domingo, 21 de junio de 2009

Historia de amor con final triste en 6 planos

Frigopoesía libre para Noelia.

Plano 1: Seducción




Plano 2: Vínculo




Plano 3: Pasión




Plano 4: Tedio




Plano 5: Confusión




Plano 6: Pérdida



Nota: Mis amigos me regalaron un libro, Todo sobre mi Gloria, donde cada uno de ellos escribió una historia para mí. Les prometí dedicarles un cuento a cada uno. Este es el primero de ellos. Para Noelia, porque ella entenderá lo de los imanes y sabrá perdonar estas fotos (o a lo mejor se anima ella a mejorarlas). Y por seguir apareciendo por sorpresa en mi bandeja de entrada y hacerme reír.

lunes, 8 de junio de 2009

Al otro lado del canal de la Mona


Tenía los pies fríos y húmedos. Habían vivido la tarde como una enfermedad terminal, lenta y despiadada, en la que la esperanza de ver algún punto en el horizonte se había ido disipando a medida que el sol descendía y amenazaba con dejarlos desolados ante otra noche más, la número doce desde que salieran de La Romana.

Tres días atrás, Leonel había mirado sus pies descalzos, arrugados por la humedad y abrasados por el sol. Durante largo rato observó las uñas largas y reblandecidas. La del dedo medio todavía conservaba un resto de suciedad encallecida tocando la piel en la parte interna del centro de la uña. Se preguntó si encontraría en la yola algún objeto con que sacarse aquella mugre. Matías y Reynaldo yacían en silencio en proa, a menos de dos metros de él. Matías ocultaba los brazos dentro de la camiseta, las mangas cortas colgaban como pellejos secos del cuerpo apoyado en el borde del bote. Por debajo de la prenda le asomaba una mano con la que sujetaba en alto uno de los remos, procurándose una minúscula sombra para resguardar su cara cubierta de ampollas provocadas por el sol. Tenía las piernas estiradas una sobre la otra e iba alternando su posición a ratitos, protegiéndolas de la radiación solar bajo la línea de sombra que dibujaba el lateral de la pequeña embarcación de madera. Leonel revisó con cuidado el atuendo de Matías, en busca de alguna punta con la que pudiera sacar la roña de su dedo, que le oprimía ahora como un pequeño tumor en expansión. Llevaba puesta una camiseta y un pantalón corto sin botones ni cremalleras: no le servían. Reynaldo estaba tumbado boca abajo, con la cabeza ladeada y la cara oculta bajo la sombra que proyectaba el costado de Matías. Sus brazos descansaban a los lados de su cuerpo, sus manos en tensión estiraban los bordes de las mangas de su jersey para evitar ser tocadas por los rayos del sol. Leonel examinó el pantalón largo que cubría las piernas extendidas de Reynaldo hasta comprobar que también estaba desprovisto de remates con que limpiar su uña sucia.

sábado, 6 de junio de 2009

Cortometraje en 6 palabras


Su primer amor fue una profesora de Literatura. Platónico, claro: A sus trece años sólo había conocido el sexo a través del cine. Y en aquel viaje de fin de estudios, cuando la vio salir de su habitación abrazada al de Física, sufrió por primera vez en su vida el desaliento.

Nota: Este microrrelato responde al reto que me lanzó Chus en su blog. Gracias, Chus, por el impulso.

domingo, 1 de febrero de 2009

Galbón


El autobús arrancó y expulsó una humareda negra de petróleo puro que se quedó flotando en el aire como un globo fláccido de helio debilitado después de una noche de fiesta. La nube negra se retorcía sobre sí misma y avanzaba con lentitud impulsada por la lánguida fuerza de la inercia que ejercía sobre ella el movimiento parsimonioso del vehículo, que empezó a desplazarse haciendo crujir sus ruedas agrietadas como de corcho reseco. Hipnotizada por su lenta rotación, fui engullida por la galaxia de hollín y CO2 y allí, envuelta en aquel aura contaminada, lejos todavía de sentir tu ausencia asfixiante, te dije adiós, ignorante de todo lo que de mí se iba contigo en aquel autobús.

Llegamos a Las Jaras avisados de que era el lugar más inerte de la Tierra. Nos lo advirtió Rafael Lepanto en aquella farmacia apolillada de Contradios, donde malvivía después de que el pueblo se hubiera quedado vacío, rodeado de cajas de medicamentos que olían a orín y a humedad y acumulaban tanto polvo como años. A la vuelta de Contradios, recuerdo que comentamos el sinsentido con el que Lepanto abría y cerraba la farmacia a la hora en punto cada día. Hacía años que nadie entraba en el establecimiento. Pero era imposible que entonces entendiéramos que esa era la forma que tenía el profesor de seguir huyendo.

- El Galbón no es más que una enfermedad, métanselo en la cabeza, olvídenlo ahora que pueden.

Pero ya no podíamos. El Galbón nos llenó de convicción y de fuerza para defender nuestro proyecto ante el tribunal que nos concedió una beca de tres años y, después, para convencer al doctor Segovia de que nuestro tema de investigación era tan válido como cualquiera de los que en el Departamento de Química Inorgánica nos pudieran proponer. Recuerdo ahora aquellos días, desde que encontraste los documentos que Lepanto había enviado hacía años a la Universidad y a los que nadie había dado credibilidad y te plantaste en mi mesa con esos ojos que ponías cuando tenías una idea loca, esa mirada que siempre me arrastraba hacia el punto en el que tú estabas, que siempre conseguía de mí lo que tú querías, como cuando me dijiste en el bar de la Facultad que, aunque no me lo creyera, yo terminaría saliendo contigo.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Así de sencillo


Ya no te quiero. Lo he sabido hoy. Estaba comprando flores en el kiosco de Marcial. He dudado unos diez minutos, mientras él preparaba un ramo para una chica, entre los tulipanes naranjas o los liliums blancos. Ha sido uno de esos momentos en los que el tiempo pasa y me pongo nerviosa, porque sé que pronto tendré que tomar una decisión: tulipanes o liliums. Marcial me hubiera ayudado a elegir. Siempre lo hace. Pero no quería entretenerlo, había cola. Y durante ese tiempo me he mantenido inquieta por mi indecisión. ¿Tulipanes o liliums? Los tulipanes son más baratos y más alegres. Los liliums más caros pero también más elegantes. Marcial estaba acabando el ramo para la chica. Me ha mirado y he dicho: “Unos tulipanes”. En ese mismo momento he tenido como una revelación, una especie de evidencia que ha venido, no sé de dónde, y se ha instalado en algún sitio, quizás en mi corazón, aunque sea cursi decir algo así. Pero ha llegado y se ha quedado conmigo. No ha sido ninguna falsa alarma. Ni como cuando me repetía a mí misma, tratando de convencerme: “No puedo quererlo, tengo que olvidarlo después de todo lo que ha pasado”. Ha sido un sentimiento independiente del rencor, de la angustia o de la desazón con los que he vivido estos dos últimos años. Estaba ahí, claro como el día soleado de otoño que hacía hoy, sin explicación y sin dudas, así de sencillo. Eso es lo que hay: ya no te quiero.


domingo, 30 de noviembre de 2008

2008, yes we can

© Gloria

Este 2008 recorrí los cinco continentes en una sola tarde. Estaban todos en un barrio de Badalona. Uno de esos en los que la abstención es superior a la media, en los que la mayoría de los vecinos no piensan quién les gobierna, sino quién puede echarlos del trabajo o del país. Un barrio que ha crecido a ritmo de asentamiento, como ese pueblo malagueño llamado Almargen por el que pasábamos cuando íbamos a Ronda para ver a mi abuela y que mi madre siempre decía que se llamaba así porque se había formado “al margen de la ley”. Todavía no sé si era una broma o lo decía de verdad.

El caso es que, en mi viaje, conocí a tres niñas cuya edad no superaba los seis años, cada una de un continente. Todas se pusieron mis gafas, miraron mi cámara de fotos y, durante la merienda, contaron hasta veinte en inglés, saltándose el once y el dieciséis.

También conocí a un voluntario maestro jubilado, cuya mayor aspiración era enseñar a leer a sus niños en las clases de refuerzo, porque en el cole ya los daban por perdidos. Y a cinco educadoras, que se dejan la piel en esa coeducación de la que se habla desde los micrófonos de los mítines, pero a la que tan poco caso hacen en los despachos desde donde se tienen que asignar las subvenciones.

Y a una directora, que sonreía mirando al infinito mientras yo le aconsejaba que fueran a las instituciones públicas a pedir espacios para que los niños del barrio puedan jugar.

En ese viaje, gracias a esa directora, al maestro jubilado y, sobre todo, gracias a la niña que se llamaba a sí misma María Antonieta mientras el resto de niños la acusaban de embustera, me dí cuenta de que existen lugares en los que la ilusión y la esperanza de un futuro mejor valen más que el petróleo, que si hubiera una bolsa en la que cotizaran estos valores, la crisis sería literatura de ficción y que, a pesar de todo, compartir con ellos mi viaje, me hace comprobar la fuerza de la expresión de moda del año: yes, we can.

Nota: Este post está escrito para el concurso de 1 año en 1 post de Atrápalo. Aunque no puedo participar, me gustaría que lo votaras si te gusta. Gracias.




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