miércoles, 29 de julio de 2009

Infierno blanqueado


Para Eva, por esos infiernos que hemos compartido y aplacado a base de terapias de grupo. Igual después de este cuento necesitamos una las dos.

Julia se desabrochó el cinturón de seguridad justo cuando llegamos al parking y la puerta empezaba a abrirse. Fue uno de esos instantes en los que no sólo te fijas en ese detalle, sino que te sorprendes a ti mismo cayendo en la cuenta de que lo estás observando de forma especial, como si no fueras a olvidarlo nunca. Quizás porque ella nunca lo hacía hasta que el coche estaba aparcado en la plaza, retrasando por unos segundos su salida del vehículo, de forma que yo a menudo tenía que esperar fuera a que ella cerrara la puerta antes de pulsar el cierre centralizado. Era una de esas pequeñas incomodidades de la vida en común que se te pasa por la cabeza cada vez que ocurre, pero que nunca verbalizas, por lo insignificante.

Observé, por tanto, cómo ella recogía indiferente el cinturón antes de entrar al parking, algo que nunca hacía. O quizás debería decir algo que nunca la vi hacer, con la sorpresa que conlleva descubrir pequeños gestos insólitos en el comportamiento de la persona con la que convives. De pronto te parece que hay algo que no conoces de ella y que, por tanto, puede haber muchas más cosas que te son ajenas, una reflexión que, en ocasiones, yo dilataba durante mucho más tiempo del razonable, cuando, por ejemplo, me sorprendía en un restaurante pidiendo carne en vez de pescado o me hablaba de alguna compañera de colegio de quién yo no había oído hablar nunca.

No fue así aquel día. En el momento en que me sorprendí mirando cómo se desabrochaba el cinturón recordé que ella me había dicho que la cena no le había sentado bien y pensé que la cinta la habría estado oprimiendo todo el camino, la media hora que tardamos en volver a casa.

- ¿Estás bien? –me había preguntado Julia al subirnos al coche, refiriéndose a si me encontraba en condiciones de conducir.
- Estoy perfecto.
- Si quieres puedo conducir yo, no he bebido nada – se ofreció ella.
- No hace falta, estoy bien.
- De acuerdo –respondió ella, sacando el móvil del bolso para ver si tenía alguna llamada.

Alguien le habría enviado un sms, vi cómo contestaba. No le pregunté quién era. Supuse que si me interesaba por el tema, ella me explicaría alguna historia del trabajo o de una amiga y yo no tenía ganas de entablar conversación.

Fuimos en silencio todo el camino y recuerdo que a la altura de La Atalaya me sentí un poco obligado a hacer algún comentario. No fue así exactamente. Lo que ocurrió en realidad es que sentí que el silencio como una pequeña amenaza. Julia no quería ir a la cena con mis compañeros de trabajo. “Me aburro, no sé de qué habláis y ellas se pasan la noche hablando de sus hijos”, me había dicho. Ellas eran las mujeres de Juan y Eugenio, mis amigos, y al coincidir con frecuencia en la salida del colegio había hecho que entablaran amistad. Julia se sentía, por tanto, ajena al grupo. Yo le insistí para que viniera: “Lo pasaremos bien, el sitio te gustará”.

Durante la cena estuvo encantadora, participó en la conversación, comentó con ellas las gracias de sus sobrinos e incluso aconsejó a Juan, quién había tenido un problema con un cliente. Incluso pensé que se lo estaba pasando bien; pero después, al despedirnos, me dijo que tenía ganas de volver a casa. No me extrañó, no era la primera vez que se comportaba como si estuviera disfrutando del momento y me comentaba después, a solas, que se había aburrido o que hacía rato que tenía ganas de irse. Yo, en cambio, no sé disimular que algo me interesa cuando no es así; pero esa era una de esas cosas que yo conocía bien de ella, aunque en más de una ocasión habíamos discutido porque Julia consideraba que yo tendría que ser más suspicaz y darme cuenta de cómo se sentía ella, o al menos consultarle antes de alargar la velada suponiendo que estaba tan a gusto como yo. La última vez el enfado nos había durado varios días, hasta que llegamos a un acuerdo: yo no insistiría en quedarnos si ella decía que quería marcharse.

Justo después de los postres ella dijo que estaba cansada; pero después continuó hablando con las chicas, así que yo accedí a tomarme el chupito que nos ofreció el camarero y la cena se alargó un rato más. Por eso, el silencio de vuelta a casa me pareció una amenaza, como si en cualquier momento ella fuera a recriminarme no haber respetado nuestro acuerdo . Así que me sentí un poco en deuda con ella y, aunque no me apetecía hablar, cuando ya estábamos llegando le pregunté qué le había parecido el restaurante.

- Está bien, pero algo me ha sentado mal -respondió Julia con tranquilidad, confirmándome que no había disfrutado de la cena y también que no tenía intención de discutir conmigo.

Me quedé tranquilo y seguí conduciendo en silencio.

Cuando la puerta del parking terminó de abrirse, el cinturón de Julia ya estaba completamente recogido. Desde fuera no se ve el espacio interior, sino un túnel bifurcado. Por el camino de la izquierda se accede al segundo piso, el de la derecha va a parar al primero, donde tenemos nuestra plaza. Pisé el acelerador y el coche avanzó con lentitud. Julia empezó a bostezar justo cuando oí el estruendo.

Me pregunto cómo no escuché nada antes de ese momento. Los coches habían recorrido unos cien metros a toda velocidad antes de encontrarse con nosotros. En cambio, no oímos nada hasta tenerlos encima, justo cuando Julia había empezado a bostezar.
Dos pares de luces se abalanzaron sobre nuestro coche, uno por cada entrada al túnel. Yo pensé: “mierda, estoy cansado, quiero llegar a casa”. ¿Cuánto tiempo tuve para pensar aquello? ¿Cuánto dura el inicio de un bostezo? En ese tiempo indefinido se puede concebir un hijo, se puede apagar la respiración de un viejo, alguien puede contagiarse de Malaria, una chispa puede prender fuego a una cortina. Se puede dejar un bostezo a la mitad y no volver a despertar en tres meses y cuatro días.

Pero yo no pensé nada de todo eso. Sólo me imaginé, en ese insignificante espacio de tiempo, bajando del coche, gritándole a los chavales que aprovechaban las altas horas de la noche para hacer carreras en el parking a ver quién salía antes por el túnel de entrada, sacar los papeles del seguro y estarme un buen rato cabreado con ellos, antes de llegar a casa y, encima, llevarme la bronca de Julia por no haberle hecho caso y volver a una hora más decente. Eso fue lo que pensé en ese maldito instante.

No se me ocurrió pensar, en cambio, que Julia acababa de desabrocharse el cinturón y que se estamparía contra el cristal. No pensé que el malnacido que venía por la izquierda, al ver que mi coche se deslizaba fuera de control hacia la derecha, daría marcha atrás y cogería impulso para intentar colarse por el hueco que quedaba entre éste y la pared de la izquierda, con tan mal cálculo que volvería a chocar contra la parte lateral del Ford Fiesta de Julia que yo conducía, empotrándolo contra la pared de la derecha. Por supuesto que no pensé que el cuello de Julia se quebraría como lo hizo cuando nos sorprendió el segundo impacto en pleno recorrido de inercia del primero.

Pensé en el papeleo y en la venganza: a esos gamberros se les iba a caer el pelo. No se me ocurrió que aquel instante se convertiría en más de tres meses de dolor, de papeleos, idas y venidas al juzgado, explicar cientos de veces lo que pasó, asegurar que yo no estaba bebido, recordar cada momento, cada palabra no dicha, revisar el sms que Julia respondió un rato antes, “No hace falta, está todo preparado, pero gracias” al mensaje que le había llegado antes, “¿Quieres que te ayude con lo del cumple de C.?”. Ha sido su último gesto insólito, siempre me había dicho que odiaba las fiestas sorpresas.

Ni por asomo en aquel momento me acordaba de que, al cabo de tres semanas, sería mi cumpleaños. Y por supuesto no pasaron por mi mente los abogados, médicos, denuncias, las visitas de la madre de Julia, de mis amigos, de las mujeres de mis amigos, “pensar que estuvimos con vosotros sólo un rato antes y lo encantadora que estuvo Julia”, sentencias de coma, de parálisis total, de incertidumbre indefinida.
Que Dios me perdone si no pensé en todo eso. Yo sólo quería llegar a casa, darle las gracias a Julia por haberme acompañado y dormir abrazado a ella sintiendo su respiración.

Por eso salí como un poseso del coche, ningún perito se explica cómo logré abrir la puerta, y grité a los chavales, ilesos pero asustados, qué coño estaban haciendo, sin pararme a mirar a mi derecha ni ver la cabeza de Julia ensangrentada y desplomada sobre su pecho.

En todo este tiempo en el hospital me he mantenido sereno. He atendido a los médicos, enfermeras, familiares, he estado cada noche que me han dejado junto a Julia, “por supuesto que me quedo, no es necesario que duermas aquí, Marisa, vete a casa a descansar” le he dicho a mi suegra un número incontable de veces, no he llorado, he estado en mi sitio porque es lo que sé hacer. Yo no sé desmoronarme y preguntar por qué yo, por qué a mí, por qué a Julia. Ni sé arrodillarme frente al médico y rogarle que por Dios la salve, que no sabría vivir sin ella, como he visto a hacer, sobrecogido, a algún vecino de pasillo.

No he esperado el milagro. Tampoco la muerte. He hecho lo que sé hacer: quedarme horas contemplando las paredes blancas de este hospital, mirar las luces blancas, las puertas blancas, las sábanas blancas, la piel blanca de Julia, asimilando que este infierno blanqueado es el que me ha tocado vivir a mí, como a otros les toca la miseria o la guerra o la tortura.

Ahora vivo aquí, esto es lo que he ganado. Quizás de forma inconsciente, sin valorar lo que tenía, sin darle importancia al hecho de tener una mujer a la que no le gusta ir a cenar con mis colegas de trabajo, porque sus mujeres hablan toda la noche de los niños, quizás ella quería tener hijos, y nosotros somos incapaces de integrarla en la conversación o hablar de otra cosa que no sea trabajo. Sin saber que en un instante puedes verte condenado al infierno.

No, nadie me ha oído quejarme por eso, ni gritar qué habré hecho yo. Mi abogado no ha escuchado de mi boca palabras de venganza hacia los inconscientes que jugaban a hacer carreras en el parking, podría haber sido yo con su edad. Mis padres no me han visto desesperado ni Julia me ha oído, si es que puede oír, decirle que cuando salga de esta todo va a ir bien y que estaré a su lado.

No es necesario, ya estoy a su lado, es donde vivo toda la eternidad que dura este infierno, sin esperar más de lo que tengo, ni desear algo que podría no llegar.

A Julia le explico lo que vivo cada día, como hacía antes de que ella se desabrochara el cinturón de seguridad y yo me descubría observando ese detalle: que me he aprendido los horarios de los médicos y enfermeras, que despierto a la hora en que el fisioterapeuta viene a moverla para que su cuerpo no se llague, que mis comidas coinciden con el cambio de turno de celadores, que hago mis necesidades justo después de la llamada de mi madre, que a la hora en que viene la limpiadora hablo con mi jefe, quién insiste en que me vendría bien ir a trabajar, pero que no me preocupe, que no hay prisa, que sólo lo dice por mí porque piensa que podría despejarme.

Mi corazón late al ritmo con que gotea el suero que alimenta a Julia. Esta es mi vida. La que gané en un instante como otros se ganan vivir sin piernas por haber pisado una mina. Es lo que me ha tocado, lo asumo, no me verán llorar por eso.

Pero que nadie me pida, nunca más, que renuncie a esta vida. Que nadie vuelva a venir a decirme, vestido con una bata blanca, que no hay nada que hacer y que otras personas podrían vivir con los órganos de Julia. Que nadie se atreva a entrar en mi vida, en mi sereno infierno blanqueado, y decirme que tengo la oportunidad de romper esta eternidad y, en un acto de supuesta generosidad, hacerlo de forma que todo esto haya merecido la pena.

Nadie me oirá quejarme por esta vida, es la que me tocó en el instante en que se inicia un bostezo, estoy conforme, que no vengan suplicándome compasión.

Nota: Pedí a mis amigos dos palabras, un sustantivo y un adjetivo. Para cada uno escribiría un cuento con su sustantivo y el adjetivo de la persona de la lista inmediatamente anterior. Eva me dió "infierno" y le tocó "blanqueado" de Pablo. Este es el cuento que ha salido, otras veces saldrán más alegres.

7 comentarios:

eva dijo...

Sabes porque en aquel momento dije "infierno", lo que yo no sabía es que lo viviría más tarde..., también sabes porque.

Y ahora he aprendido que se puede salir del infierno si pones ganas de ver lo que hay más arriba.

Glo, necesitaremos más terapias, pero seguro que serán distintas, tenemos más experiencia, y sabemos lo que NO queremos volver a vivir, al menos sabemos esto.

Gracias por tu cuento, este no es alegre, pero seguro que pronto te daré otras palabras para que me puedas escribir uno con sonrisas ;-)

besos.
Eva

ChusdB dijo...

Muy bonito,Gloria.
Es verdad, es triste,pero también se vislumbra algo de esperanza al final, creo yo; Más esperanza que resignación, y ESO me parece que es bueno.

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Viky dijo...

Glo, da igual que sea triste o alegre porque es siempre un placer leer un cuento tuyo, sencillo y conmovedor a la vez, tu especialidad!!!
Un beso

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Stefi dijo...

jooo gloria que bonito, no lo habia leido aún y la verdad es que me ha emocionado.. un besito

Joaquin dijo...

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