sábado, 6 de octubre de 2007

La huida

© emlyn

Es curioso cómo a veces, en el peor de los momentos de la vida, se piensan cosas triviales.
Salimos del cortijo hacia las doce del mediodía. Pedro había ensillado a un burro para que yo no tuviera que hacer el camino andando con el niño en brazos, aunque, si todo iba bien, estaríamos en el pueblo en una hora. Pero no era un día cualquiera, no de los que se espera que una hora transcurra como cualquier otra.
Sólo unos minutos después de que José Macía aporreara la puerta de nuestra casa, gritando que los nacionales estaban en el Alamillo y que los republicanos los estaban esperando donde Fermín, nos encontrábamos en el sendero de Cerro Blanco con una única aspiración: sobrevivir. No estábamos solos en el camino. Otras personas se iban incorporando desde las veredas del monte, aparecían entre las encinas, cargados con las pocas pertenencias que habían podido coger en el último momento. Nos dejábamos tanto atrás y, a la vez, era tan insignificante comparado con la suerte de tener aquel camino por delante, que quizás por esa mezcla incoherente de pensamientos ninguno de nosotros era capaz de pronunciar palabra.
A la altura del arroyo, empezamos a oir los primeros tiroteos. No quise girarme a comprobar si la contienda había llegado ya a nuestra casa como nos temíamos, abracé a mi niño como si así pudiera evitar que el ruido lo despertara, me sujeté a la montura y busqué con la mirada a Pedro, que me observó un instante desde abajo y tampoco volvió la vista atrás. Nadie corrió, aunque todos apretamos el paso. Una mujer abandonó una valija debajo de un árbol para poder dar la mano a uno de sus hijos más pequeños y tiró de él con premura mientras el niño se echaba a llorar en silencio.
Poco después de cruzar el arroyo, nos paró un muchacho que venía corriendo en sentido contrario, cargado con un fusil. Era el hijo de Paredes el del molino, a quién tantas veces habíamos vendido parte de nuestra cosecha.
- Por Dios, Don Pedro, póngase esto, que lo van a confundir con un nacional en el control de Cerro Blanco – dijo en voz baja y casi sin aliento, mientras le entregaba un trapo rojo.
- Gracias, Juanito, te lo agradezco – respondió Pedro, metiéndose el pañuelo en el bolsillo de la solapa.
El chico se alejó en dirección al cortijo y Pedro tiró del burro para acelerar el paso. Me pregunté qué ocurriría si alguien en Cerro Blanco nos confundía con nacionales y qué forma tendrían de distinguir a unos de otros. Instintivamente cogí la medalla de la Virgen del Carmen que llevaba colgada del cuello y me puse a rezar, cuando caí en la cuenta de que sería mejor ocultarla debajo de la ropa. Apreté al niño contra mí y vi que no estaba dormido, tenía los ojos muy abiertos y me miraba. Lo besé y entonces empezó a llorar.
El tiroteo se intensificó, se oían gritos de hombres a lo lejos y, de pronto, un estruendo parecido al de un muro al caer, hizo que Pedro se abrazara a nosotros y que la gente del camino se tirase al suelo. Me bajé del burro porque tenía la sensación de que así iríamos más rápido. El niño no paraba de llorar y yo le tapaba la boquita con la mano para que no se le oyera, como si tuviera miedo de que su llanto pudiera delatarnos.
Por la última curva antes de llegar a Cerro Blanco vimos aparecer a un camión que corría en nuestra dirección a toda velocidad, haciendo sonar la bocina. La gente se salía del camino para darle paso. Nos echamos a un lado, pero el vehículo se detuvo. Salieron dos guardias civiles y apuntaron a Pedro con sus escopetas. Él miró el pañuelo rojo que llevaba en la solapa, pero antes de poder quitárselo, aquellos hombres ya lo habían encañonado. Pedro levantó los brazos y yo me arrodillé en el suelo, con el niño, que seguía llorando, apretado contra mi pecho. Cerré los ojos.
- Tú, ¿dónde vas? – preguntó uno de los hombres.
- Yo... no soy rojo – oí que decía mi marido. - ¡Me he puesto esto para que no me mataran! – gritó –. Voy con mi mujer y mi hijo al pueblo – añadió después, en voz más baja.
- ¿Quieres a España, gallina? – preguntó el otro hombre.
- Sí, sí... – respondió Pedro con un hilo de voz.
- Entonces quítate esa mierda, si no quieres que te matemos nosotros, que Cerro Blanco ya ha sido liberado por el ejército nacional.
Oí más tiroteos a lo lejos y al camión arrancar y alejarse. Entonces abrí los ojos y vi a Pedro caer de rodillas al suelo, en medio del camino, tapándose la cara con las manos, agitado por un llanto hondo y callado. Lo abracé durante unos segundos. Nos levantamos en silencio, algunas personas nos miraban, y continuamos recorriendo horrorizados lo poco que quedaba para llegar al pueblo, sin tratar de comprender cómo se habían desarrollado los acontecimientos.
Había transcurrido poco más de una hora desde que dejamos nuestra casa, pero nuestra vida ya era otra y sabíamos que nunca volvería a ser como antes. Fue en aquel instante, al atravesar el zaguán de casa de mis suegros, en uno de los peores momentos de nuestra vida, cuando me sobrevino aquel pensamiento trivial y absurdo. Me miré las viejas alpargatas que utilizaba a diario en mi casa y entonces deseé haberme puesto los zapatos que reservaba para las visitas de los domingos.

2 comentarios:

Pablo Ciutad dijo...

Muy, muy bueno. Me he imaginado allí mismo, como si fuera un vecino de Pedro y su familia y lo viera todo desde atrás. Si me dicen que Javier Cercas ha hecho un cuento o ha empezado a escribir la 2ª parte de Soldados de Salamina, y que es "La huida", me lo creo ...
Enhorabuena Glo y ànimusssssssss!!!

Gloria dijo...

Gracias, Pablo. Sé lo que te gustó Soldados de Salamina, así que el piropo todavía tiene más valor para mi y me anima mucho.

Un abrazo fuerte.