeado de cajas de medicamentos que olían a orín y a humedad y acumulaban tanto polvo como años. A la vuelta de Contradios, recuerdo que comentamos el sinsentido con el que Lepanto abría y cerraba la farmacia a la hora en punto cada día. Hacía años que nadie entraba en el establecimiento. Pero era imposible que entonces entendiéramos que esa era la forma que tenía el profesor de seguir huyendo.

- El Galbón no es más que una enfermedad, métanselo en la cabeza, olvídenlo ahora que pueden.

Pero ya no podíamos. El Galbón nos llenó de convicción y de fuerza para defender nuestro proyecto ante el tribunal que nos concedió una beca de tres años y, después, para convencer al doctor Segovia de que nuestro tema de investigación era tan válido como cualquiera de los que en el Departamento de Química Inorgánica nos pudieran proponer. Recuerdo ahora aquellos días, desde que encontraste los documentos que Lepanto había enviado hacía años a la Universidad y a los que nadie había dado credibilidad y te plantaste en mi mesa con esos ojos que ponías cuando tenías una idea loca, esa mirada que siempre me arrastraba hacia el punto en el que tú estabas, que siempre conseguía de mí lo que tú querías, como cuando me dijiste en el bar de la Facultad que, aunque no me lo creyera, yo terminaría saliendo contigo.

No, no me lo creí, pero al cabo de unos meses ya estábamos viviendo juntos y, poco después, estaba más convencida que tú de que seríamos capaces de clasificar el Galbón. Recuerdo ahora aquellos días y te maldigo por haberme contagiado esa fiebre y haberme dejado, dos años después, mirando cómo abandonabas nuestro sueño y huías de Las Jaras subido en un autobús inmundo.

Al cabo de tres meses de la visita a Lepanto nos fuimos a Las Jaras espoleados por aquel entusiasmo inútil de niños en busca del tesoro, sin querernos creer que no era más que un síntoma de que estábamos contagiados, como los toxicómanos, en sus primeros escarceos con la droga, jamás piensan que acabarán con la dentadura ennegrecida y pinchándose en un vertedero.

Las Jaras no nos resultó tan deprimente al principio. Sus pocas calles desiertas de casas encaladas nos parecieron pintorescas y el horizonte llano, desértico, infinito, como debieron de pensarse en la Edad Media que sería el fin del mundo, nos daba la sensación de estar en un lugar inexplorado lleno de magia, donde soñábamos que nos estaba esperando el éxito enterrado en sus tierras estériles.

No es que Las Jaras estuviera deshabitado, había gente, aunque era difícil de ver, porque vivían atrincherados en sus casas como si se tratara de refugios nucleares para guarecerse de los tres enemigos del pueblo: la luz, el calor y la calma.

En Las Jaras se vive el amanecer como si fuera el principio de una enfermedad grave, con una mezcla de rechazo, resignación y terror que te atenaza dejándote sin fuerzas para afrontar el día. Un rumor de persianas que se cierran recorre las calles como un lamento resentido y los temerarios a los que la mañana ha pillado fuera de sus casas corren a ponerse a salvo del fulgor criminal que campa por el pueblo a sus anchas, sin obstáculo alguno, como un hacendado cruel se pasea orgulloso por entre las casuchas donde malviven los jornaleros de su propiedad, haciéndose ver y oír, demostrando quién es el que manda. Todos los días se libra una batalla en Las Jaras contra la luz, una lucha inútil en la que uno se sabe perdedor desde el principio, de la que sólo espera salir lo menos malogrado posible. La mayor parte del día es una claridad sin contrastes, que tiñe la llanura de una incandescencia tan densa como la oscuridad total, ausente de matices y de formas, que obliga tragarse su propia sombra a los pocos elementos que sobresalen del plano de la llanura.

Nosotros combatíamos esa luz igual que el resto de la gente del pueblo, pero traíamos el ánimo lleno de colores y nos parecía verlos relucir acompañándonos en nuestra búsqueda, con el documento de Lepanto sirviéndonos de escudo y de biblia, la guía que nos descubrió el Galbón, el elemento químico que el profesor creía haber encontrado en la planicie, pero que nunca llegó a aislar ni a clasificar, del que sólo había anticipado su número atómico: 121. Sí, al principio incluso celebrábamos una luz tan pura, sin darnos cuenta de que, al amanecer, cerrábamos las persianas tan horrorizados como los otros.

Si la luz determinaba la vida en Las Jaras, el calor la exterminaba. Porque, al contrario que la luz, que por la noche nos brindaba un descanso, el calor no daba tregua a los cuerpos resecos ni ofrecía esperanza alguna de poder combatirlo. Era un calor perenne que parecía proceder de dentro de uno. La única forma de no sentir que las manos estaban calientes era pensar en lo calientes que estaban los pies o cualquier otra parte del cuerpo. Respirábamos ese fuego abrasador día y noche, estaba en las paredes de las casas, en los sacos de legumbres almacenados en las despensas, en los chorreones de grasa de los embutidos colgados en las ardientes cámaras de las casas.

En Las Jaras teníamos agua corriente traida hacía años de más allá de Contradios. A base de duchas tratábamos de defendernos del ambiente abrasador, pero uno se secaba casi de forma instantánea al cerrar el grifo e iba notando cómo se encogía la piel, como si las células se abrazaran sobre sí mismas para protegerse del calor, formando pequeñas escamas desecadas que resistían a las cremas y aceites con los que tratábamos de atajar la sequía que azotaba nuestro cuerpo.

Entender cómo había llegado a Las Jaras potencia suficiente de electricidad como para alimentar el rudimentario aparato de aire acondicionado instalado en nuestro improvisado laboratorio, era un misterio para nosotros que, por otro lado, tampoco tratamos de desentrañar. Al principio no nos pareció un privilegio, sino una herramienta esencial para llevar a cabo nuestras investigaciones, por lo que nos pareció natural que el aparato fuera subvencionado como parte de la aportación que recibíamos de nuestra beca. Al cabo de los días nos dimos cuenta de que éramos poseedores de un bien insólito en el lugar. Nadie más en Las Jaras tenía aire acondicionado. Quizás por eso, la gente nos miraba como si fuéramos seres de otro planeta, o esa era nuestra sensación, por lo que nunca conseguimos relacionarnos con ellos más allá de lo necesario. Ahora puedo decir que ese diabólico aparato fue el catalizador perfecto para desencadenar el avance de nuestra locura. Gracias a él no nos derrumbamos a los pocos días de nuestra llegada, lo que hizo que, al poco tiempo, ya estuviéramos tan afectados por la fiebre del Galbón que era imposible una deserción pacífica.

Después de los primeros días, nos dimos cuenta de que era una insensatez pasarnos la mañana recogiendo muestras de materiales en las zonas donde el documento de Lepanto situaba el Galbón. Por eso, empezamos a levantarnos de noche para estar de vuelta antes del amanecer con las mochilas cargadas de minerales, líquenes y polvo de rocas. Entonces nos encerrábamos en el laboratorio durante todo el día, preparando reacciones y tomando notas de unos resultados tan estériles como la tierra donde habíamos ido a parar. Sin embargo, aunque el estado de nuestra investigación nos deprimiese, después de cada frustración, de cada espectro inútil en el que sólo aparecían los elementos de siempre o, quizás, alguno raro pero conocido por cualquier químico del mundo, enseguida surgía la euforia. “Seguro que mañana lo encontramos”, o, como decía Edison cuando su experimento fallaba, “ya hemos aprendido dónde o cómo no se encuentra el Galbón y eso nos acerca más a él”. Así, día tras día, seguíamos inmersos en aquel sueño, encerrados en el laboratorio donde nos resguardábamos del calor y de la luz de Las Jaras, mientras pasaban los días, las semanas, los meses abrasadores, en los que, poco a poco, empezamos a trasladar casi toda nuestra vida entre aquellas cuatro paredes que contaban con el privilegio del aire acondicionado, hasta terminar instalando dos catres donde, ahora no recuerdo cuánto tiempo después, empezamos también a dormir.

Ni todos los fracasos a los que nos llevó la búsqueda del Galbón, ni la luz perturbadora de Las Jaras ni el calor omnipresente, provocaron una sola de las palabras de angustia que nos convirtieron en seres lúgubres y resentidos. De lo que tú te quejabas, lo que nos aplastaba y deformaba nuestras personalidades, era la calma, ese abandono en el que Las Jaras estaba inmerso, en el que la única expectación era poder ver pasar una bandada de pájaros o si habría llegado alguna carta de la Universidad. Nunca llegó ninguna.

Lo que en un principio confundimos con tranquilidad, al cabo de los días se convirtió en un instrumento de tortura, que nos dejó sin conversaciones, sin ánimo, presas del aburrimiento y la dejadez, obligados a repetir cada día las mismas palabras, las mismas acciones, comer la misma comida, ver al mismo vecino a las ocho de la mañana que volvía de quién sabe dónde y se encerraba en su casa, decir “buenos días, ¿qué tal?” cuando íbamos a la tienda a comprar algo de comer, y escuchar “como siempre” por respuesta día tras día, dejando claro que ahí se había acabado la conversación.

No era solo que en Las Jaras no hubiera nada que hacer, es que literalmente no se movía una mosca. Jamás corría el aire, la quietud era aterradora, nunca vimos agitarse una cortina por la brisa. Cuando se formaba una nube en el horizonte, se quedaba allí durante días con la misma forma hasta difuminarse con tanta lentitud que el cambio era inapreciable. Si preguntábamos a la tendera de dónde venían los alimentos, tardaba mil años en respondernos siempre lo mismo: “los trae el camión”. Pero nunca vimos al camión. Incluso el autobús que venía vacío cada miércoles y se quedaba parado durante quince minutos en la plaza, se volvía a ir sin nadie por la única carretera desolada que llevaba a Contradios, siempre con el mismo conductor cetrino que aprovechaba ese rato para fumar un cigarro, cuyo humo subía en línea recta hacia el cielo, perdiéndose como si se hubiera abierto un agujero invisible en la atmósfera justo en el lugar por donde se colaba para desaparecer.

Fue la sucesión de minutos idénticos lo que pudo contigo, después de plantarles batalla a base de intentar cambiar la rutina, intentando sin éxito sacar conversación a los habitantes de Las Jaras, levantarnos a otra hora, ir a ver al autobús, fingir que éramos desconocidos que acabábamos de encontrarnos, inventar recetas nuevas con los pocos productos que podíamos comprar, escribir o leer. Al final, incluso los libros nos parecían idénticos y sólo conseguían recordarnos lo carentes de acontecimientos que estábamos. Sólo mantenía nuestra esperanza la posibilidad de encontrar el Galbón y esa circunstancia confirió al elemento un poder absoluto sobre nosotros.

Aquel martes, cuando volví al laboratorio con la compra de cada día, te encontré sentado en tu catre, como si hubieras estado esperando mi llegada para decirme:

- Se me ha roto un matraz y me he cortado.

Me acerqué a ver la herida y traté de quitarle importancia. Era un pequeño corte en el dedo índice sin ninguna gravedad.

- Me ha salido sangre -dijiste, mirándome con un sucedáneo de aquella mirada que yo había olvidado, la que conseguía todo lo que se proponía, mucho más melancólica y desvalida que cuando te conocí.

Te dije que no te preocuparas, que no era nada.

- Me ha salido sangre y he recordado que estoy vivo- insististe.

Te entendí, pero no quería entenderte. Al día siguiente cogiste el autobús.

Continué en Las Jaras durante unos meses más. Ya no quedaba rastro de nosotros, así que no traté de mantener el contacto contigo. Repetí con exactitud las mismas acciones que cuando tú estabas. Antes del amanecer me iba a recoger materiales, después me pasaba el día en el laboratorio poniendo reacciones y observando los resultados. Ya no trataba de hablar con la tendera, ni me planteaba si irme a dormir a casa o no. No sé por qué seguí allí, quizás porque el Galbón era todo lo que me quedaba de nosotros y de nuestro sueño; en realidad era todo lo que quedaba de mí además de tu ausencia, que yo sentía como la máquina que mantiene con vida a una persona en estado vegetativo.

Varias semanas antes de que terminara el plazo de nuestra beca, conseguí aislar un material que nunca antes había observado en el espectroscopio, aparentemente su número atómico era 121. Como si hubiera presenciado la exhumación de los restos de un familiar perdido hacía años, lloré toda la emoción contenida sin preocuparme de si el elemento era estable o, por el contrario, podría evaporarse dejándome con las manos vacías y sin pruebas de lo que acababa de observar. Lloré al darme cuenta de que el único acontecimiento que valía la pena recordar de aquellos años era tu huida en el autobús de los miércoles. No traté de repetir el experimento.

Todavía tuve que esperar dos días para irme de Las Jaras. En ese tiempo, puse en orden los documentos donde reflejábamos todos los progresos que habíamos hecho en nuestra investigación, hasta llegar al espectro del elemento, y los metí en varias cajas que fueron mi único equipaje el día que me fui de aquel lugar.

Hace dos años que trabajo en el equipo del doctor Segovia. Cuando volví, le pregunté si volvió a verte. Sólo sabía de ti que renunciaste a tu beca y nunca más apareciste por el Departamento. En este tiempo, hemos conseguido aislar el elemento dos veces, pero ambas se ha volatilizado, aunque hemos publicado varios artículos sobre el tema y varias Universidades del mundo están colaborando con nosotros en la búsqueda del Galbón, que resulta que ahora se llama Undictronio (por lo visto Galbón es otra sustancia). A pesar de que retomé la actividad, sigo padeciendo la calma que arruinó nuestras vidas. Incluso hay días en que me descubro huyendo del sol de la mañana y del calor inexistente. Y cuando me preguntan “¿qué tal?” yo sólo puedo responder “como siempre”, envuelta todavía en la nube negra y estática de petróleo puro desde la que te dije adiós. Todavía no he tenido la suerte de cortarme con el cristal de un matraz.

miércoles 10 de diciembre de 2008

Así de sencillo


Ya no te quiero. Lo he sabido hoy. Estaba comprando flores en el kiosco de Marcial. He dudado unos diez minutos, mientras él preparaba un ramo para una chica, entre los tulipanes naranjas o los liliums blancos. Ha sido uno de esos momentos en los que el tiempo pasa y me pongo nerviosa, porque sé que pronto tendré que tomar una decisión: tulipanes o liliums. Marcial me hubiera ayudado a elegir. Siempre lo hace. Pero no quería entretenerlo, había cola. Y durante ese tiempo me he mantenido inquieta por mi indecisión. ¿Tulipanes o liliums? Los tulipanes son más baratos y más alegres. Los liliums más caros pero también más elegantes. Marcial estaba acabando el ramo para la chica. Me ha mirado y he dicho: “Unos tulipanes”. En ese mismo momento he tenido como una revelación, una especie de evidencia que ha venido, no sé de dónde, y se ha instalado en algún sitio, quizás en mi corazón, aunque sea cursi decir algo así. Pero ha llegado y se ha quedado conmigo. No ha sido ninguna falsa alarma. Ni como cuando me repetía a mí misma, tratando de convencerme: “No puedo quererlo, tengo que olvidarlo después de todo lo que ha pasado”. Ha sido un sentimiento independiente del rencor, de la angustia o de la desazón con los que he vivido estos dos últimos años. Estaba ahí, claro como el día soleado de otoño que hacía hoy, sin explicación y sin dudas, así de sencillo. Eso es lo que hay: ya no te quiero.


Marcial me ha preguntado si me preparaba las flores, porque ya sabes que casi siempre prefiero hacerlo yo. No me gustan los ramos preparados, son como de cartón piedra, como esos peinados llenos de laca, recién salidos de la peluquería. Prefiero llevarme las flores y ponerlas yo a mi aire en un florero. Dirás que menuda tontería, que al final es lo mismo que si lo hubiera hecho el floristero, que al fin y al cabo es un profesional. Pero no es lo mismo. Nunca has entendido este tipo de cosas. Hay un abismo entre un ramo preparado y poner tú mismo las flores en un jarrón. La diferencia es tan grande como la que hay entre un sábado por la mañana, en el que sabes que toca hacer el amor, y un miércoles por la tarde, en el que te sorprende un beso apasionado fuera de horario. Pero tú no lo entenderías.


- Sí – le he dicho a Marcial -. Prepáramelo, por favor.

Y se lo he dicho sólo porque necesitaba esos minutos para comprobar que la evidencia seguía ahí. Te he recordado sentado en el sillón verde, leyendo el periódico mientras yo terminaba de vestir a Dani y arreglarme para ir a comer a la playa. Uno de esos fines de semana que tú odiabas (pero esto lo supe luego) y que a mí me encantaban porque habíamos hecho un plan para estar juntos los cuatro. Tú y yo con Dani y Mar. Yo sabía que te daba un poco de pereza, pero siempre había pensado que después agradecías haber estado un rato con tus hijos. Y, fíjate qué tontería, me sentía responsable de hacer que encontraras esos huecos para pasar tiempo con ellos.


Marcial estaba montando el ramo. Por un momento he pensado que estaba inquieto él también. No es común que le deje prepararme unas flores. Me conoce. Por eso, me iba preguntando si le ponía unas ramas de gipsophilia o lo adornaba con unos helechos. Mientras tanto, yo examinaba esa sensación, ese vacío que acababa de experimentar, recordándote sentado en el sillón verde, mientras leías el periódico. Mirándote en la distancia como si te hubieras convertido en otra persona, alguien muy lejano que me traía imágenes en blanco y negro, de otro mundo, de otra vida.


He llegado a casa, he tirado las gipsophilia y los helechos y he puesto los tulipanes en ese jarrón de cristal verde que nos regaló tu hermana y que te dejaste en casa cuando viniste a recoger tus cosas, dos meses después de que me dijeras tú a mí: “ya no te quiero”. Me he sentado en el sillón verde y me he puesto a llorar. Ni siquiera estaba triste. Pero no siempre hay que estar triste para llorar. Creo que ha sido por ese vacío repentino. ¿Qué voy a hacer ahora que no te quiero? Entonces ha sonado el teléfono.


- Hola, Clara, soy Pedro –he dicho con voz temblorosa. Estaba nervioso.

- Hola –has respondido tranquila.

- He pensado en ir a recoger a los niños para llevarlos al cine hoy, si no tenéis pensado hacer otra cosa -. No sé cómo me ha salido la voz, quizás porque esa ha sido la única frase que me he preparado antes de llamar. Me he preguntado si habría sonado como un autómata.

- Ah, sí, me parece bien. Creo que se pondrán contentos.


He tenido miedo al oirte. Estabas tan tranquila, como si hablaras con un hermano. He pensado mil formas de alargar la conversación mientras llamabas a Dani para que se pusiera al teléfono. Yo sólo quería hablar contigo.


- Hola, papá.

- Dani, hijo, ¿quieres que vayamos al cine juntos hoy?

- ¡Sí! Vamos a ver Madagascar, ¿vale? –la voz de nuestro hijo casi me hace llorar. Esa alegría ajena a todo lo que estaba pasando.

- Bueno, a ver si a Mar le parece bien esa película...

- Jo, seguro que no –ha contestado Dani–. ¡Mar! –ha gritado a continuación-, que dice papá que si vamos al cine a ver Madagascar.

Me ha hecho sonreir. Es listo nuestro hijo. He quedado con ellos para recogerlos a la una, comer en el Burguer King e ir al cine. Después de hablar con Mar le he pedido que te pasara el teléfono.

- Dime.

- Nada, que iré a recogerlos a la una, si te parece bien.

- Sí, vale.

- ¿No habrías pensado hacer algo con ellos?

- No, tranquilo, estarán contentos de pasar el día contigo.

- Si quieres puedes venir con nosotros –te he soltado de sopetón, casi sin darme tiempo a mí mismo para pensar lo que decía.

- No, tengo cosas que hacer, gracias –has respondido serena, sin dudar, sin enfadarte, sin decirme que mantuviera las distancias. Y de pronto me ha entrado un frío atroz, como si me hubiera despertado solo esperando encontrarte al otro lado de la cama.

- Bueno, pues estaré allí a la una.


Lo primero que he pensado cuando has colgado el teléfono es que por suerte he podido secarme las lágrimas antes de que vinieran los niños. Creo que no se han dado cuenta de que he llorado. Después, he examinado esa sensación de lejanía mientras hablaba contigo. No, ya no eres el hombre al que quise. El que me llamaba desde la Facultad al Estudio para decirme que me escapara una hora porque no podía estar ni un minuto más sin verme. Ni el que apareció por sorpresa en casa de mis tíos en la sierra aquella Semana Santa, ni el que se levantaba de madrugada a preparar el biberón de Mar, mientras yo dormía, y después dormía cuando me levantaba yo a preparárselo a Dani. No eras el que cambiaba de canal y respondía “ya veremos” cuando yo proponía hacer algo el fin de semana, como queriendo aplazar esa decisión, lo que, aprendí después, significaba “no me apetece”.


Te rogué que me quisieras. “Quiéreme, quiéreme”, te decía. Y tú me respondías: “Pero si ya te quiero”. Y yo lo que quería decirte es que no soportaba verte todo el día enfadada, nerviosa, gritando a los niños que por qué no habían hecho los deberes o por qué se habían dejado en el colegio el libro de Matemáticas. Yo pensaba que, si me querías, si nos querías, se acabaría el malestar, te vería sonriente por la mañana, como los años que pasamos antes de que naciera Mar, en los que preparábamos el desayuno entre besos y llegábamos tarde los dos al trabajo. Y las pocas veces en que hablamos de cómo habíamos cambiado te llenabas de razones irrebatibles: que teníamos que educar a nuestros hijos, que su futuro era nuestra responsabilidad, que debíamos estar con ellos porque, si no lo hacíamos, nos arrepentiríamos. Llevabas razón. Pero con esa razón en la mano estabas en la otra punta del mundo, lejos de mí. Por eso no entendí tu sorpresa cuando te dije que ya no te quería, porque estaba seguro de que tú sentías lo mismo desde hacía mil años.


Me acuerdo muy bien de aquel momento. Tú estabas abriendo una botella de vino. Nunca bebías, pero aquella noche te dio por abrir una. Estabas desenroscando el tapón del sacacorchos y yo oí mis palabras como si estuviera en una catedral, resonando en toda la casa: “ya no te quiero”. El corcho cayó a tus pies y vi cómo rodaba por el suelo de la cocina hasta desaparecer debajo del fregadero, mientras me preguntaba qué más podía decir. Dejaste el vino sobre la encimera, despacio, apoyándote en él como si estuvieras colgando de un precipicio y no tuvieras otro lugar donde agarrarte. Vi cómo salías en silencio de la cocina, con aquel albornoz blanco que te encantaba, no sé si lo seguirás teniendo. Y yo me quedé allí, pelando patatas, como si no hubiera pasado nada, pensando qué debía hacer a continuación.


- ¿Desde cuándo? –te pregunto, mientras recuerdo aquel día en que me hiciste esa misma pregunta, cuando después de poner las patatas a cocer fui al dormitorio y te encontré sentada sobre la cama, con el albornoz blanco y la cara entre las manos.

- No sé, Pedro, supongo que ha sido poco a poco – respondes mirándome a los ojos.


He traído a los niños del cine y te he encontrado sentada en el sillón verde, leyendo. Mar y Dani han ido a ponerse el pijama. Me he sentado en el sofá y te he dicho que te hemos echado de menos. Me has mirado y has disparado: “Ya no te quiero”. Y por la forma de decirlo, por esa tranquilidad y ese abismo instalado entre nosotros, sé que es verdad. Ya no me quieres. Estás a millones de kilómetros de mí. Yo sólo quería abrazarte. Nada más, sólo quería abrazarte y rogarte que me quisieras, que por favor volvieras a quererme; pero te he hecho esa estúpida pregunta. ¿Qué más da desde cuándo?


- Yo siempre te querré –te digo. Y me siento estúpido. Por dios, ¿dónde está ahora todo ese discurso que traía preparado para explicarte que eres lo que más me importa del mundo?, ¿cómo se me ocurre resumirlo con esa odiosa frase, “yo siempre te querré”, manoseada hasta el infinito? Yo sólo quiero abrazarte.

- No pensaba decírtelo, pero creo que así estaremos más tranquilos y podremos tener una relación civilizada –contestas, como si no hubieras oído lo que te digo. Quizás no lo hayas escuchado, quizás yo no lo haya pronunciado. Dios, es como si me hablaras desde Nueva Zelanda vestida de aborígen. Ya no eres la misma.


Ya no soy la misma. Lo he visto al instante. Mi vida ha cambiado esta mañana en el kiosco de flores, mientras elegía entre tulipanes o liliums. Y lo he comprobado cuando he podido mirarte a los ojos mientras te decía que ya no te quería, quizás para confirmármelo a mí misma. Me ha extrañado tu serenidad, afirmando que siempre me querrías como si le estuvieras hablando a un cliente desde detrás de la mesa de tu despacho. Quédese tranquilo, déjelo en mis manos. Así es como me ha sonado. Por primera vez le he hablado al hombre al que ya no quiero, a ese que no puedo explicarme de dónde salió, ni cuando; pero que ahí estaba, incómodo por la situación, intentando mantener el tipo mientras oía mis últimas palabras de amor, buscando la frase adecuada para hacer que la conversación suene civilizada y despojada de pasiones. Al fin ha sucedido, ya no hay rencor, ni culpa ni desazón. Ya no hay nada. Sólo vacío.


“¿Qué voy a hacer yo ahora con este vacío?”, he pensado mientras nos despedíamos civilizadamente en la puerta, sin rastro de emoción. He visto a los niños al fondo del pasillo, peleándose por usar el ordenador, y he sentido unas ganas tremendas de abrazarte por última vez.

domingo 30 de noviembre de 2008

2008, yes we can

© Gloria

Este 2008 recorrí los cinco continentes en una sola tarde. Estaban todos en un barrio de Badalona. Uno de esos en los que la abstención es superior a la media, en los que la mayoría de los vecinos no piensan quién les gobierna, sino quién puede echarlos del trabajo o del país. Un barrio que ha crecido a ritmo de asentamiento, como ese pueblo malagueño llamado Almargen por el que pasábamos cuando íbamos a Ronda para ver a mi abuela y que mi madre siempre decía que se llamaba así porque se había formado “al margen de la ley”. Todavía no sé si era una broma o lo decía de verdad.

El caso es que, en mi viaje, conocí a tres niñas cuya edad no superaba los seis años, cada una de un continente. Todas se pusieron mis gafas, miraron mi cámara de fotos y, durante la merienda, contaron hasta veinte en inglés, saltándose el once y el dieciséis.

También conocí a un voluntario maestro jubilado, cuya mayor aspiración era enseñar a leer a sus niños en las clases de refuerzo, porque en el cole ya los daban por perdidos. Y a cinco educadoras, que se dejan la piel en esa coeducación de la que se habla desde los micrófonos de los mítines, pero a la que tan poco caso hacen en los despachos desde donde se tienen que asignar las subvenciones.

Y a una directora, que sonreía mirando al infinito mientras yo le aconsejaba que fueran a las instituciones públicas a pedir espacios para que los niños del barrio puedan jugar.

En ese viaje, gracias a esa directora, al maestro jubilado y, sobre todo, gracias a la niña que se llamaba a sí misma María Antonieta mientras el resto de niños la acusaban de embustera, me dí cuenta de que existen lugares en los que la ilusión y la esperanza de un futuro mejor valen más que el petróleo, que si hubiera una bolsa en la que cotizaran estos valores, la crisis sería literatura de ficción y que, a pesar de todo, compartir con ellos mi viaje, me hace comprobar la fuerza de la expresión de moda del año: yes, we can.

Nota: Este post está escrito para el concurso de 1 año en 1 post de Atrápalo. Aunque no puedo participar, me gustaría que lo votaras si te gusta. Gracias.




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lunes 24 de noviembre de 2008

La comunicación


Pensé que estaba soñando cuando oí hablar a mi gata: “Hace un calor de mil demonios”, dijo mirándome como si le hubiera intentado timar en la compra y estuviera a punto de pedirme el libro de reclamaciones.


Sentí decepción y miedo a la vez, no sabría decir en qué proporción cada uno. ¿Era esa forma de recibirme después de todo el día en la oficina? Me preguntaba qué le habría hecho yo a Mildred para que ella se dirigiera a mí en ese tono. Siempre la había tratado bien, jamás la dejaba sola más de dos días seguidos, tenía los mejores canguros de gatos de toda la ciudad y, si ellos no estaban disponibles, mi madre, amante de los animales, la cuidaba con mucho gusto. Que conste que no me gusta molestar a mi madre. Ni a ella ni a nadie, esa es la verdad. Siempre que le pido un favor, la pobre señora se desvive por ayudarme; pero me da apuro que modifique sus planes por mí o que dedique su tiempo a algo que no le apetezca hacer. No quiero ser una carga para ella. Por eso, cuando la llamo o voy a visitarla jamás le digo que necesito ayuda. Prefiero que sea ella quién me pregunte si me hace falta algo. Y nunca accedo a la primera cuando se ofrece para hacerme un favor, así le doy tiempo para pensárselo, que después no dude de haber sido ella la que se ofreció. No me gusta ponerla en un compromiso, aunque sea mi madre. Una vez estuvo casi media hora insistiéndome para quedarse con Mildred. Y yo venga a decirle que no hacía falta, ya con los billetes de avión a Santander comprados y sin canguro para el animal. Al final accedí casi con disgusto a que se quedara con ella, cuando me suplicó: “Pura, hija, soy tu madre. Déjame a la gata, que estoy encantada de tener compañía... y vamos a dejar ya este tira y afloja, que me vas a volver loca”. Hay que tener cuidado en esos momentos de que la otra persona no llegue al límite y se rinda. Si sobrepasas ese punto, el otro pensará que es cierto que no lo necesitas, o que no quieres más pastel aunque te estés muriendo por otro pedazo o que puedes seguir esperando un rato más en la puerta de un lavabo público, cuando en realidad estás a punto de hacértelo encima. Hay que saber en qué momento aceptar. Es como si estuvieras comprando alfombras en Estambul, llega un punto en que el vendedor para de insistir y, si eso ocurre, ya no hay nada que hacer.


El caso es que allí estaba yo, acababa de oír a mi gata hablar y, aparte de estar muy disgustada por su comportamiento, estaba asustada. Puede que resulte raro que alguien sienta miedo de su propia mascota; pero era la primera vez que me hablaba y, la verdad, no fue una sorpresa agradable. Me sentía decepcionada. Yo prefería a Mildred cuando era silenciosa, como todas las gatas. Me preocupaba que, de pronto, se hubiera vuelto parlanchina.


Pero aún así, no quise incomodarla. Por eso me mostré lo más tranquila que pude, como si lo que acabara de suceder fuera lo más natural del mundo. Lo último que deseaba era que se sintiera un bicho raro, aunque lo fuera; pero tampoco quería mostrarme indiferente. No sabía muy bien a qué atenerme, la verdad. En mi descargo diré que hice un esfuerzo sobrehumano para no herirla.

- Llevas razón – le dije. Es verdad que hoy es un día muy caluroso. Quizás en un par de horas tenga que poner el aire acondicionado – añadí, condescendiente, tratando de centrar la atención en su problema, en vez de transmitirle mi preocupación y disgusto por el hecho de que ella se hubiera decidido a hablarme como lo había hecho.


Cuál fue mi sorpresa cuando la vi subir de un salto a mi sofá, donde se tumbó indolente, y, poniendo su cara sobre las patas delanteras y entrecerrando los ojos a lo Bette Davis en Eva al desnudo, me soltó:


- Por el amor de dios, hace horas que debía estar funcionando ese maldito cacharro. Vamos a morir abrasadas.


Si quiso herirme, lo consiguió. Me dejó sin habla, durante unos segundos me quedé paralizada observando su gesto de desprecio, como si hubiera perdido todo el interés por mí y quisiera estar en cualquier lugar que no fuera mi salón. Pensé que no sería capaz de pronunciar palabra en toda mi vida, pero lejos de hacérselo notar, intenté calmar mi respiración agitada, contar hasta diez y pasar por alto su menosprecio.


Quizás tuviera problemas que yo desconocía, aunque por otro lado, ¿cómo los iba a conocer? Por muy pendiente de ella que hubiera podido estar, nunca imaginé que pudiéramos tener una conversación. Mildred debería de haber entendido que yo no estaba preparada, era la primera vez que me hablaba. Es verdad que también se trataba de una situación nueva para ella; pero después de todo no había sido yo quién había destapado la caja de los truenos. A pesar de estos pensamientos que me pasaban por la cabeza a gran velocidad, pude mantener cierta serenidad y darme cuenta de que era yo la responsable de ella, y no al contrario, por lo que tendría que ser yo quien resolviera el conflicto. Tenía que ganar tiempo para pensar qué hacer, así que decidí responderle:


- Mildred, estás nerviosa y cansada. Relájate y verás como se te pasa un poco el calor. Si dentro de un rato sigues igual, pondré el aire acondicionado. Mientras tanto, voy a cambiarme y después podremos hablar tranquilamente.


Antes de poder dar un paso hacia la habitación, me replicó entre dientes con aquella voz grave a la que todavía no me había acostumbrado:


- Eso, tú vete como siempre pensando que puedes resolverlo todo a tu manera. Pura, la autosuficiente.

- ¿Qué quieres decir? – pregunté sin poder evitar teñir mis palabras de cierto resentimiento.

- ¿Qué sabrás tú de cómo me siento? Sólo tengo calor. Soy una gata, por el amor de dios.

Ahí ya no pude callarme ni serenarme, perdí los nervios. Quizás ese fue mi error; pero aquello era demasiado para mí. Soy humana, tengo sentimientos.

- ¿Quieres que ponga el aire acondicionado? ¿Es ese tu problema? Pues lo pongo, Mildred, lo pongo. Pero no había necesidad de hablarme de ese modo. Ya sé que eres una gata. ¿Y qué? ¿Eso te da derecho a tratarme como si fuera basura?

- Estás paranoica, Pura. Te has montado la película tú solita, yo sólo he dicho que tenía calor.

- Ah, sí, en un tono de lo más dulce. Da gusto llegar a casa y que tu propia gata te suelte una grosería tras otra. Y eso, claro, después de todo el día trabajando, mientras ella ha estado tranquilamente paseando por la casa.

- ¿Y qué quieres que haga? ¿Que mire las ofertas de trabajo mientras tú no estás?

- Por dios, Mildred, no pongas en mi boca palabras que yo no he dicho. No sé si te das cuenta de que es la primera vez que me dices que tienes calor. De hecho, es la primera vez que me hablas.

- Joder, si no te hablo me derrito. Y ni con esas.

- ¿No podemos tener una conversación tranquila después de haberme cambiado? ¿Tiene que ser de esta manera, deprisa y corriendo?

- ¿Pero qué coño tenemos que hablar? Yo sólo tengo calor – gritó, poniéndose en pie sobre el sofá.

- No me hables en ese tono, te lo advierto.

- Bueno, ya veo que no llegamos a ninguna parte tú y yo. Moriré de calor antes de que comprendas lo que te estoy diciendo – dijo, caminando hacia la cocina, de espaldas a mí.

- Lo entiendo perfectamente. Estás de mal humor y la pagas conmigo.

- ¿Sabes qué? – giró la cabeza y me miró desde la encimera -. Me voy de esta casa –amenazó.

- ¿Y dónde vas a ir, Mildred, al tejado de la vecina?

- ¡Pues sí! Es mucho más fresquito que este jodido apartamento.


Y dicho esto, antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba pasando, la vi saltar hacia el marco de la ventana, desde donde se volvió para mirarme orgullosa con esos ojos verde claros, casi amarillos y, tras girar sobre sus patas, de un brinco desaparecer de mi vida.


Por supuesto en aquel momento pensé que en un rato volvería por donde se había ido. ¿Qué iba a hacer Mildred sin mí? Era incapaz de cuidarse por sí misma. Todavía recuerdo el enfado que cogió aquella vez que la dejé sola un fin de semana entero en casa. Estuvo una semana ignorándome. Y eso que le dejé comida y agua suficiente como para pasar un mes sola. Desde entonces, no me he atrevido nunca a irme sin dejarla con un canguro o con mi madre.


Pero Mildred no volvió. Todavía no ha vuelto, y de eso hace ya tres meses. Lo peor de todo es que ni siquiera puedo explicárselo a nadie. ¿Quién me iba a entender? Incluso mi madre me miró como si me viera por primera vez cuando le dije que la gata me había abandonado. “Se habrá perdido, mujer, Pura, no seas dramática”. Desde entonces no ha parado de insistirme para que me compre otra. Que me ve muy sola, me dice. No comprende que Mildred es insustituible. Hasta me hubiera acostumbrado a esa voz grave que tenía. Si no le hubiera podido la impaciencia, habríamos podido hablar y arreglar nuestras diferencias. Pero, claro, ¿qué sabrá ella sobre la comunicación? Si era la primera vez que hablaba.