miércoles, 31 de octubre de 2007

Veintisiete de febrero

© taliesin

Hoy, haciendo limpieza, he recuperado una vieja agenda de cuando tenía quince años. El veintisiete de febrero estaba señalado en rojo. Por aquel tiempo, yo había inventado un alfabeto secreto para anotar cosas que no quería que nadie entendiera. Todavía recuerdo la clave, era tan inocente como asignar a cada letra un símbolo distinto. Cualquiera con el mínimo interés habría podido descifrar lo que escribí: “¿Qué estaremos haciendo dentro de dos años?”


Aquel día señalado en rojo era un jueves previo al Día de Andalucía. Habíamos salido una hora antes del Instituto porque Don Manuel, el cura de Religión, se había puesto enfermo y su clase tuvo que suspenderse. La excusa perfecta para que Cecilia, Julián, Sandra y yo fuéramos directamente a la Bodeguita, a tomar una caña y unas papas al bastón, antes de ir a casa a comer. Bajando por la Cuesta de Santa María, Cecilia se preguntó qué estaríamos haciendo ese mismo día dentro de cuatro años. “O de dos”, añadió, probablemente porque cuatro se le antojó un horizonte temporal inimaginable. Nos quedamos en silencio imaginando. Entonces saqué mi agenda y les prometí recordarles aquella conversación al cabo de dos años.


En la Bodeguita se nos unieron Martín y Mercedes, que llevaban unas semanas exhibiendo su pasión mutua por las esquinas de las calles adyacentes al Instituto, entre cigarrillos fumados a medias y pictolines que disimulaban el olor a tabaco en el aliento. Ellos fueron los primeros del grupo en empezar a salir y el resto nos moríamos de envidia al verlos subir juntos de la mano las escaleras de acceso a las clases. Sandra les explicó la conversación que habíamos tenido por el camino, así que ellos también se unieron al pacto de recordar aquel día al cabo de dos años.


Aquel fin de semana largo, Julián y Sandra empezaron a salir, más animados por los martinis de la fiesta que organizó él en su casa, aprovechando que sus padres no estaban, que por una verdadera atracción recién descubierta. Antes de final de curso acumulaban tantas peleas y reconciliaciones que incluso los profesores del Instituto sabían lo qué pasaba cuando veían a Sandra salir del baño con los ojos hinchados de tanto llorar. Aquella situación proporcionó a Julián una espontánea fama de seductor que le convirtió en protagonista tanto de los sueños de muchas admiradoras como de los cientos de chismes que se contaban en el pueblo sobre él. Y, desde entonces, Martín empezó a llamarlo “truhán”.


La historia de Julián y Sandra terminó el último día del curso, después de que él se dejara arrastrar por su propia leyenda y apareciera en el recién estrenado Chiringuito de verano paseando orgulloso de la mano de Paula, una chica dos años mayor que él, de la que se decía que ella misma invitaba a sus eventuales novios a dormir con ella cuando sus padres se iban los fines de semana. Cecilia y yo pasamos la noche intentando consolar a Sandra y, desde aquel día, empezamos a mirar a Julián con ojos rencorosos cada vez que lo veíamos rompiendo corazones paseándose con la pandilla de los de COU.


Ese verano mis padres alquilaron una casa en la playa, en la que estuvimos desde mediados de julio hasta finales de agosto. Al principio, me resistí sin fruto a estar durante tanto tiempo lejos de mis amigos, así que empecé las vacaciones refunfuñando y afirmando que no era justo que no me dejaran quedarme unos días en el pueblo, en casa de Sandra, después de haber aprobado todo el curso en junio. El enfado se me pasó varios días después. Mi madre había entablado amistad con una vecina de la urbanización y un día la encontramos en la playa con sus dos hijos. Rocío, de mi edad, delgada y nerviosa, y su hermano, un chico guapo un poco destartalado, un año mayor, que se llamaba Pablo y se convirtió en mi primer amor. Todavía, de vez en cuando, me acuerdo de él, de aquellos primeros besos agitados, con sabor a arena de la playa, protagonistas de aquel verano apasionado.


Lloré varios días seguidos el regreso de las vacaciones, durante los que no dejé de hablar por teléfono y escribirme con Pablo, prometiéndonos que nos esperaríamos hasta el verano siguiente. Cecilia me acompañó en el desconsuelo, porque ella también sufría su primera ruptura; pero en su caso se trataba de un amor prohibido, porque el madrileño con el que había estado saliendo durante el verano ya iba a la Universidad y, además, tenía una novia desde hacía años, a la que no dejó a su vuelta a Madrid. A mí me sorprendió que mi amiga Cecilia hubiera accedido a salir con él, sabiendo que salía con otra; tuve la sensación de que se había transformado en otra persona, a la vez que sentía una gran desazón al verla sufrir por un desgraciado que la había engañado de aquella manera.


Sandra, que había pasado el verano en el pueblo porque había suspendido varias asignaturas, nos contó a la vuelta todos los rumores sobre Julián y que Mercedes había estado unos días en la casa de campo de los padres de Martín, lo que confirmaba la formalidad de su relación.

Cuando empezamos el curso, noté que Cecilia seguía estando rara. Hablaba con Julián de vez en cuando sin importarle lo que pensaba Sandra de él, y además, los fines de semana me sorprendía la desenvoltura con que se relacionaba con los amigos de Julián, la mayoría de los cuales, ese año, habían empezado a ir a la Universidad en la ciudad. Por otro lado, Sandra, que había suspendido otra vez en septiembre, decidió dejar el Instituto e irse a probar suerte a FP, por lo que no la veía con tanta frecuencia como antes. Martín y Mercedes seguían con su ya noviazgo formal, estaban todo el día juntos y se volvieron un poco aburridos, porque sólo hablaban de la familia, de los estudios, de lo que harían después del Instituto... como si tuvieran mucha prisa por planificar su futuro.


Yo seguí deseando durante unos meses que llegara pronto el próximo verano, para reencontrarme con Pablo; pero cada vez nos llamábamos menos, no sabíamos muy bien qué contarnos. Él me explicaba cosas de sus amigos y de su vida en la ciudad y a mi cada vez se me hacía más extraño imaginarlo en todas aquellas situaciones. Mis cartas se fueron acortando y, en las suyas, ya no enviaba cintas de El Último de la Fila, sino que me hablaba de David Bowie, que para él era el colmo de la originalidad. Pablo y yo nunca cortamos, pero yo me di cuenta de que todo había acabado el último día que hablé con él, el veintisiete de febrero, cuando le conté el pacto que había hecho un año antes con mis amigos, lo que a él le pareció poco menos que una niñería.


Aquel fue el curso de las huelgas en el Instituto. Pasamos casi dos meses en los que prácticamente cada semana suspendíamos las clases durante un día o dos. Protestábamos contra la Selectividad, aunque para nosotros todavía quedaba muy lejos, nos quejábamos de los cambios que el Gobierno quería hacer con la nueva Ley de Educación; pero casi ninguno de nosotros sabía exactamente cuáles eran esas reformas. Eso sí, los cabecillas de las suspensiones de clase parecía estar bien enterados y se encargaban de transmitirnos en las asambleas la importancia de rebelarnos contra lo que querían imponernos. Uno de ellos, Manuel Prados, Manu, iba siempre cargado con una guitarra y en las asambleas montaba un recital improvisado, así que acabábamos cantando canciones de Mecano y de Aute, y con eso nos creíamos que estábamos defendiendo nuestros desconocidos derechos.


Fue durante aquellos días de agitación en los que parecía que el tiempo era infinito, en los que empecé a relacionarme más con la pandilla de Manu, fruto del complicidad que nos unió al sentir que estábamos luchando por algo importante para nosotros. Sin darme cuenta, había dejado atrás al grupo de amigos de toda mi vida. Cecilia andaba ennoviada con uno de los universitarios amigos de Julián, quién venía de la ciudad a verla los fines de semana. Sandra se perdió entre sus compañeros de FP. Martín y Mercedes, que fueron contrarios a la huelga desde el principio, por el efecto que ésta causaría en nuestros futuros currículums, parecían también haber desaparecido de mi vida. Y Julián seguía enamorando a unas y otras, a las que paseaba por el pueblo en su envidiada vespino.


Terminó el curso a duras penas, con la mitad del temario por estrenar debido a las interrupciones. Para celebrar la llegada de las vacaciones, Manu organizó una fiesta en una casa de campo que tenían sus padres a siete kilómetros del pueblo. El día antes, me encontré a Julián en la Bodeguita y le dije que se viniera a la fiesta con su novia del momento. Noté que le hizo especial ilusión y me dijo que no faltaría.


Llevábamos ya varias horas en el campo, asando costillas en una barbacoa y bebiendo cervezas, cuando llegó Goyo, el hermano mayor de Manu, conduciendo el Seat Panda de su madre. Recuerdo que al verlo pensé que había pasado algo; pero nunca hubiera imaginado lo que venía a decirnos.


Tuve que oirlo tres veces antes de poder reaccionar. Julián había muerto. Iba en su vespino camino del campo, cuando se empotró contra un coche al girar en una curva. Recuerdo muy bien que grité “mentiroso” a Goyo, mientras un temblor gigantesco avanzaba desde mi estómago a la garganta y un calor inhumano me recorría la cara, la mirada perdida en el cuerpo de Manu y las lágrimas prisioneras enterradas en algún lugar de donde luchaban por salir, para calmar así el vendaval que se había instalado dentro de mi. Hasta un día después no pude llorar, abrazada a Cecilia, en el zaguán de la casa de Julián, cuando vimos pasar a sus amigos y hermanos llevando la caja hasta el coche fúnebre.


Aquel verano volví a la playa con mis padres. Pablo no apareció y en el fondo fue un alivio. No habría sabido cómo comportarme. Aunque eché de menos a mis amigos, tampoco tenía ganas de que acabaran las vacaciones, de las que me quedó el recuerdo de haber leído Cien años de soledad y Por quién doblan las campanas, mientras descubría la música hipnótica de Alchemy de Dire Straits, que ya siempre relacionaré con esos libros.


Volvimos al Instituto unas semanas más tarde. Ya estábamos en COU y teníamos la sensación de estarnos jugando el futuro de nuestras vidas. Los padres de Cecilia decidieron enviarla a estudiar a la ciudad, donde vivía con su abuela, así que ya casi no la veía. Sandra dejó FP y empezó a trabajar de dependienta en una zapatería. Cuando coincidía con ella me parecía que era como una señora, hablaba con desenvoltura con las mujeres del pueblo y parecía que hubiese una distancia infinita entre nosotras. Siempre que me la encontraba me acordaba de Julián y la misma nostalgia me impedía conversar con tranquilidad. Yo estaba segura de que ella también pensaba en él, sin embargo, nunca lo comentábamos. Martín y Mercedes vivían permanentemente agobiados por los exámenes y sólo me los cruzaba por los pasillos del Instituto o alguna vez en la cola del cine. Sin embargo, cada vez que veía a alguno de los cuatro, hacíamos el propósito de quedar algún día y tomar una cerveza juntos, como cuando éramos una pandilla.


Ese día fue el veintisiete de febrero, dos años después de aquella conversación. Unos días antes, al mirar mi agenda, lo recordé, los llamé por teléfono y los convoqué en la Bodeguita. Al principio estábamos un poco cortados, hacía tiempo que no quedábamos y, además, todos echábamos en falta a Julián, aunque nadie se atrevía a nombrarlo. Después de un par de cervezas, Martín me sorprendió diciendo: “vamos a brindar por el truhán”. Cecilia, Mercedes, Sandra y yo tuvimos que restregarnos los ojos, porque se nos saltaron las lágrimas. Pero desde ese momento ya no pudimos parar de hablar y de reirnos, recordando los días en que Martín y Mercedes empezaron a salir, o cuando Sandra se encerraba con sus celos en los baños del Instituto, o las clases de Religión con Don Manuel y su bronquitis crónica.


Cuando nos despedimos sabíamos que nada de todo aquello volvería; que cada uno había tomado ya un camino distinto en su vida. Y hoy, al encontrar mi vieja agenda y recordar aquellos años, he tenido la sensación de que el único que sigue ahí, igual que antes, es Julián, que se quedó conquistando a unas y a otras dando vueltas por el pueblo en su vespino.

6 comentarios:

paranoico ilusionista dijo...

Llegué hasta aquí desde otro blog y la verdad es que me alegro de haberlo hecho.
Leerte ha sido todo un regalo. Ha sido como recrearme en el diario que nunca llegué a escribir, como rescatar los recuerdos que empiezan a ahogarse en el mar del olvido. Me has traido una parte de mi vida, gracias. Ahora empezaré a digerir otro poquito las perdidas que me fue dando el tiempo. Mi agenda está marcada en el mes de marzo.

Sergio dijo...

Todavia estoy llorando..

solamente puedo decir que increible...

eres genial

nos leemos

ChusdB dijo...

¿Quién no ha escrito eso en una agenda en un momento "Nescafé" entre amigos? ...Yo tenía un "appuntamento" en la Piazza del palio de Siena para el 2000...¿lo encontré en una agenda de 1984...
¡Ay,Gloria...! Tempus fugit.

Gloria dijo...

¡Qué maravillosa sorpresa encontrar estos tres comentarios! Perdonad, he estado unos días liada y no he podido responderos.

Paranoico, bienvenido a esta fiesta, es un honor tenerte aquí. Gracias, gracias, gracias por tu comentario. Me he dado un paseo por tu blog y sé que podrás rescatar tus recuerdos y darle a tus pérdidas el lugar que seguro merecen.

Sergio, seguro que te leeré, te animo mucho a que sigas con tu blog y que nos riamos juntos. Tú sí que eres genial.

Chus, una vez más gracias por seguir en esta fiesta que últimamente atiendo de forma tan intermitente. Sin embargo, desde que empezamos a bailar juntas por aquí, tengo un "appuntamento" constante para volver y encontrarme con tus comentarios, que me animan tanto. Te imagino en esa Piazza del palio de Siena en 1984 y me dan ganas de escribir. A ver si tenemos un momento "Nescafé" pronto tú y yo, cuando quieras.

Un abrazo a los tres y muchos besos de reencuentro.

Anónimo dijo...

He llegado hasta aquí por casualidad. Ayer empecé a entrar el mundo blogger y hoy descubro esto... Es increible...Me has devuelto parte de la niñez que creía perdida...Es impresionante tu manera de escribir y de transportarme allá donde cuentas cada historia....Sigue escribiendo, no dejaré de leerte.

Jessica

PD: No tengo blog, ni cuenta en google, algún dia me pondré a ello...

Gloria dijo...

Hola Jessica, bienvenida a esta fiesta sorpresa.

Estoy encantada de que hayas empezado a descubrir la blogosfera dejando un comentario en mi blog. Muchísimas gracias por tus palabras. Espero que sigas pasándote por aquí y eches un bailecito de vez en cuando.

Un abrazo.