martes, 11 de marzo de 2008

La cena

Julia se había quedado sentada en el sofá leyendo una revista, mientras Manuel, en la cocina, batallaba con unos rábanos que se resistían a ser pelados. Se le escurrían de las manos, como se le estaba escurriendo desde hacía meses el momento adecuado para hablar con Julia.
- ¿Te ayudo? - le había preguntado ella.
- No hace falta - había respondido él, ansioso por desaparecer de su vista y repasar a solas, una vez más, la conversación que tenía pendiente con ella.
Se había ofrecido a hacer la cena. "Julia, tenemos que hablar", le diría después. Una ensalada y algo de fruta. "¿Qué pasa?", respondería ella. Una cena sencilla, sosa, sin riesgo de que a ella le gustase especialmente. "Ya no te quiero", continuaría él. De esos platos cotidianos que pasan desapercibidos. "¿Qué? ¿Qué quieres decir con que ya no me quieres?", preguntaría ella de forma retórica clavando sus ojos en él. Una comida rápida hecha sin amor, una más de una noche más. "Ya no siento lo mismo por ti", trataría de explicarse él. Lechuga, tomate, zanahoria, espárragos, maíz y rábanos. "¿Has conocido a alguien?", preguntaría ella tratando de justificar el desamor. Nada elaborado ni delicioso. "No, no es culpa de nadie", él le diría la verdad. Una cena anodina que, sin embargo, los dos recordarían siempre.
- ¿Quieres que fría un poco de beicon y se lo echamos a la ensalada? - Julia apareció en la cocina por sorpresa.
- Por mí no, pero si tú quieres - ya estaba, ya se había liado, ya no sería la cena aséptica que necesitaba. Ahora ella, como siempre hacía, se afanaría en compartir con él aquel momento. Querría resucitar su ensalada muerta, dar vida a una cena marchita, combatir el silencio con una de esas discusiones circulares en los que ambos se abandonaban a la decisión del otro, "como tú
quieras, a mi me da igual".
- Venga sí, y abrimos una botellita de vino - afirmó Julia, sorprendiendo a Manuel con su determinación.
- No - cortó él. - Bueno, yo no quiero, que mañana me tengo que levantar temprano - añadió, tratando de suavizar la frialdad de su negación anterior.
- ¿Qué te pasa? ¿Estás de mal humor? - preguntó ella y él se sintió culpable.
- No me pasa nada - respondió Manuel, alargando la primera sílaba de la palabra "nada", como si fuera la tercera vez que pronunciaba aquella frase.
- Bueno, pues yo sí beberé un poco de vino - dijo Julia fingiendo no haber oído el tono con que él le había contestado.
Se hizo un silencio incómodo mientras ella descorchaba una botella. Manuel observó las piernas de Julia a las que había dedicado su mirada tantas horas hacía tantos años. Las seguía teniendo bonitas. Incluso cuando asomaban por debajo del camisón, luciendo aquellos calcetines para llevar sin zapatos con topitos plastificados en la suela y que le llegaban a la altura de la
pantorrilla. Parecía una niña. Ese pensamiento le dió ganas de llorar. ¿Cómo explicar algo que uno mismo no entiende? Ya no la quería. No había nada más. Y a la vez sentía la necesidad de abrazarla. Quizás para dejar de sentirse culpable. O para dejar de sentirse tan solo.
Ella abrió la botella sin esfuerzo, aunque con aquella mueca que siempre hacía cuando estaba concentrada, asomando la punta de la lengua por el lateral de la boca.
- ¿Seguro que no te apetece? - preguntó ella levantando la botella.
- Ya no te quiero - dijo Manuel, mirándola. Y se le ocurrió que, como en el cine, un zoom alejaba el fondo y acercaba la imagen de ella que resaltaba nítida sobre la cocina desenfocada.
Julia puso despacio la botella sobre la encimera; pero no la soltó. Se agarró a ella como si fuera un punto de apoyo. "¿Desde cuándo?", preguntó como si se hubiera perdido en medio de una ciudad desconocida.
- Ya no me acuerdo - respondió él.
Ella retiró despacio la mano con que sujetaba la botella. El corcho rodó por la encimera y cayó al suelo. Los dos se concentraron en seguir su recorrido, hasta detenerse a los pies de Julia. Manuel vio salir de la cocina a los calcetines de topos plastificados antes de preguntarse cuántas ensaladas resucitadas habían compartido desde que la conoció.

11 comentarios:

ChusdB dijo...

Es lo que tiene este tiempo de invierno previo a la primavera, es el momento de renovar historias,como las yemas de las hojas nuevas en los árboles,¡quizá si Manuel no hubiera puesto siempre los mismos rábanos en la ensalada de Julia.!..

Gloria dijo...

Sí, chus, llevas razón, ya se sabe que los rábanos no engordan, repiten. Demasiada monotonía antes de la primavera...

Un abrazo feliz de verte otra vez por aquí.

Alberto dijo...

Me ha encantado como está escrito, me imaginaba la situación como si la estuviera viviendo yo, te felicito por la narrativa.
Alberto

Gloria dijo...

Gracias, Alberto.
Bienvenido a esta fiesta sorpresa.

Un beso.

Wireless dijo...

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Abraham dijo...

Hey Gloría es muy bueno lo que escribes, me gusta mucho. Yo también me apunto a la fiesta sorpresa :D

Gloria dijo...

Muchas gracias, Abraham, un placer tenerte en esta fiesta. Ponte cómodo y sírvete lo que quieras. Por mi parte, intentaré que los pases muy bien.

Un abrazo de bienvenida.

eva dijo...

qué mal rollo cuando vea a Mariano preparar una ensalada, jajajaja. Me he visto en la escena, muy bien Glo.

Gloria dijo...

Jajaja, gracias, Eva.

Conociéndote, Mariano nunca te prepararía una ensalada con rábanos y tú jamás llevarías calcetines con topos. Lo máximo que te dejaríamos es que llevaras chirucas de vez en cuando.

Un beso fuerte.

La Rosa Linda dijo...

Muy lindo cómo escribes. Ese "Ya no me acuerdo" me deja reflexiva. ¿Habrá algún "Ya no me acuerdo en mi vida"? Si es así, tengo que dejar de comer ensalada. El amor, como las hortalizas y las frutas, se pudre.
Buscaré en mi huerta algo fresco.

Gloria dijo...

Hola Rosa Linda, bienvenida a esta fiesta sorpresa.
Sí, a veces el amor se pudre como la fruta y la verdura. Es todo un misterio saber cómo mantenerlo fresco...
Espero que te haya ido bien por tu huerta.
Besos de alcachofa.