sábado, 26 de enero de 2008

Me cuesta hablar de lo que no me gusta, prefiero pensar en todo lo que me gusta


No me gustan las motos que tienen el tubo de escape a la altura de la cara del de atrás, que suelo ser yo, las uñas largas, las digestiones pesadas, especialmente si luego tengo que trabajar, las patatas que han sido congeladas, aprovechar hasta el límite las bolsas de basura, darme cuenta de que voy contando los pasos que doy sobre una misma baldosa de la calle, tararear horas seguidas la música de Los chicos del coro, que no se me va de la cabeza, los niños que parecen adultos, las muñecas Barbie, las peras rasposas, el pan chicloso, el tacto de los periódicos, las bolsas que no pueden arrugarse, poner en los ceniceros la capucha de plástico que recubre los paquetes de tabaco, salir de un bar oliendo a fritura, el vino blanco cuando no está frío, los días que parece que va a llover y al final no llueve, pensar que estoy malgastando el agua cuando me doy una ducha larga, la ropa de fibra que me hace sudar, ponerme crema protectora cuando voy a la playa, que me empiecen a hablar antes de darme dos besos, tener que utilizar otra palabra porque no recuerdo la exacta, llegar tarde, recordar que mañana es lunes el atardecer de los domingos, ir a comprarme ropa para las bodas y celebraciones similares, los pollos colgados de las carnicerías, las pilas usadas que voy acumulando en el cenicero antes de ir a tirarlas, los charcos malolientes de la calle de al lado, las palomas, el zumbido de un mosquito cuando estoy a punto de dormirme y pensar en las cosas que no me gustan.

Prefiero hablar de todo lo que me gusta, como el atardecer de los viernes previos a un fin de semana en el que todavía no tengo planes, llegar a casa pensando en el último libro que me está cautivando, el deseo de sentarme a leer calentita en invierno, las siestas de los sábados de otoño, la cerveza de los mediodías soleados de invierno, sentada en la terraza del bar que hay detrás del antiguo edificio de la Bolsa, las duchas largas con agua muy caliente cuando hace frío, las camisas de hilo blanco, la canción Yellow de Coldplay, descubrir un disco bonito de un grupo desconocido como el último de Madee. Me gusta, cuando pongo orden en mis papeles, releer antiguas cartas de mi amiga Bea y cuentos que escribí cuando era más joven, darme cuenta de que hoy me siento bien, que estoy cómoda y no me duele nada, hablar con mis sobrinos por teléfono y verlos correr hacia mí, calle abajo, cuando voy a verlos, abrazar a mi hermana Viky, las manos suaves y grandes de mi hermano Ramón, la mirada tranquila y castaña de mi hermano Lolo, besar a mi padre recién afeitado y sentir el aroma de su colonia de niño, reirme a carcajadas con mi madre recordando el viaje que hicimos cuando llevamos a Ramón de campamento, que mi abuela Antonia me cuente cosas de su juventud, los besos cortos y seguidos de mi abuela Pilar, las películas que me hacen llorar una y otra vez como Cinema Paradiso y las que me provocan la risa con sólo pensarlo como Misterioso Asesinato en Manhattan, meterme en la cama con pijama limpio cuando he cambiado las sábanas, dormir profundamente cinco minutos más después de parar el despertador, pillar en verde el semáforo de Dr. Ferrán con Diagonal cuando voy al trabajo.

Cuando era pequeña y veía a mi hermano Lolo comiendo albóndigas, deseaba que me gustasen tanto como a él. Recuerdo su cara de satisfacción mientras las mojaba en la salsa, las empujaba con un trozo de pan para cargarlas en el tenedor y se metía en la boca una buena cantidad. Después, viéndolo masticar al tiempo que preparaba otro bocado, yo pensaba que aquel manjar que él saboreaba con tanto placer tenía que resultarme exquisito, dados los aspavientos con los que él lo engullía. Pero no. A mi lo que en realidad me gustaba era verlo comer. Después, cuando yo cataba una de aquellas bolas de carne, su sabor me resultaba tan decepcionante que no podía explicarme cómo una comida que despertaba en mi hermano tal entusiasmo a mi me provocaba tanto desagrado.

Me pasó algo parecido con las alcachofas, pero esa fue una historia que terminó bien. Yo tendría unos siete años cuando mi madre retomó sus estudios de Farmacia, así que durante un tiempo la recuerdo liada con apuntes, libros y exámenes. Había semanas en las que se pasaba el día encerrada, porque quería acabar la carrera cuanto antes. Recuerdo que me gustaba presumir en el colegio de tener una madre estudiante. Celebraba sus aprobados y explicaba a mis amigas de entonces lo que ella me contaba de los profesores que la suspendían y de las asignaturas que eran “un hueso”. Por aquella época, mi madre estuvo unos días en la cama con gripe. Yo lo viví como unas vacaciones, porque cuando llegaba de clase, podía pasarme la tarde con ella en su cuarto, en vez de irme a jugar para que ella estudiara en silencio. Una noche que ya se encontraba mejor, mi padre le llevó a la cama una bandeja con la cena. Un plato de alcachofas calentitas, que ella empezó a comer con verdadero deleite. Yo pensaba que a mi no me gustaba esa verdura, pero ella me ofreció un poco y me dijo que, después, si bebía agua, el trago me sabría a regaliz. Lo probé y descubrí un sabor delicado que, desde entonces, me sigue encantando y siempre me recuerda a aquel momento. Por eso, el año pasado, cuando una de mis compañeras de un curso de escritura describió el color celeste como el sabor del agua después de comer alcachofas, celebré aquella descripción tan bella y acertada como si hubiera resuelto un acertijo.

Me gusta encontrar en los libros que leo detalles sorprendentes de cosas que jamás hubiera pensado que podrían expresarse con tal exactitud, como la descripción que me sorprendió un día, leyendo no recuerdo qué novela, de la rugosidad de la piel de las piernas justo debajo del trasero.

De mi cuerpo me gustan mis manos y mi cuello y me encantan los besos tanto en unas como en otro. Un día besé en la nuca a mi sobrino Luis de 4 años y me encantó cómo él, de forma espontánea, dijo:

- Cuando me das un beso aquí –señalando la nuca –, se me pone el corazón aquí –llevándose la mano a la garganta.

14 comentarios:

Mercè dijo...

Me encantan tus historias, Gloria. Felicidades y gracias por el blog, no dejes de escribir.

Gloria dijo...

Gracias, Mercè, por tu comentario y por tus ánimos. Eso intento, no dejar de escribir.

Besos agradecidos.

ChusdB dijo...

A mi no me estaba gustando que faltases tanto... ¡y me gusta,me encanta releerte otra vez!

Gloria dijo...

Y a mi me encanta encontrarte por aquí otra vez, Chus. Gracias por volver.

Besos de reencuentro.

NURIA dijo...

Me gusta tu actitud : mejor regodearnos en lo bueno que en lo malo, y cuanto más sencillo mejor.Me gusta que nos lo expliques.

Gloria dijo...

Me encanta la palabra regodearse, Nuria :-)
Un beso sonoro de los que me gustan.

natalia dijo...

Glooooooooria!!!
Cuando vuelva a nacer quiero ser como tú,
Pero como no sé cuando, ni como, ni en relación a qué volveré a nacer,sólo se me ocurre cantar esta conción:

Como tú, no hay nadie como tú lala lalala .......

Besos.

Gloria dijo...

Natalia, también me gusta (y mucho) que alguien se arranque con una canción en esta fiesta.

Un beso cantarín.

Anónimo dijo...

Nunca dejes de escribir, me encantan todos tus textos y siempre espero una nueva actualización de este blog. Gracias

Gloria dijo...

Gracias a ti, anónimo, por tus ánimos.
Un abrazo.

Anónimo dijo...

Nunca imagine que tuvieses tanta magia escribiendo, es mas, nunca supe que escribías!!!

El otro día (y muchos mas) me acorde de ti porque hay una frase que me dijiste hace muchísimo tiempo que decía: "sigue luchando
que tu, tienes estrella" ahora soy yo quien quiere decírtelo a ti.

Espero que no abandones, y que llegues lo más alto que puedas.

Muchos besos tu primo Patri.

Gloria dijo...

Patri querido!!

Leí tu comentario el otro día y no sabes la ilusión que me hizo. Me encantó, incluso se me saltaron las lagrimillas.

Pues sí, sigo pensando que tú tienes estrella y me encanta que te acuerdes de esa frase y que así también te acuerdes de mi.

Que sepas que gente como tú y Viky sois mi fuente de inspiración, así que si seguís dándome estas sorpresas ¡no abandonaré nunca!

Muchos besos, guapo, te quiero mucho.

Anónimo dijo...

B.R.A.V.I.S.S.I.M.A! habrè comido albòndigas y alcachofas calentitas contigo cienes y cienes de veces!

Todo lo que leì me encanta,unos por una cosa,otros por otra,pero las manos de Ramòn y el corazòn de Luis en la garganta,prima,me han llegado al alma.

Besos de recuerdos ùnicos.

Nieves

Gloria dijo...

Prima, ¡qué sorpresa encontrarte en mi fiesta! Recuerdo las cienes y cienes de veces que hemos tomado alcachofas y albóndigas juntas y todos los bailes que nos hemos echado juntas. Un gustazo tenerte danzando entre mis posts.

Te envío un beso fuerte fuerte de los tuyos con muchas ganas de verte pronto.