sábado, 19 de abril de 2008
Rosas contra el olvido
Las calles de Barcelona se llenan de tenderetes y de gente que pasea cargada de libros y de rosas. Es una fiesta en la que todos participan, un día en el que merece la pena salir a darse una vuelta y disfrutar del ambiente. Me encanta la combinación de libros, rosas y amor.
Supe el otro día de una iniciativa, Rosas contra el olvido, que invita a la gente a regalar rosas a personas mayores que sufren las consecuencias de la soledad y la vejez. El objetivo, llegar a las 1001 rosas. No son muchas, ¿los ayudamos?
Cumpleaños desapercibido
© Saul GMGracias, gracias, gracias mil por no dejar de sorprenderme, por hacer que ese adjetivo que titula este blog siga teniendo sentido, por manteneros atentos a pesar de los cambios de ritmo. Estoy aprendiendo, gracias por la paciencia.
Es un placer veros por aquí. Coged una copa y brindad conmigo.
El baño

Amaneció un día espléndido de primavera tardía. Cálido, soleado, claro. Yo había estado esperando durante todo el invierno que llegara un día así. Cada vez que me asomaba al balcón, observaba la piscina reluciente, con sus pequeños azulejos de gresite que teñían el agua de un azul intenso, casi irreal. Me sentía fascinada por su quietud, sólo interrumpida a veces por las ondas que dejaba a su paso algún gorrión que sobrevolaba el agua, apenas rozándola para beber. Los días de lluvia, se me pasaban las horas mirando embelesada las diminutas salpicaduras que agitaban la superficie, componiendo una coreografía hipnótica como las interferencias de una televisión no sintonizada, en la que las oscilaciones provocadas por cada gota de lluvia se entrecruzaban como las notas improvisadas de una jam session.
La piscina está situada en medio del patio trasero de nuestra casa, orientado al sur. La rodea una franja de césped que termina en los muros altos de piedra que delimitan el jardín. Muy pocas veces sopla el viento y siempre viene del norte, pasando por encima de la casa sin alterar la placidez del agua.
Cuando desperté aquel sábado de primavera, me asomé al balcón y comprobé que no había ni una sola hoja flotando sobre la superficie de la piscina, parecía como si toda el agua fuese un solo bloque inamovible de cristal azul. Durante unos segundos me sentí como parte de una fotografía, detenida en el tiempo. Un instante sólo alterado por el deseo de sumergirme en el agua después de un rato de sol.
Entré en la habitación. Mi marido todavía dormía en nuestra cama. Había llegado tarde la noche anterior y no quise despertarlo. Además, me apetecía disfrutar sola de ese momento que había estado esperando durante todo el invierno.
Unos días antes me había comprado un bikini nuevo. Decidí estrenarlo, pero mientras me desnudaba sólo podía pensar en el placer del baño que iba a darme, el primero de la temporada de calor, y entonces el bikini me pareció una prenda incómoda e innecesaria. Yo no solía bajar desnuda. Mi marido siempre insistía en que los muros del jardín eran lo suficientemente altos como para que nadie pudiera vernos desde otras casas; pero me incomodaba estar sin ropa al aire libre, siempre pensaba que alguien podría llegar a la casa de forma inesperada, aunque sabía que era un temor infundado, porque la única persona que tenía llaves era la asistenta, quién siempre llamaba antes de entrar. Sin embargo, aquel día bajé las escaleras desnuda y me tumbé sin pudor en una de las hamacas del jardín.
Estuve durante un buen rato acumulando rayos de sol y calor, alargando la espera del baño como un niño que deja la mejor golosina para el final, hasta que sentí unas gotas de sudor recorrer mi costado y me incorporé, dispuesta a sumergirme en el agua. Noté que estaba agitada, nerviosa, como cuando se acerca el momento de un primer beso. Quizás por eso mi recuerdo de aquel instante sea un poco difuso, como si en mi memoria no hubiera quedado sitio más que para la excitación y el deseo de estar dentro de la piscina.
Bajé despacio por la escalerilla, sintiendo cómo se me erizaba la piel al contacto con el agua fría, cómo mi respiración se aceleraba y perdía el compás a medida que mi cuerpo se empapaba. Me sumergí por completo y me repuse de la impresión inicial con un par de brazadas suaves. Podía ver cómo al nadar iba dibujando en la superficie una pequeña ola que me precedía sólo unos centímetros y me sentí hipnotizada por la suavidad con que el agua mansa se iba transformando en onda hasta llegar al borde de la piscina.
Nadé con suavidad durante un tiempo indeterminado, gozando de una especie de ingravidez que me iba transformando. De pronto reparé en que no estaba cansada, era como si los brazos y las piernas se movieran sin esfuerzo, flotando al son del agua sin que nada los impulsara, como si no tuviera huesos y mis músculos se hubieran vuelto fluidos. Mi baño sólo se interrumpía de forma desagradable cuando sacaba la cabeza para respirar. Justo entonces, sentía que me ahogaba.
Seguí nadando y buceando, abstraída por completo de pensamientos y cada vez alargaba más el momento de salir a respirar. No sé cuánto rato estuve así, de un lado a otro de la piscina, pero recuerdo que varias veces descarté la intención de terminar el baño e ir a preparar el desayuno. Tendría que secarme un poco al sol y subir a casa. Pero me sentía tan relajada que en el mismo instante que pensaba eso, decidía pasar un rato más en la piscina.
En un momento dado me dí cuenta de que, de una zambullida, había dado dos vueltas buceando a la piscina. Me maravillé por mi recién descubierto aguante. Aunque no tenía necesidad, por inercia, saqué la cabeza del agua para respirar. En un segundo vi a mi marido asomado al balcón. Me pareció que estaba buscándome; pero antes de poder gritarle que estaba dándome un baño, sentí una angustiosa opresión en los pulmones y una asfixia insoportable. En un movimiento reflejo volví a sumergirme hasta que pude recuperarme y sentirme un poco mejor. Desde debajo del agua podía ver a mi marido entrar y salir de la habitación, buscándome con la mirada desde el balcón. Pensé que tendría que advertirle de que estaba en la piscina, pero cuando intenté llamarlo, otra vez con la cabeza fuera del agua, volvió la opresión y la asfixia y me zambullí de nuevo, sin apenas tiempo para emitir un gemido que él no pudo escuchar.
Asumí que en algún momento él me encontraría y me abandoné a la ingravidez del agua, resistiéndome a realizar ningún esfuerzo por nadar, meciéndome en el propio movimiento ondulatorio que yo había creado. Poco a poco me invadió la sensación de que ocupaba toda las piscina, notaba el roce de los pequeños azulejos de gresite en mis caderas, en la espalda, en las plantas de los pies. Y esa percepción me fascinaba, nunca había sentido tanto bienestar, una armonía que no tenía comparación con ningún momento que yo hubiera vivido. No estaba sumergida en el agua. Era el agua misma. Me sobrevino esa certeza como cuando alguien sabe que tiene hambre, de una forma natural, sin razonamiento ni preocupación. Miré mi cuerpo desnudo y no me sorprendió no verlo, porque yo estaba dentro de mi cuerpo, que había ocupado el volumen de toda la piscina.
Desde entonces, paso unos inviernos apacibles, a veces mecida por la cadencia de las gotas de lluvia que se funden en mi superficie, y unos veranos agitados por los baños de la familia que vino a vivir a la casa el otoño siguiente, cuando mi marido se trasladó, después de un verano extraño, lluvioso y frío.
He sido feliz todo este tiempo, pero ahora me asalta una preocupación. He oído decir que van a hacer obras en el patio. ¿Y si tuvieran que vaciar la piscina?
martes, 11 de marzo de 2008
La cena
- ¿Te ayudo? - le había preguntado ella.
- No hace falta - había respondido él, ansioso por desaparecer de su vista y repasar a solas, una vez más, la conversación que tenía pendiente con ella.
Se había ofrecido a hacer la cena. "Julia, tenemos que hablar", le diría después. Una ensalada y algo de fruta. "¿Qué pasa?", respondería ella. Una cena sencilla, sosa, sin riesgo de que a ella le gustase especialmente. "Ya no te quiero", continuaría él. De esos platos cotidianos que pasan desapercibidos. "¿Qué? ¿Qué quieres decir con que ya no me quieres?", preguntaría ella de forma retórica clavando sus ojos en él. Una comida rápida hecha sin amor, una más de una noche más. "Ya no siento lo mismo por ti", trataría de explicarse él. Lechuga, tomate, zanahoria, espárragos, maíz y rábanos. "¿Has conocido a alguien?", preguntaría ella tratando de justificar el desamor. Nada elaborado ni delicioso. "No, no es culpa de nadie", él le diría la verdad. Una cena anodina que, sin embargo, los dos recordarían siempre.
- ¿Quieres que fría un poco de beicon y se lo echamos a la ensalada? - Julia apareció en la cocina por sorpresa.
- Por mí no, pero si tú quieres - ya estaba, ya se había liado, ya no sería la cena aséptica que necesitaba. Ahora ella, como siempre hacía, se afanaría en compartir con él aquel momento. Querría resucitar su ensalada muerta, dar vida a una cena marchita, combatir el silencio con una de esas discusiones circulares en los que ambos se abandonaban a la decisión del otro, "como tú
quieras, a mi me da igual".
- Venga sí, y abrimos una botellita de vino - afirmó Julia, sorprendiendo a Manuel con su determinación.
- No - cortó él. - Bueno, yo no quiero, que mañana me tengo que levantar temprano - añadió, tratando de suavizar la frialdad de su negación anterior.
- ¿Qué te pasa? ¿Estás de mal humor? - preguntó ella y él se sintió culpable.
- No me pasa nada - respondió Manuel, alargando la primera sílaba de la palabra "nada", como si fuera la tercera vez que pronunciaba aquella frase.
- Bueno, pues yo sí beberé un poco de vino - dijo Julia fingiendo no haber oído el tono con que él le había contestado.
Se hizo un silencio incómodo mientras ella descorchaba una botella. Manuel observó las piernas de Julia a las que había dedicado su mirada tantas horas hacía tantos años. Las seguía teniendo bonitas. Incluso cuando asomaban por debajo del camisón, luciendo aquellos calcetines para llevar sin zapatos con topitos plastificados en la suela y que le llegaban a la altura de la
pantorrilla. Parecía una niña. Ese pensamiento le dió ganas de llorar. ¿Cómo explicar algo que uno mismo no entiende? Ya no la quería. No había nada más. Y a la vez sentía la necesidad de abrazarla. Quizás para dejar de sentirse culpable. O para dejar de sentirse tan solo.
Ella abrió la botella sin esfuerzo, aunque con aquella mueca que siempre hacía cuando estaba concentrada, asomando la punta de la lengua por el lateral de la boca.
- ¿Seguro que no te apetece? - preguntó ella levantando la botella.
- Ya no te quiero - dijo Manuel, mirándola. Y se le ocurrió que, como en el cine, un zoom alejaba el fondo y acercaba la imagen de ella que resaltaba nítida sobre la cocina desenfocada.
Julia puso despacio la botella sobre la encimera; pero no la soltó. Se agarró a ella como si fuera un punto de apoyo. "¿Desde cuándo?", preguntó como si se hubiera perdido en medio de una ciudad desconocida.
- Ya no me acuerdo - respondió él.
Ella retiró despacio la mano con que sujetaba la botella. El corcho rodó por la encimera y cayó al suelo. Los dos se concentraron en seguir su recorrido, hasta detenerse a los pies de Julia. Manuel vio salir de la cocina a los calcetines de topos plastificados antes de preguntarse cuántas ensaladas resucitadas habían compartido desde que la conoció.
sábado, 23 de febrero de 2008
El mejor momento del día
© click
Cuando llega la hora de comer, Pilar prefiere salir del hospital y sentarse en un banco del parque a tomar un bocadillo. Es un momento para respirar, un momento de sosiego, al que se abandona con placer, el mejor momento del día. A veces camina un rato y da vueltas a la manzana. Mira con un poco de envidia a los transeuntes. Ellos son libres. Tienen una vida normal, van a trabajar, llevan a los niños al colegio, leen una novela en el autobús, están preocupados por la subida de los precios, por el cambio climático o por el paso del AVE por el centro de la ciudad. Esperan el fin de semana para descansar, o quizás, con un poco de suerte, salir de la ciudad con algún plan que los sacará de la monotonía de cada día.
Pilar dedica su tiempo de la comida a fantasear que es una persona normal, que sale de su trabajo estresante y se relaja un rato antes de volver a la oficina. A veces, incluso proyecta un fin de semana en la playa o mira escaparates a ver si encuentra un bonito vestido para el verano.
Los días de lluvia se va a la estación y pregunta los horarios de los trenes que van a Tarragona. Y se sienta frente a los paneles de información de salidas como si estuviera esperando que anunciaran el andén al que se tiene que dirigir para coger su tren. Observa con curiosidad a los viajeros, tratando de adivinar a dónde van y si compartirán vagón con ella.
Pilar saborea despacio el bocadillo y disfruta de ese momento, el mejor del día, un rato que ella ha decidido inconscientemente que será suyo, donde no quepa el dolor, ni la preocupación, ni la angustia, ni la culpa. Y en ese rato, sin darse cuenta ni proponérselo, acumula energía y fuerza, a base de pensar que es una persona como las demás, con una vida normal, medianamente feliz, medianamente tranquila.
Después, vuelve al hospital sin rencor, sin nostalgia porque el mejor momento del día se acabe. Vuelve al hospital gozando de esos últimos minutos de libertad, de aire, de normalidad. Y cuando entra en la habitación donde su hijo Andrés lleva ingresado seis meses, Pilar ya no se acuerda de su otra vida, de la vida normal que sueña cada día a la hora de comer. Se acaban las preocupaciones normales por la subida de los precios, por el cambio climático o por el paso del AVE por el centro de la ciudad, y se instala otra preocupación mucho más honda, más hiriente, más culpable, una preocupación que no tiene vacaciones ni fines de semana, una preocupación contraria a lo normal, extraña, enfermiza, dolorosa, la que la mantiene alerta ante cada respiración de su hijo, el niño que, según dicen, ya ha vivido más de la cuenta y que, sin embargo, quiere ser médico de mayor.
viernes, 22 de febrero de 2008
Taller de Cine y Vídeo
“Taller de Cine y Vídeo”. Enseguida me llamó la atención el pequeño cartel colgado en el tablón de corcho de la Casa de
Tenía algunos amigos allí, como Víctor Pineda, el alcalde, un chico de mi edad que se metió en política más por aburrimiento que por vocación, y que, de vez en cuando, conseguía subvenciones para organizar cursos o conciertos en la Casa de la Cultura del pueblo. Entre Víctor y yo convencimos a Elena, la de la mercería, para que se apuntara al taller. Además, se inscribieron otros tres compañeros que yo sólo conocía de vista. Julián, quién estudiaba a distancia Filosofía mientras ayudaba en el bar que regentaba su padre en el Casino; Ana, la peluquera y Serafín, un carpintero por vocación que construía maquetas de edificios famosos con palillos de dientes.
El primer día del taller nos estábamos presentando cuando aparecieron nuestros profesores, Daniel y Gema, cargados con una cámara y un maletín lleno de vídeos y documentos. Eran una pareja joven que dedicaban sus fines de semana a ir de pueblo en pueblo impartiendo aquel curso, contratados por Ayuntamientos o Colegios, compaginando esa actividad con su trabajo en una tienda de telas que el padre de Daniel tenía en la ciudad.
Gema nos explicó el programa del taller y nos aseguró que la cuarta semana seríamos capaces de montar un cortometraje en sólo dos días.
A medida que transcurría la mañana e íbamos enfrascándonos en la Historia del Cine, desde los hermanos Lumière hasta la llegada del sonido, Gema y Daniel se fueron transformando en divos en blanco y negro, transmitiéndonos su pasión por aquellas películas como si fuéramos los productores de los que dependía su rodaje. Gema adquiría la pose de
Creo que fue aquel día en el que Julián empezó a pensar en el argumento de nuestro corto, basándose en un poema del checo Vladimir Holan, Toscana. Aunque estuvimos encontrándonos en el Casino cada tarde desde ese fin de semana, intercambiándonos las películas que Daniel y Gema nos había prestado, hablando de cine y de posibles argumentos para el cortometraje, Julián no comentó que estaba escribiendo un guión hasta varios días después.
El sábado siguiente reanudamos el taller dispuestos a pasarnos otras seis horas viendo películas, pero Daniel y Gema lo dedicaron a explicarnos la parte técnica del cine, los tipos de planos, la iluminación, la construcción de las escenas, el enfoque. Estuvimos haciendo pruebas con la cámara y descubriendo trucos que se empleaban para dar efectos de miedo, de persecución o de lejanía. A partir de ese día, y durante mucho tiempo, no pude ver una película sin contar el número de veces que cambiaba el plano.
Antes de que acabara el fin de semana, Víctor ya nos anunció que había pedido una subvención para montar un cine fórum al cabo de unos meses, Elena comparaba a sus clientas de la mercería con actrices famosas, Ana quería hacer un curso de maquillaje para cine y teatro, Serafín soñaba con montar un taller de decorados en la ciudad y yo con organizar sesiones de cine con los vídeos que se pudrían en la biblioteca en la que trabajaba. Sólo Julián permanecía callado escuchándonos, aunque, de vez en cuando, preguntaba a Daniel y Gema sobre los tipos de plano más convenientes para escenas que le venían a la cabeza.
Entonces llegó la sesión de guión. Estuvimos esbozando algunas ideas que comentábamos con los profesores, la dificultad de rodarlas, los escenarios donde podrían transcurrir y otras dudas que iban surgiendo sobre
- Bueno, yo he escrito un guión –dijo él mirándonos a todos.
- Ah, ¿sí? Venga, pues léenoslo –le animó Daniel.
Julián empezó a leer su guión, después de decirnos con timidez que estaba basado en un poema. Había pensado en todo. Las escenas, los planos, el entorno, el vestuario. Los siete oyentes escuchamos hipnotizados la historia a medida que Julián nos explicaba cómo había imaginado cada escena, qué música acompañaría cada momento, qué sensación quería reflejar con cada plano.
Un escritor vive en un pueblo de
Un día, de pronto, recibe una carta de manos de una niña. La lee y la imagen se pierde entre las letras que se van difuminando hasta llenar
Nos quedamos boquiabiertos, sin saber qué decir.
- Ella era la muerte – explicó Julián, sin necesidad, antes de que pudiéramos expresar nuestra admiración.
Al cabo de unos segundos de silencio, Gema dijo:
- Chicos, vamos a rodar ese corto.
Y entonces nos pusimos a trabajar. Daniel empezó a pensar en el vestido de la protagonista, que coseríamos con telas de su tienda. Serafín iba dándole vueltas al mecanismo con el que haríamos el travelling circular. Julián, que había pensado en todo, nos llevó a ver los escenarios que había imaginado. Ana dijo que tenía un espejo que podíamos romper, claro que sólo podríamos hacer una toma de esa escena. Gema y yo estuvimos de acuerdo en que Víctor debía ser el escritor, porque era alto y delgado, con pinta de intelectual. Al fin, Julián se atrevió a sugerir que había pensado en Elena para representar el papel de la protagonista y a partir de ese momento todos empezamos a llamarla la musa.
Nos pasamos toda la semana organizando el momento del rodaje, revolucionamos a medio pueblo y en aquellos días ninguno de nosotros echó de menos estar en otro lugar o pensar en otra cosa que no fuera nuestro corto.
De todas las escenas, sólo tuvimos que renunciar al espejo roto en mil pedazos, porque a la hora de la verdad no conseguimos que se partiera más que en tres; pero incluso estuvimos tan orgullosos del travelling circular, que manteamos a Serafín por haber sido capaz de construir aquellos raíles artesanos con los que lo hicimos. Cada uno de nosotros fue cámara en los planos que más nos gustaban e incluso se nos unieron algunos amigos que sujetaban cartulinas blancas alrededor de Víctor y Elena para dar más luz a la escena.
El día del montaje, habíamos hablado tanto con Julián, con Daniel y Gema, que en unas horas lo tuvimos acabado y terminamos el taller brindando por nuestro trabajo con unas cervezas a las que nos invitó el padre de Julián en el Casino.
Los vecinos de Las Tablas fueron al estreno de Toscana en la Casa de la Cultura y todos nos sentimos como si estuviéramos pisando la alfombra roja del Teatro Kodak de Los Ángeles.
El Taller de Cine y Vídeo había acabado, pero cada uno de nosotros tenía dentro una inquietud que mantendríamos ya para siempre.
Seguimos encontrándonos con frecuencia, para ver películas o planear otro corto que había escrito Julián, Veinte de febrero, y que nunca llegamos a grabar.
Poco después, volvimos a coincidir con Daniel y Gema en la ciudad, porque habían presentado la cinta en una muestra de cine joven y había sido seleccionada para una proyección. Resultó un poco decepcionante después del estreno en Las Tablas, porque en la sala enorme sólo estábamos nosotros y otro grupo de gente que esperaban para ver su película que se proyectaba a continuación.
Vivimos aquel invierno como si fuéramos los protagonistas de un cuento de Éric Rohmer, llenos de sueños y de proyectos que aparecían en todos los encuentros por la calle, en los cafés que compartimos e incluso en las siguientes elecciones que Víctor volvió a ganar.
Un tiempo después me fui de Las Tablas. Era complicado mantener en buenas condiciones los mapas de la biblioteca, así que los trasladaron a una de la ciudad, más grande y con mejores instalaciones, por lo que mi trabajo allí se esfumó junto con los mapas. Desde entonces, hablé con algunos de mis compañeros del taller un par de veces por teléfono, en algún cumpleaños y también cuando supe que Ana y Serafín se casaban. Ellos me explicaron que hacía tiempo que Julián se había ido a vivir a Londres, cuando terminó la carrera de Filosofía, pero que no sabían nada más.
Hoy he tenido noticias de él, cuando he buscado en el periódico en la sección de cine una película para ir a ver mañana y he descubierto que en una sala pequeña, en la hora golfa del jueves, ponen Veinte de febrero, dirigida por Julián García.

