martes, 16 de septiembre de 2008

Tout s'arrangera



Sábado, 21 de febrero de 1981

Hemos llegado a Bayeux a las 10 de la mañana. Más de un día después de salir de Osuna en el autobús. El viaje ha estado bien, hemos venido charlando. Rafa dice que se ha apuntado al intercambio para ligarse a una francesa. Rosario se metía con él, diciéndole que con lo bruto que es, las francesas saldrán huyendo, con lo finas que son. “En Francia son mucho más liberales”, ha dicho Luis. “Sí, claro, por eso van a estar esperando que lleguéis con los brazos abiertos, ¿no?”, ha contestado Marta, y he pensado que lleva razón; pero no lo he dicho. Al revés, he intentado apoyar a Rafa y a Luis y he gritado: “Todavía no nos hemos ligado a ninguna y ya estáis celosas”. Los chicos han aplaudido y las chicas me han llamado creído y salido. Y eso que no creo que me ligue a ninguna francesa. Llevo tres meses intentándolo con Sonia y todavía no me he atrevido a decírselo.

En el instituto nos estaba esperando Marie, la profesora de Español de los franceses. Nos ha hecho entrar en una clase para explicarnos todo lo que haremos durante la semana de intercambio. Después nos ha presentado a los alumnos que nos habían correspondido. A mí me ha tocado Pierre. Es moreno, alto y fuerte. Tiene dieciséis años, es uno de los mayores, ha repetido dos veces. Lo primero que me ha preguntado es si jugaba al fútbol. No lo he entendido hasta la tercera vez. Le he contestado que no y ya no ha vuelto a hablarme hasta por la tarde, para decirme que había venido su padre a recogernos. El padre se llama Antoine, me cae bien. Habla mucho. Aunque no lo entiendo, parece simpático. Pierre ha ido todo el viaje en silencio, escuchando música por los auriculares.

La casa está en medio del campo. Es muy grande, de piedra, con ventanas de madera. Jaqueline, la madre de Pierre, ha salido a recibirnos. Llevaba un delantal encima del chaquetón. Después he conseguido entender que se había estropeado la calefacción, por eso estaba cocinando con el abrigo puesto. Entonces me ha presentado a la hija, Sabine, que lleva los ojos tan pintados que parece que lleve un antifaz. Tiene el pelo negro con algunos mechones de rojo chillón. Y dos pendientes en cada oreja. Si la viera mi madre se llevaría un susto de muerte. También tienen un hermano pequeño, André. Se ha cambiado de habitación para que yo duerma en su cama, al lado de la de Pierre. Las paredes del dormitorio están llenas de pósters de futbolistas y cantantes sujetos con chinchetas.

Mientras ponía mi ropa en el armario ha venido la madre para darme una toalla y me ha dicho que cenaremos en un rato (¡son las seis y media!). Pierre se ha ido fuera a hacer footing. Yo le he dicho que estaba cansado y me he quedado solo en el cuarto. Como no sabía qué hacer me he puesto a escribir un diario.

Se me ha olvidado contar que esta mañana hemos visitado el instituto. Está muy bien. He visto que los franceses se pasan el día dándose besos. Cuatro cada vez que se ven. Creo que me llaman para cenar. Pepé, Pepé, con acento en la segunda e.

Domingo, 22 de febrero de 1981

Hoy hemos ido a Creully, que es en realidad el pueblo al que pertenece la familia de Pierre. Me han dicho que íbamos al mercado y que podía comprar regalos para mis padres. Los domingos ponen allí unas tiendas ambulantes, donde venden comida y licores. No tenía pensado comprarles nada, pero Jaqueline insistía tanto diciéndome que los quesos eran muy buenos que me he llevado dos.

Hemos ido Pierre, André y yo con los padres. André no paraba de dar saltos en el coche. Jaqueline le ha regañado para que se estuviera quieto, pero él ni caso. Me ha pisado varias veces. No le he dicho nada porque no quería parecer un chivato, así que he puesto los pies lo más lejos posible de él. Pierre estaba enfadado y ha ido todo el camino mirando por la ventanilla. En el desayuno ha discutido con Antoine. He entendido que Pierre quería que nos llevaran a casa de un tal Frederic (no sé si se escribe así), en Bayeux; pero el padre no ha querido. Entonces Pierre me ha preguntado “Qu'est-ce que tu préfères?” y yo he dicho “Je ne sais pas” y él me ha mirado con cara de fastidio. Luego he pensado que tendría que haberle dicho que prefería ir a Bayeux, pero en ese momento no he caído. Podría haberme avisado antes.

Sabine ha venido a desayunar con los pelos tiesos y los ojos con toda la pintura corrida. Parecía la niña del exorcista. No sé si la de la película, que no la he visto, pero sí la del Castillo del Terror que vino la última vez a la Feria. Ella se ha quedado en la casa porque mañana tiene un examen.

Creully es enano, pero hay un castillo muy guay, como de película. Lo hemos visto por fuera y luego nos hemos ido al mercadillo donde he comprado los quesos con la ayuda de Jaqueline. Ha empezado a llover y Antoine ha comprado cinco paquetitos que caben en un bolsillo y en realidad son bolsas con forma de chubasquero. Es una buena idea. Todos se han reido cuando he dicho que nunca los había visto antes. Nos los hemos puesto y hemos seguido paseando como si nada, aunque yo estaba chorreando de rodillas para abajo.

Antes de comer he llamado a mi casa desde una cabina. Mi madre me dijo ayer que la llamara para explicarle si estaba bien en la casa que me había tocado. Le he dado el número de teléfono de Pierre y me ha dicho que, a partir de ahora, ella me llamará a la hora de cenar, un día sí y otro no.

Hemos comido una cosa que se llama Raclette. Se pone queso en una minisartén, la minisartén se mete en un aparato que sirve para calentar el queso. Mientras se calienta, te pones en el plato patatas y embutidos y luego echas el queso derretido encima. Está bueno. André ponía la boca abierta en el borde del plato y empujaba la comida hacia adentro con el tenedor. Si lo viera mi madre se pondría histérica y se daría cuenta de que poner los codos en la mesa mientras como no es para tanto.

Por la tarde me he aburrido un poco. Pierre ha hecho un intento de hablar conmigo, me ha puesto música francesa y me ha preguntado si me gustaba. Le he dicho que sí por no molestarlo, pero en realidad no me gustaba. Le he preguntado si conocía alguna música española y me ha dicho Julio Iglesias. A Los Secretos no los conocía; pero sí a Dire Straits, aunque Pierre cree que son aburridos y prefiere a unos que se llaman The Police. Ha puesto una canción de ellos y está bien. Ya no hemos hablado más, se ha ido a ver la tele y yo me he quedado aquí escribiendo. ¡Son las 4 y ya es de noche! Menos mal que mañana hay instituto y veré a mis amigos allí.

Lunes, 23 de febrero de 1981

Son las 9 de la noche. Pierre está tumbado en la cama leyendo una revista y escuchando música. Yo estoy nervioso sin saber qué hacer, así que me he puesto a escribir. Hoy hemos visitado El tapiz de Bayeux, que es un tapiz de más de 60 metros de largo del siglo XI que cuenta la historia de una guerra entre Francia e Inglaterra. Es lo más famoso que tiene Bayeux, aparte de Anne Marie, la francesa que le ha tocado a Luis y está buenísima, a quien todos se quieren ligar. Yo ni lo intento, tendré suerte si me dirige la palabra en todo el intercambio. En todas partes hay carteles, postales y regalos con el tapiz de Bayeux. Tampoco es para tanto, cuando vayan los franceses a Osuna y vean los cuadros de Rivera de La Colegiata se darán cuenta de que los dibujos del tapiz no tienen comparación. Hemos estado por lo menos una hora viendo el tapiz, aunque los españoles mirábamos todo el rato a Anne Marie; las españolas a Bruno, el francés de Rafa, un tío con tupé que las iba sobando a todas; los franceses, que no son tontos, miraban a Carmen y, cómo no, las francesas a Quico, como hacen de costumbre las españolas cuando no hay francesas. Después hemos ido a dar una vuelta por el pueblo. Bueno, es casi una ciudad, porque es bastante grande. Los franceses han vuelto al Lycée porque tenían clases. Yo me he ido con Luis, Antonio, Rosario y Marta a tomar un café a un bar. Hemos pedido un café au lait y nos han puesto un tazón de medio litro con leche y dos gotas de café. Le hemos preguntado a un camarero si no había cafés más pequeños y nos ha hecho una clase tipo Barrio Sésamo, sacando tazas de detrás de la barra a la vez que decía “grand” o “petit”. Hemos vuelto al Lycée, teníamos que estar allí a la 1 para comer y después nos hemos ido a ver la catedral. Ha sido divertido explicarnos lo que habíamos hecho el domingo. A Antonio lo llevaron a cazar topos. Le ha tocado una francesa muy pava que se pasa el día estudiando, aunque para el caso Pierre es igual, aunque en vez de estudiar escuche música. Pero por lo menos a mí me llevaron al mercadillo de quesos. Que para qué habré dicho nada, porque Rosario ha empezado a decir que ya se notaba el tufillo y tonterías así. Han estado toda la tarde dando por saco con el tema. Pero, la verdad, ahora que estoy aquí escribiendo en el cuarto, me parece que huelo a queso... Hablando de olores, Rafa cuando llegó a su casa no encontraba el WC por ningún sitio, porque aquí la bañera y el WC están en cuartos separados, así que al final se lo hizo dentro de la bañera, pero por el lado por donde no estaba el grifo. Y como no había ducha, tuvo que poner el tapón y llenar un poco la bañera para que se fuera la meada. Entre unas cosas y otras estuvo un buen rato allí dentro y después Bruno le preguntó que qué hacía y se tuvo que inventar que había tenido que lavarse los piés. Entonces fue cuando el francés lo llevó al WC para explicarle que la próxima vez se los lavara en el bidé, que está en el mismo cuarto.

Después de la catedral hemos vuelto al Lycée y cada uno a su casa. Luis y Marta tienen suerte, porque su casa está en el pueblo y pueden quedar; pero yo estoy en medio del campo y no hay nada que hacer. Cuando hemos llegado a la casa, Sabine me ha enseñado a jugar al solitario. Aunque sigue con las mismas pintas, ahora ya me parece más simpática, por lo menos me habla, no como Pierre. No he jugado mucho, porque ha venido André y ha empezado a preguntarme cosas, como si me gustaba más el fútbol o el baloncesto o si sabía jugar a nosequé. Hemos cenado oeufs en cocote, que son una especie de huevos al plato, ensalada y embutidos. Estaba recogiendo los platos con Pierre y Sabine, cuando ha sonado el teléfono. Jaqueline ha venido y me ha dicho que era mi madre. Me ha parecido raro, porque quedamos en que hablaríamos mañana. Me ha dicho que ha habido un golpe de estado en Madrid esta tarde. Yo la verdad es que no sabía muy bien lo que era un golpe de estado, me sonaba algo grave, cosas de guerra o algo así; pero ella me ha explicado más o menos que los políticos están en Las Cortes y los militares los han secuestrado. Entonces se ha puesto a llorar porque mi hermano Manolo está en la mili en Sevilla, y dice que en Valencia los que están en la mili han salido con tanques a la calle y que a ver si va a haber una guerra y no voy a poder volver. Mi padre le ha quitado el teléfono y me ha dicho que no me preocupe, que ellos están bien y que no pasará nada. Yo oía a mi madre por detrás decir en voz baja: ”¿Cómo puedes decir que no pasará nada?” y echarse a llorar. Mi padre me ha preguntado qué habíamos hecho y le he contestado que habíamos visto el tapiz y la catedral y él me ha dicho que qué bien y que si estoy aprendiendo francés, pero en realidad lo que quería era aparentar que no estaba preocupado, que es lo que hace cuando lo está y la cosa es grave. Al final se ha puesto mi madre más tranquila y me ha dicho que había hablado con Manolo y que, de momento, estaba en el cuartel y estaba bien. Me llamará mañana otra vez. He colgado y cuando he ido a la sala Jaqueline y Antoine ya sabían lo que pasaba en España, porque estaban viendo la tele. Jaqueline me ha preguntado cómo está mi familia. No le he explicado lo de Manolo, porque tampoco sé cómo explicárselo en francés, así que le he dicho que bien y ella me ha abrazado. Me ha dado un poco de corte y no sabía dónde poner las manos. Después he jugado un rato con Sabine al solitario y me he venido al cuarto. Me han entrado ganas de llamar a Sonia, que no ha venido porque ella es de inglés, y seguro que cuando volvamos a Osuna ya estará saliendo con alguno; pero aquí ¿desde dónde voy a llamar? También me he acordado de Manolo. Espero que no tenga que salir con los tanques ni nada de eso. Está de administrativo, así que no creo. Es un cachondo y parece muy valiente, pero en el fondo es un cagao, sólo se fue a la mili porque no sabía qué estudiar y decía que así se la quitaba de encima. ¡Qué mala suerte, joder! Me he puesto nervioso pensando en eso y he decidido escribir, porque tampoco sabía muy bien qué hacer.

Martes 24 de febrero de 1981

Hoy nos han reunido a todos los españoles en el Salón de Actos del Lycée. Nuestros profesores de francés, Rafael y Lourdes, nos han explicado lo que está pasando en España. Estaban muy serios y con cara de no haber dormido mucho. Enseguida me he dado cuenta de que Luis y Marta se daban la mano. Después se han soltado, pero cuando Rafael ha dicho que ayer por la noche el Rey salió por la tele y dijo que él no estaba de acuerdo con los militares ni con el golpe de estado, Marta ha soltado “¡Bien!” y le ha vuelto a dar la mano a Luis. Me he preguntado qué habría pasado con estos dos y la verdad es que estaba más pendiente de ellos de lo que decían los profesores. Lo del Rey parece que es muy bueno, porque como es el jefe de las Fuerzas Armadas, los militares tienen que hacerle caso y dejar libres a los políticos. El peor es Tejero, porque no ha obedecido al Rey y sigue encerrado en Las Cortes sin dejar salir a nadie. Rafael y Lourdes nos han dicho que vamos a esperar a ver qué pasa y que de momento cancelábamos la visita al Cementerio Americano, a donde teníamos que ir hoy. En vez de eso, nos han dicho que acompañemos a los franceses a las clases. No me ha dado tiempo de hablar con Luis ni con Marta, porque después de la reunión han venido los profesores franceses, que también tenían cara de no haber dormido, y nos han dicho a qué aula teníamos que ir cada uno. Yo he sido de los primeros en salir y con toda la bulla no he podido preguntarle a Luis. Ahora estoy en 1ºE, sentado al fondo de la clase de Pierre. Están dando Física y no hay ningún otro español aquí. Como me aburría, me he puesto a escribir.

Miércoles 25 de febrero de 1981

Tengo un montón de cosas que escribir y no sé si me dará tiempo, porque dentro de un rato Antoine nos llevará a Pierre y a mí a Bayeux a cenar a casa de Silvie junto con otros españoles y franceses del intercambio. Silvie es la fracesa a la que me he ligado. Yo todavía no me lo creo, aunque es verdad. Es delgada, un poco más baja que yo y pelirroja. Lo que menos me gusta es que lleva unas gafas rojas redondas y parece una azafata del Un, dos, tres, pero no está tan buena, claro. Lo que más me gusta son sus besos, tiene los labios suaves y esponjosos y no puedo parar de besarla. Ella tampoco puede parar. Por eso casi no he hablado con ella, aparte de todo lo que le conté del Golpe de Estado justo antes de enrollarnos ayer por la tarde. Ella también me decía Pepé, con acento en la segunda e; pero cuando empecé a decirle Sílvi, con acento en la primera i, aprendió a pronunciar mi nombre como es.

Ayer, después de la clase de Física, antes de que llegara el profesor de Ciencias, Silvie vino a preguntarme qué era lo que escribía. Ella está en la clase de Pierre y no se ha apuntado al intercambio. Le expliqué que escribía cosas del intercambio y que como estábamos en un Golpe de Estado a lo mejor servía por si había una guerra y no podíamos volver a España en mucho tiempo y después yo tenía que encontrar a mi familia. No sé de dónde me saqué eso, nadie nos había dicho que podría pasar algo así. A lo mejor fue porque el verano pasado leí Por quién doblan las campanas, en el que Jordan, el protagonista, se liga a María en medio de la guerra. Me dí cuenta de que Silvie se emocionaba y empezamos a hablar del golpe de estado. Yo no sabía muy bien qué explicarle, porque por la mañana no había prestado atención a los profesores, estaba distraido viendo cómo Luis y Marta se daban la mano. Exageré un poco la situación, porque veía que ella intentaba consolarme y eso me gustaba. También le expliqué que mi hermano estaba haciendo la mili y que seguramente le habrían obligado a salir con los tanques por Sevilla. Ella puso los ojos como platos, me cogió la mano y la apretó durante unos segundos. Bueno, todo esto se lo expliqué como pude, porque en francés es un poco difícil de decirlo. Supongo que ella me entendía más o menos. Después llegó el de Ciencias y tuve que volver a sentarme al fondo de la clase. Durante toda la hora Silvie estuvo enviándome papelitos que decían cosas como “Ne t'inquìète pas, tout s'arrangera” o “Je resterai toujours ton amie”. Yo le contestaba con otros papelitos que decían “Je l'espère” o “Merçi, moi aussi je serai toujours là pour toi”. Casi al final de la clase, vino una de las secretarias del Lycée a decirle una cosa al profesor. Entonces él me señaló y me dijo que tenía que ir al Salón de Actos a reunirme con el resto de profesores y alumnos españoles. De pronto, Silvie se levantó y preguntó si podía acompañarme; pero él no la dejó venir conmigo. Cuando llegué al Salón de Actos la mayoría de mis compañeros estaban allí, incluidos Luis y Marta sentados juntos en la última fila y cogidos de la mano. Me senté al lado de Luis y le pregunté en voz baja: “Tío, ¿te has enrollado con Marta?” Él sonrió y, antes de que pudiera responder, Marta se giró hacia mí y dijo: “Estamos saliendo desde ayer”. Y le dio un beso a Luis. Entonces llegaron los profes, Rafael y Lourdes. Enseguida me dí cuenta de que tenían buenas noticias, porque estaban sonrientes, no como por la mañana. Nos explicaron que el golpe de estado se había acabado, que los militares golpistas se habían rendido y habían dejado salir a los políticos. Todos nosotros empezamos a aplaudir y a pegar saltos. “Esta tarde iremos al Cementerio Americano”, dijo Rafael. Y nosotros seguimos gritando de alegría. En aquel momento pensé que en realidad ninguno de nosotros había entendido muy bien lo que estaba pasando, aunque todos habíamos tenido miedo de que algo horrible pudiera ocurrir, sin saber exactamente qué podría ser. Salimos del Salón de Actos y Luis aprovechó un momento para explicarme cómo se había ligado a Marta, mientras ella iba al cuarto de baño. Ya decía yo que tenían suerte viviendo los dos en Bayeux. Salieron con sus franceses por la noche y se habían enrollado. Luis me lo estaba contando, cuando vi a Silvie, buscándome. Nada más verme me preguntó qué había pasado. Le respondí que se había acabado el golpe de estado y ella me echó los brazos al cuello y me abrazó fuerte. Yo estaba como mareado y en un segundo pensé: “Ahora o nunca”. Le dí un beso en la boca, allí en medio del pasillo. Ella se despegó un poco, tuve miedo de que no le hubiera sentado bien lo del beso; estaba esperando a que me diera un empujón o algo así. Pero no, se acercó y me dio otro beso, más largo que el de antes. Desde entonces no hemos parado de enrollarnos. Luis se quedó de piedra, porque lo vió todo. Lo que no sabía es que la noticia era tan nueva para mí como para él.

Bueno, lo escribo rápido porque en un rato me voy, el caso es que comí con Silvie en el comedor y ella me presentó a tres amigas. Una de ellas era Béatrice, la francesa que le ha tocado a Carmen. Yo ya la conocía del día del tapiz. Entre todas decidieron que hoy iríamos juntos a cenar. Silvie pudo apuntarse a la excursión al Cementerio Americano, a la que fuimos todos, franceses y españoles. Es un campo enorme lleno de cesped y de cruces blancas. Los muertos judíos no tienen cruz, sino una estrella de David. Y está justo en la playa donde se produjo el desembarco de Normandía. Silvie y yo fuimos todo el rato de la mano. De vez en cuando, nos quedábamos atrás y aprovechábamos para besarnos. En el autobús de vuelta, Pierre me dijo que convencería a su padre para que hoy nos llevara a Bayeux a cenar a casa de Silvie. Y me guiñó un ojo. Creo que desde ese momento empecé a caerle mejor y él también a mí.

Esta mañana hemos ido a Caen, que es una ciudad grande cerca de Bayeux. Hemos estado viendo el Ayuntamiento, que en realidad se llama Abbaye aux Hommes, la abadía de los hombres. Y después, sobre todo las chicas, han estado comprando regalos y postales. Los chicos se dedicaban a mangar cosas en las tiendas. Es increible lo fácil que es, nadie vigila nada. Yo he estado explicando a Luis lo de Silvie y no he robado nada porque me pongo nervioso y se me nota, aunque sí he distraído varias veces al dependiente para que Rafa pudiera llevarse algo. Lo he hecho porque el tío es un pesado y no paraba de insistir. Luis tampoco tenía mucho interés por mangar nada, pero sí por saber cómo había empezado a salir con Silvie y por explicarme cómo se había enrollado con Marta.

Hemos llegado al Lycée después de comer. Silvie me ha dicho que me ha echado mucho de menos, pero enseguida ha llegado Antoine a recogernos a Pierre y a mí para ir a casa y dentro de un rato nos vuelve a llevar a Bayeux. Pierre ha convencido a su padre para que nos deje quedarnos a dormir en Bayeux, en casa de Frédéric, que es el francés de Quico. Mañana hacemos una excursión al Mont Saint-Michel. He hablado con mi madre y me ha dicho que Manolo está muy bien y que le dan permiso el fin de semana para ir a Osuna. Estaba contentísima.

Jueves, 26 de febrero de 1981

Frédéric vive en una casa grande con una casita pequeña en el jardín, que es en realidad su habitación y cuarto de estudio. Como es independiente de la casa de sus padres, puede hacer lo que le dé la gana allí. Fuimos a la cena nueve personas. Los franceses: Pierre, Frédéric, Béatrice, Silvie y dos amigas suyas que no se han apuntado al intercambio. Los españoles: Carmen, Quico y yo. La madre de Silvie es muy simpática y muy joven. Yo estaba muy cortado, porque Silvie ya le había explicado que salimos juntos. Es increible, la madre estaba tan contenta y no paraba de preguntarme cosas. Y Silvie no se cortaba dándome la mano y cosas así. Aquí los franceses son muy liberales. Después de la cena, más o menos a las diez de la noche, Pierre le dijo a la madre de Silvie que si podíamos ir a casa de Frédéric a escuchar música. Al principio no quería dejarla salir, porque era muy tarde y al día siguiente había que ir a clase; pero al final entre todos la convencimos. En el cuarto de estudio de Frédéric estuvimos escuchando música. Entonces me dí cuenta de que no era el único que había ligado. Quico estaba con Béatrice, enseguida se fueron a la habitación. Y Frédéric estuvo intentando enrollarse con Carmen, diciéndole que podrían intercambiarse las casas cuando a ellos les tocara ir a Osuna: Béatrice en la de Quico y él en la de Carmen. Ahora sé que consiguió ligársela, pero la verdad es que yo no los vi, porque a las doce Silvie dijo que tenía que irse, que era demasiado tarde, y la acompañé a su casa. Antes de entrar, nos enrollamos junto a una tapia que hay delante de su jardín y esa ha sido la mejor vez porque estábamos solos y la acaricié por todo el cuerpo. No quería que se fuera, pero ella decía que su madre le regañaría por llegar tan tarde. Me prometió que intentaría venir hoy al Mont Saint-Michel y entró en su casa.

Al final Silvie no ha podido venir a la excursión. Como no está apuntada al intercambio, no la han dejado. Estaba casi llorando cuando me lo ha dicho. Al principio, en el autobús, yo estaba serio, no me apetecía nada pasar todo el día por ahí, estaba cabreado porque Silvie se había quedado en Bayeux. Rosario se ha sentado a mi lado y ha empezado a canturrear: “Pepe se ha enamorado, Pepe se ha enamorado”. Yo hacía como que no la oía, pero le hubiera tapado la boca con mucho gusto. Rafa, que es un bruto pero es buena gente, ha gritado: “Pepe es el más listo de este autobús, coño”. Nos hemos reído y se me ha pasado el cabreo. Además, luego se han empezado a meter con Quico, Carmen, Béatrice y Frédéric. “Esto no es un intercambio, ¡es un doble intercambio!”, gritaba Rafa. Carmen se ponía roja como un tomate y no dejaba a Frédéric ni darle la mano.

El Mont Saint-Michel es un monte en medio de una playa gigantesca. Cuando sube la marea se convierte en isla. La marea sube a la velocidad de unos caballos galopando. Eso no lo hemos visto. Por lo menos no me he dado cuenta. Encima del monte hay un monasterio como de película y todo el pueblo está lleno de museos, de iglesias, murallas, restaurantes y tiendas. Le he comprado a Silvie una colonia. Rosario me ha ayudado a elegirla. A Luis y Marta casi no los he visto. Se han pasado el día dándose besos por las esquinas. Casi todo el rato he estado con Pierre, Antonio, Rosario, Rafa y sus franceses. Rafa no paraba de robar cosas a escondidas de los franceses, a quienes les molesta que vayamos mangando por las tiendas. Rafa dice que lo que se lleva ya se lo cobran por otro lado. Puede que lleve razón, porque nos hemos comido un bocadillo en un bar que nos ha costado un ojo de la cara. Aquí en Francia todo es mucho más caro que en España, pero en el Moint Saint-Michel mucho más. Mientras comíamos, Antonio ha estado hablando de la que podría haberse armado con el golpe de estado. Decía que ahora podíamos estar en guerra y que gracias al Rey todo se había solucionado. Antonio piensa que la culpa de todo la tienen los franquistas, que no se han acostumbrado a que en España ahora hay una democracia. “Si viviera Franco, anda que íbamos a estar nosotros de intercambio en Francia”, ha dicho. “Pues mi padre dice que con Franco vivíamos mucho mejor, sin tantas huelgas ni terrorismo ni nada”, ha soltado Rosario. “Ni libertad”, ha añadido Antonio.

Después hemos cogido el autobús de vuelta y Antoine nos esperaba en el Lycée. No he podido ver a Silvie. Hace un rato que hemos cenado. Sabine no está, creo que se ha ido a estudiar a casa de una amiga.

Viernes, 27 de febrero de 1981

Esta mañana he vuelto a ver a Silvie. Le he dado la colonia. Le ha encantado. Nos hemos visto en todos los descansos entre clase y clase. Ella está triste porque mañana nos vamos, pero yo le digo que no lo piense. Ahora estamos en el Salón de Actos, vamos a ver una película del desembarco de Normandía. A las doce hay un partido de fútbol entre españoles y franceses. Yo no juego, no me gusta el fútbol, pero iré con Silvie a animar. Esta noche hay una fiesta de despedida en el Lycée. Rafa dice que es su última oportunidad. Yo tengo ganas de ir, pero por otro lado me da pena que se acabe la semana de intercambio. No sé cuándo volveré a ver a Silvie.

Sábado, 28 de febrero de 1981

Estoy en el autobús. He dormido un rato, pero me ha despertado Rafa, dándose cabezazos contra mi hombro. Vamos todos en silencio porque estamos muertos entre la fiesta de ayer y el viaje de hoy, la mayoría va durmiendo.

Ayer fuimos al partido. Ganamos los españoles. Silvie me dijo que intentaría apuntarse al intercambio para venir a Osuna con el resto de franceses. Me hizo prometerle que le escribiría todos los días. La fiesta estuvo muy bien. Fue en el gimnasio del Lycée. Ponían una canción francesa y una española. A Silvie le gustaron Los Secretos. Bailamos un montón de lentos. Me daba un poco de corte enrollarme con ella delante de todo el mundo, así que salíamos de vez en cuando al patio para estar solos, aunque siempre había parejas fuera, pero eso ya no me importaba. Rafa al final se ligó a la francesa pava de Antonio. Nos hemos estado riendo de él un buen rato por eso. A él le da igual, también se reía. A la una vino Antoine a recogernos a Pierre y a mí para llevarnos a su casa. Más o menos todo el mundo se fue a esa hora, porque se acababa la fiesta en el Lycée. Bueno, menos los que viven en Bayeux, que estuvieron por lo menos hasta las tres en casa de Frédéric y Quico. Esta mañana hemos salido a las nueve. Me he tenido que levantar muy temprano, porque ni siquiera había hecho la maleta. Los quesos huelen un montón, seguro que apestan toda mi ropa. Silvie ha venido a despedirse. Lloraba todo el rato. Yo intentaba consolarla y le decía que nos veríamos cuando viniera a Osuna, aunque no es seguro que pueda venir. Ojalá la dejen. Me ha regalado un cassette de música francesa, la mayoría de canciones que pusieron en la fiesta. No es que me guste mucho, pero es un detalle. “Je t’aime” ponía en la carátula. Me lo ha dicho varias veces antes de que subiéramos al autobús. Yo también se lo he dicho a ella, claro. Por supuesto no he llorado, pero tenía un nudo en la garganta. Pierre me ha dado la mano al despedirse.

Todavía nos queda mucho viaje, aunque tengo ganas de llegar. Sobre todo para ver a Manolo y explicarle que al final he ligado. Él siempre se mete conmigo por eso. También quiero que me cuente si tuvo que salir con los tanques a la calle durante el golpe de estado. Menos mal que al final se arregló todo. Si no, cualquiera sabe qué hubiera pasado, igual hubiéramos tenido que volvernos y los franceses no podrían venir a Osuna en mayo, durante la feria. Me alegra saber que cuando lleguemos a España todo estará igual que antes. Acabo de encontrarme en el bolsillo del pantalón la notita que Silvie me envió: “Ne t'inquìète pas, tout s'arrangera”